5.2: EL TRANSPORTE QUE RESPIRA MIEDO
Mientras viajaba al Ministerio—en el mismo transporte, en la misma ruta, en el mismo horario—Masariego comenzó a ver la máquina en operación.
No era algo que pudiera ser visto con los ojos ordinarios. Tenía que ser sentido. Tenía que ser escuchado en la frecuencia.
El transporte estaba lleno de personas. Todas ellas se movían en sincronía. Todas ellas evitaban mirarse entre sí. Todas ellas estaban absortas en pantallas o en pensamientos que eran autorizados.
Y entonces sintió algo.
Era como si hubiera múltiples capas de realidad superpuestas. En la capa más visible estaba el transporte físico. Las personas. El movimiento mecánico de los vagones.
Pero en las capas debajo—en las frecuencias que ahora podía escuchar—había algo más.
Había miedo.
No era miedo ordinario. Era miedo transmitido. Era miedo que había sido inyectado en la atmósfera misma de la ciudad. Era como si el miedo fuera un gas que todos respiraban sin saberlo.
Masariego podía verlo cuando cerraba los ojos. Podía verlo como ondas de energía que fluían a través del transporte. Podía ver cómo el miedo mantenía a las personas comprimidas en sus asientos. Cómo las mantenía quietas. Cómo las mantenía predecibles.
Un hombre frente a él respiró hondo, como si estuviera a punto de llorar.
Luego contuvo la respiración.
Apretó los puños.
Y se relajó.
Primera capa: El Miedo, pensó Masariego.
Y todos lo respiramos.
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Editado: 10.01.2026