El reino de Dios

5.10

5.10: LA SALIDA SILENCIOSA

Masariego se levantó de su escritorio.

Caminó hacia la salida del Ministerio. No corrió. No hizo nada que llamara la atención.

Simplemente caminó.

Los guardias lo vieron. Asumieron que estaba yendo a una reunión. Los auditores lo vieron. Asumieron que se había terminado su turno.

Nadie lo detuvo.

Nadie lo cuestionó.

Porque el sistema funcionaba de una manera que permitía que los agentes tuvieran libertad de movimiento dentro de ciertos parámetros. Y hasta que Masariego cruzara esos parámetros, nadie lo reportaría.

Pero sabía que lo que acababa de hacer lo pondría en los parámetros de exposición.

Sabía que cuando descubrieran que había eliminado el archivo, sería marcado.

Y sabía que una vez que fuera marcado, podría ser cazado.

En la puerta principal, el guardia de seguridad asintió.

"Buenas tardes, auditor."

"Buenas tardes," respondió Masariego.

No dijo "hasta mañana".

Porque no habría mañana.

Salió a la calle.

El aire era gris, como siempre.

Pero esta vez, Masariego no respiraba miedo.

Respiraba determinación.

5.11: EL CAMINO HACIA LA LEVADURA

Mientras caminaba por las calles de la ciudad hacia los Suburbios Densos, Masariego sintió el peso de lo que había comprendido.

El sistema era vasto. Era complejo. Era antiguo. Y estaba operando en múltiples capas de realidad.

Pero también vio algo que el sistema no podía controlar.

Vio grietas.

En las personas que pasaba. En sus ojos. En sus movimientos. Pequeñas desviaciones del patrón. Pequeñas grietas donde la libertad podría penetrar.

Una mujer sonreía mientras leía un libro. No una pantalla. Un libro real.

Un hombre ayudaba a un anciano a cruzar la calle, sin prisa, sin que nadie le pidiera que lo hiciera.

Un niño dibujaba en la acera con tiza. Formas que no eran geométricas. Formas que eran... orgánicas.

Y vio la levadura.

Vio cómo estaba trabajando invisiblemente en la masa. Vio cómo estaba fermentando. Vio cómo la proporción estaba aumentando lentamente, inexorablemente.

El sistema era poderoso.

Pero la levadura era más poderosa.

Porque el sistema operaba a través de control. Y el control siempre es frágil. El control siempre requiere que la gente obedezca. Y una vez que la gente comienza a no obedecer, el sistema comienza a fallar.

Pero la levadura operaba a través de vida. Y la vida es infinitamente resiliente. La vida siempre encuentra una manera.

Detrás de él, a dos cuadras, un auto negro comenzó a seguirlo.

Lentamente. Sin prisa.

Como un depredador que sabe que la presa no puede escapar.

Masariego no miró hacia atrás.

Aceleró el paso.

Cuando llegó a la puerta de Encarnación, no se paró a llamar.

Miró hacia atrás una última vez.

El auto negro se detuvo en la esquina.

Masariego empujó la puerta.

Simplemente entró.

Dentro, el olor a pan recién horneado lo envolvió.

Encarnación estaba allí, amasando.

Levantó la vista. Sonrió.

"Sabía que vendrías hoy," dijo.

"¿Cómo?" preguntó Masariego, cerrando la puerta.

"Porque hoy es el día en que la levadura elige no ser más harina."

Afuera, el auto negro permaneció en la esquina.

El motor apagado.

Esperando.

Pero dentro, en la cocina de Encarnación, la fermentación continuaba.

Y Masariego, por primera vez en cuarenta y siete años, estaba exactamente donde necesitaba estar.

FIN DEL CAPÍTULO 5




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