El Reino de las Rosas

Amistad

Alice y sus soldados llevaban ya casi una semana esperando noticias sobre por qué habían sido llamados para ir al Imperio del Lirio de invierno, pero el rey parecía estar demasiado ocupado para atenderlos y parecía que nadie más les podía explicar qué hacían allí.

Alice había notado que no era bienvenida allí, veía claramente que el hecho de que hubieran mandado a una mujer como representante de su reino les parecía insultante, incluso notó que, en ocasiones, algunos de los soldados intentaron ridiculizar y menospreciarla. Ella simplemente les ofrecía una sonrisa cortés y actuaba como si no hubiera escuchado nada, como si todo estuviera bien.

Sin embargo Alice odiaba estar allí, sentía que en cualquier momento perdería los estribos, sin embargo, al tener una posición tan importante, no podía permitírselo; era la representante de su reino, el reino que tanto amaba y que juró proteger. Su padre y sus profesores se habían asegurado de enseñarle a mantener la calma en todo momento, pero sentía que no podía relajarse, pues tenía que forzarse para ser perfecta y no cometer ni un solo error.

El único momento en el que sentía que podía ser ella misma era cuando se encontraba con Elisabeth en aquel jardín, con ella sentía que podía tranquilizarse un poco, que no tenía que forzar una sonrisa, sonreía porque realmente disfrutaba estando con ella, mientras esta le contaba los cuentos que contaba a sus hermanos pequeños cuando no podían dormir o curiosidades sobre el imperio que nunca habría sabido si esta no se las hubiera comentado.

Elisabeth era una chica muy cálida y amable pero siempre se mostraba un poco distante, pues por mucho que hablase siempre parecía faltar algo. Alice no le daba mucha importancia ya que acaban de conocerse y era la única con la que se sentía cómoda en aquel lugar. También había notado que Elisabeth hablaba con muy poca gente, la gente parecía acercarse a ella para pedirle favores y ella les ayudaba tanto como podía, pero una vez les hubiera ayudado esta se volvía a quedar sola. A Elisabeth no parecía importarle mucho este hecho por lo que decidió no insistir en el tema.

Por otro lado, ella le hablaba a Elisabeth sobre el Reino de las Rosas, el arte, las rosas, la cultura... A Elisabeth parecían brillarle los ojos cada vez que escuchaba a su visitante. El Imperio del Lirio de invierno no se preocupaba de aquellas cosas por lo que Elisabeth solo las había visto en libros. Alice le prometió que si alguna vez visitaba al Reino de las Rosas le enseñaría todo personalmente, a lo que esta respondió con una cálida sonrisa, agradeciéndole de todo corazón.

Alice también le había hablado sobre Rose, lo hizo sin siquiera darse cuenta y pareció despertar la curiosidad de Elisabeth, quien expresó su deseo de conocerla algún día. Alice solo le dedicó una sonrisa incómoda, Rose no era una persona muy fácil, pero después de pensarlo, se dio cuenta de que, gracias a la empatía y paciencia de Elisabeth, quizá así podría conseguir que Rose hiciera una nueva amiga, por lo que dijo que si se daba la ocasión las presentaría.

Aquel día, como los anteriores, después de hacer todo lo que requería su trabajo como representante del Reino de las Rosas, decidió pasarse por el jardín para ver si a pesar de lo tarde que era Elisabeth seguía allí. Cuando llegó, para su decepción, no había nadie, por lo que soltó un suspiro algo apenada, dejando escapar una nube de vapor por la fría temperatura.

- ¡Buu!- gritó alguien detrás de ella, mientras sujetaba sus hombros.

Alice ni se inmutó pues reconoció los torpes pasos y la dulce voz de Elisabeth enseguida.

- Hola Elisabeth- la saludó sonriendo.

- No eres divertida- dijo ella con falso enfado mientras la abrazaba por detrás entre risas.

Alice solo negó con la cabeza mientras se reía, Elisabeth podía ser tan distante y a la vez tan cálida, era impredecible pero a la vez era fácil de leer, era una chica extraña.

- Me gustaría enseñarte un sitio, ¿vendrías?- preguntó con ojos curiosos Elisabeth.

- Claro- asintió ella en su habitual tono tranquilo.

Elisabeth cogió a Alice de la muñeca y la guio por el castillo. Alice había notado que la albina tenía la extraña costumbre de tomar a las personas por la muñeca en vez de por la mano, suponía que era porque quizás sus hermanos no la obedecieran y por ende, tenía que llevarlos de la muñeca.

Mientras Elisabeth la guiaba con tranquilidad y seguridad por los oscuros y vacíos pasillos del palacio, Alice intentaba imaginarlos. No podía ver mucho, sólo alguna cosa que alumbraban las velas, solo ahora se había dado cuenta de que era ya muy adentrada la noche.

Finalmente Elisabeth le hizo subir unas escaleras en forma de caracol y llegaron a su destino. Era una de las torres de palacio, pero parecía que la de ojos azules todavía no había terminado con el viaje, pues hizo algo que Alice no se esperaba, se subió al tejado.

- ¿Qué haces?- preguntó Alice preocupada.

- Tú sígueme- fue lo único que dijo ella.

Alice suspiró, pero decidió confiar en ella, subió al tejado y la siguió. A pesar de que estaba claro que conocía el camino, estaba más preocupada de que se cayera Elisabeth que de que ella misma sufriera el mismo destino.

Finalmente lograron llegar a donde Elisabeth quería llevarla, se sentó en el tejado y la invitó a sentarse a su lado.

- Mira- le dijo señalando al cielo.

Alice se sentó, levantó la mirada y quedó perpleja. A pesar de las constantes tormentas aquella noche el cielo estaba completamente claro, las estrellas se veían a la perfección y parecía que brillaban más de lo normal.

- Suelo venir aquí cuando noto que el cielo está despejado- explicó Elisabeth tímidamente- y quería compartir esto contigo.

- Gracias- respondió Alice con una sonrisa; realmente estaba agradecida.

Pasaron horas mirando las estrellas juntas, Elisabeth le decía a Alice el nombre de algunas constelaciones y estrellas, a veces incluso mitos sobre estas. Alice la escuchaba con atención e interés, las horas pasaban y las dos sabían que el siguiente día tendrían que cumplir sus respectivos deberes, pero poco les importaba, en ese momento eran solo ellas y las estrellas.




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