5.5: EL RUIDO QUE ENMUDECE
TERCERA CAPA: EL RUIDO
Pero incluso con miedo y deuda, la gente podía pensar. Podía reflexionar. Podía escuchar la voz pequeña que pregunta: "¿Es esto todo lo que la vida puede ser?"
Por eso existía el ruido.
Masariego salió del archivo subterráneo. Caminó a través de las calles. Y comenzó a escuchar lo que siempre había estado allí pero que nunca había notado realmente.
El ruido.
Estaba en todas partes.
En las pantallas en los edificios mostrando imágenes diseñadas para evocar emoción. En los altavoces transmitiendo mensajes. En los teléfonos buzando con notificaciones. En las conversaciones en las calles que replicaban narrativas que habían sido diseminadas por el Ministerio.
El ruido semántico.
Era diseñado para saturar la capacidad de atención. Era imposible pensar cuando había tanto ruido. Era imposible escuchar tu propia voz cuando había mil voces externas compitiendo por tu atención.
Y los mensajes en el ruido eran siempre los mismos:
"La autoridad te mantiene seguro."
"La consistencia es lo que te hace feliz."
"La libertad es caos."
"El cambio es peligroso."
"Lo que existe ahora es lo mejor de todos los mundos posibles."
Estos mensajes eran repetidos. Una y otra vez. En diferentes formas. Diferentes palabras. Diferentes contextos. Pero el mensaje de base era siempre el mismo.
Y repetición crea verdad. O más precisamente, repetición crea aceptación. Lo que se repite lo suficiente se vuelve invisible. Se vuelve aire. Se vuelve la realidad misma.
"El ruido es el tercer agente del Desfermento," pensó Masariego. "Impide que la masa oiga su propia voz. Impide que oiga la frecuencia del Reino."
Se detuvo frente a una pantalla gigante.
Un presentador sonreía.
"Hoy es otro día perfecto en la ciudad más segura del mundo."
Masariego cerró los ojos.
Detrás del ruido, muy débil, pudo escuchar la frecuencia.
Como un susurro debajo de un grito.
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Editado: 10.01.2026