- ¿Te casarías conmigo?- dijo la niña de ojos oscuros.
- Pero las dos somos chicas- respondió la pelirroja con el ceño fruncido y las mejillas sonrojadas.
- ¿Pero no se supone que dos personas se casan cuando se aman?- preguntó la niña de ojos oscuros, confusa.- ¿No me quieres?- preguntó con los ojos llorosos.
- Sí, te quiero- respondió al instante.
- Entonces, cásate conmigo- dijo ilusionada.
-Cuando seamos mayores- se rindió la pelirroja soltando un suspiro.
La pequeña de ojos oscuros se rió y abrazó con entusiasmo a la pelirroja, mientras la otra rodaba los ojos.
Aquello sucedió cuando ellas tenían alrededor de cinco años, había pasado mucho tiempo desde entonces , ahora la pelirroja de ojos grises estaba comprometida con un noble y se convertiría en reina pronto. Ella era la única que podía acceder al trono pues era unigénita y, a su vez, tras la muerte de su padre la única con sangre completamente noble, dado que su madre no podía engendrar más hijos herederos.
Por otro lado , la de ojos oscuros y pelo castaño claro, había sido entrenada para ser la general de la armada del reino, al ser hija única y no tener una familia muy extensa no pudieron evitar darle el puesto a ella, a pesar de ser mujer. Muchos estaban en contra de esto, no les entusiasmaba la idea de que una mujer fuera la que dirigiera sus tropas, pero por mucho que lo odiaran y por mucho que no quisieran aceptarlo, había sido entrenada para ser una general y al igual que su padre era muy buena estratega.
- ¿Te casarías conmigo?- le dijo con tono juguetón la de pelo castaño.
- Alice, sigues con lo mismo, teníamos cinco años- respondió la de ojos grises.
- Y nunca olvidaré la primera y última vez que aceptaste Rose- dijo y no pudo evitar reírse por lo bajo mientras su amiga rodaba los ojos.
Ambas vivían en el palacio desde que eran muy jóvenes, por lo que se conocían desde pequeñas y habían sido amigas desde que se conocieron. Eran muy cercanas desde que tenían memoria y siempre se habían arreglado bien. La más mayor, Alice, solía bromear mucho con casarse, al punto de que la menor no la tomaba en serio, las dos sabían que Rose estaba comprometida con un noble desde que Rose tenía diez años y Alice doce.
Rose, a pesar de que llevaba comprometida años, todavía no conocía a su prometido. Esto le preocupaba a Alice, ya que temía que la tratase mal y que ella, como inferior, no pudiera defenderla; a pesar de que era consciente de que su amiga no necesitaba esa protección no podía evitar preocuparse por ella. A Rose, por otro lado, poco le importaba no conocerlo, ella estaba dispuesta a cumplir su deber independientemente de lo que ello conllevase.
- ¿Cuándo era la coronación?- preguntó la soldado.
- ¿Cuántas veces me lo has preguntado ya?- dijo la princesa con un suspiro- no sé para qué preguntas si ya lo sabes.
- Sabes que tengo mala memoria para las fechas- respondió con tono juguetón.
- Es después de mi boda- contestó Rose con exasperación.
- ¿Y la boda es...?- volvió a preguntar Alice.
- En mi cumpleaños, nunca olvides mi cumpleaños- respondió soltando un suspiro.
- Lo sé- dijo ella sin poder ocultar su sonrisa ante la reacción de la menor.
Para su cumpleaños faltaban alrededor de seis meses y conocería a su prometido tres meses antes de su boda, sólo tendrían tres meses para conocerse pero parecía tan tranquila. Siempre le gustó que todo estuviera en orden y la falta de este la alteraba inigualablemente. Pero no parecía preocuparse en esta situación, parecía tranquila, lo cual era bastante sorprendente, ya que era extraño en ella.
Luego de su agradable conversación, tanto Alice como ella tuvieron que irse cada una por su lado, tenían estudios que atender, una como futura general del reino y la otra como futura reina. Las dos atendían a clases privadas impartidas por sus respectivos progenitores y profesores especializados.
Cayó la noche, Alice como siempre se encontraba en el jardín de rosas, escondida en el rincón que encontró por casualidad mientras huía de la enfadada reina por haber distraído a su hija en sus estudios. Desde entonces siempre iba a ese rincón, donde nadie del castillo podía verla, si no entraba, y nadie que no conociera el sitio podría entrar.
Sentada, rodeada de rosas, siempre iba ahí cuando quería huir de sus deberes, de su trabajo, de su función... Iba allí con un pequeño cuaderno en el solía hacer pequeños garabatos, pero lo que más le gustaba era escribir poemas, era su forma de desahogarse, de expresar sus sentimientos.
En ese momento no estaba escribiendo en el cuaderno, de hecho ya lo había guardado y escondido, ahora solo acariciaba los pétalos de las rosas más cercanas a ella, había oído a alguien acercarse y sabía distinguir quien era por las fuertes y firmes pisadas.
- No deberías estar aquí, está en contra de las reglas- le dijo una voz claramente enfadada a Alice.
- Y aún así vienes todas las noches a buscarme- respondió con una sonrisa tranquila, no tenía que girarse para saber que era Rose.
- Si alguien se entera, estarás en grandes problemas- expresó todavía claramente de mal humor la menor.
- Pero nadie se ha dado cuenta hasta ahora ¿o sí?- dijo Alice mientras palmeaba el sitio junto a ella para que Rose se sentase.
Rose suspiró, sabía que Alice no disfrutaba rompiendo las normas y que no lo hacía con mala intención, pero aun así no podía evitar molestarse con ella. De todas formas, soltando un claro sonido de desagrado, se sentó junto a ella con los brazos cruzados.
Alice solo negó con la cabeza ante el enfado de su amiga y apoyó su cabeza en el hombro de esta. La de ojos grises se sonrojó un poco por esto, a pesar de ser algo que la de pelo ondulado solía hacer no podía evitarlo, a fin de cuentas seguía siendo la única persona que le mostraba cariño, a pesar de su estatus y fuerte personalidad.
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Editado: 17.02.2026