CAPÍTULO 1: LA CIUDAD DE PIEDRA
1.1: EL DESPERTADOR DE LA PRISIÓN
El despertador sonó a las 6:47 AM.
No a las 6:45. No a las 6:50. A las 6:47, porque el Ministerio de Consistencia calculó que seis minutos y cuarenta y siete segundos era la cantidad óptima de tiempo para que una persona se levantara, se aseara y llegara a su escritorio exactamente a las 8:00 AM. Dieciocho minutos para desayuno. Treinta y dos para el desplazamiento. Tres para el café.
La precisión era lo que mantenía todo en su lugar.
Masariego abrió los ojos dos segundos antes de que el despertador sonara. Llevaba veintidós años haciendo esto, y su cuerpo había aprendido a despertarse exactamente dos segundos antes de que la máquina de orden tocara. Era como si su propia biología hubiera sido reprogramada para ser consistente.
Se levantó.
La cama hizo el sonido que hacía cada mañana: un crujido específico en la esquina izquierda, causado por los resortes que habían estado bajo su peso durante una década. Podría haberla reemplazado. Pero eso habría requerido una solicitud de cambio de mobiliario, que habría requerido documentación, que habría requerido explicación. Era más fácil escuchar el mismo crujido cada mañana.
Caminó hacia la ventana.
La ciudad se extendía bajo él como un cementerio hecho de hormigón y acero. No porque fuera pobre. Era una ciudad rica. Próspera. Eficiente. Cada edificio estaba construido en ángulos rectos perfectos. Cada calle seguía una cuadrícula implacable. Cada luz estaba a exactamente la misma altura. Cada persona, si las miraras desde arriba, se movía como glóbulos rojos dentro de venas de cemento.
La ciudad no respiraba. Funcionaba.
Masariego observó cómo los primeros trabajadores comenzaban a salir de sus propias jaulas de piedra, en la oscuridad que aún dominaba las 7:00 AM. Millones de personas. Millones de apartamentos idénticos. Millones de despertadores sonando a las 6:47.
Esta es la normalidad, pensó, como pensaba cada mañana.
Y como cada mañana, apartó ese pensamiento.
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Editado: 10.01.2026