El reino de Dios

1.2

1.2: EL RITUAL DE LOS SIETE MINUTOS

El baño duraba exactamente siete minutos.

Ducha: cinco minutos (dos para mojarse, tres para lavarse, cero para disfrutar).

Secarse: noventa segundos.

Peinarse: treinta segundos.

Mientras se afeitaba, Masariego observaba su cara en el espejo. Era la cara de un hombre de cuarenta y siete años que había vivido exactamente cuarenta y siete años sin sorpresas. Las arrugas en su frente eran paralelas entre sí, como si hubieran sido diseñadas por un arquitecto. Su barbilla tenía la precisión de alguien que nunca había tenido una emoción lo suficientemente fuerte como para hacer que su mandíbula se tensara de manera inesperada.

Se preguntó, no por primera vez, si era él quien se parecía a la ciudad, o si la ciudad se parecía a él.

Click.

El cronómetro interno en su cabeza marcó el final del minuto siete.

El desayuno era siempre lo mismo: café (dos tazas, temperatura 67 grados Celsius), pan integral (dos rebanadas, sin mantequilla porque la mantequilla era impredecible), y un huevo. El huevo era el único elemento variable. Podía estar ligeramente más cocido un día, ligeramente menos cocido otro. Masariego lo sabía. Lo notaba. Pero no lo mencionaba.

No mencionaba las cosas que importaban en la ciudad de piedra.

En el café de hoy, había una partícula flotando. Una mota de algo. Podría haberla sacado. Pero no lo hizo. La bebió junto con el resto.




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