El Reino de Las sambras

El Ejército de la Oscuridad

Capítulo 4

La guerra se acercaba.

Aunque la mayoría de los animales todavía vivían en paz bajo la protección de Mister T, el Rey de las Sombras podía sentir que algo terrible se estaba formando más allá de las fronteras conocidas.

Cada noche el viento traía olores extraños.

Cada noche las sombras se agitaban con más fuerza.

Y cada noche el nombre del Devorador de Reyes resonaba como una advertencia.

Mientras tanto, en las lejanas Montañas Negras, Kovu había cambiado.

Ya no era el mismo león que había sido derrotado por Mister T.

Su cuerpo era más grande.

Más fuerte.

Sus ojos brillaban con una energía roja oscura.

Y una extraña marca había aparecido sobre su pecho.

La marca del Devorador.

Frente a él se alzaba una enorme figura de oscuridad.

El Devorador de Reyes.

Mucho más antiguo que cualquier rey de la sabana.

Mucho más poderoso que cualquier criatura viva.

Su voz hacía temblar la tierra.

—¿Estás listo?

Kovu bajó la cabeza.

—Sí, mi señor.

—Entonces reúne mi ejército.

Y tráeme la cabeza del Rey de las Sombras.

Durante semanas Kovu recorrió la sabana.

Buscando leones resentidos.

Guerreros exiliados.

Depredadores ambiciosos.

Y enemigos de Mister T.

Muchos aceptaron unirse.

Otros fueron corrompidos por el poder oscuro del Devorador.

Poco a poco nació una nueva fuerza.

Un ejército enorme.

Más grande que cualquier coalición conocida.

Mientras tanto, en el reino de Mister T, las cosas también estaban cambiando.

Scarface seguía desarrollando sus habilidades.

Cada día aprendía algo nuevo.

Cada día controlaba mejor las sombras.

Pero también sentía cómo aquel poder intentaba influir en sus emociones.

Especialmente en su ira.

Una tarde, mientras entrenaban cerca de una antigua formación rocosa, Mister T decidió que había llegado el momento.

—Estás listo para la Primera Prueba.

Scarface levantó la cabeza.

—¿Qué prueba?

Mister T observó el horizonte.

—La prueba que decide si las sombras te sirven…

o si tú terminas sirviéndolas a ellas.

Aquella misma noche partieron hacia el Valle de las Sombras.

El lugar donde todo había comenzado.

El lugar donde Mister T había conocido al Guardián siglos atrás.

La niebla cubría el suelo.

Los símbolos antiguos brillaban débilmente.

Y el silencio reinaba en cada rincón.

Scarface sintió un escalofrío.

Era la primera vez que visitaba aquel lugar.

Y podía sentir su poder.

Antiguo.

Profundo.

Inmenso.

Como si todo el valle estuviera vivo.

En el centro del valle apareció una figura.

El Guardián de las Sombras.

Sus ojos azules brillaban en la oscuridad.

Su gigantesca silueta parecía formar parte de la propia noche.

Scarface quedó inmóvil.

Jamás había visto algo semejante.

La entidad observó al joven león.

Luego habló.

—El heredero ha llegado.

La voz resonó dentro de su mente.

No era un sonido.

Era una presencia.

Una fuerza imposible de ignorar.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Scarface.

El Guardián permaneció en silencio durante unos segundos.

Luego respondió.

—Debes enfrentarte a ti mismo.

La niebla comenzó a girar.

Las sombras se elevaron desde el suelo.

Y de pronto todo desapareció.

Scarface apareció en otro lugar.

Una enorme llanura cubierta de oscuridad.

No había árboles.

No había animales.

No había cielo.

Solo sombras.

Y frente a él…

estaba él mismo.

La copia sonrió.

Pero aquella sonrisa era cruel.

Fría.

Oscura.

Los ojos brillaban con energía roja.

La voz parecía una versión distorsionada de la suya.

—Finalmente nos conocemos.

Scarface retrocedió.

—¿Quién eres?

—Soy todo aquello que escondes.

Tu ira.

Tu odio.

Tu ambición.

Tu oscuridad.

La copia avanzó lentamente.

—Tú deseas poder.

Igual que Mister T.

Igual que todos los reyes.

Scarface sintió cómo aquellas palabras golpeaban directamente sus pensamientos.

Porque parte de ellas eran ciertas.

Durante años había deseado ser fuerte.

Había deseado respeto.

Había deseado poder protegerse.

Y también había deseado vengarse de quienes destruyeron su familia.

La sombra sonrió.

—Lo ves.

Somos iguales.

Únete a mí.

Y seremos invencibles.

Scarface sintió cómo las sombras se agitaban a su alrededor.

La tentación era enorme.

Podía sentir el poder.

Podía sentirlo llamándolo.

Pero entonces recordó algo.

Recordó a Mister T protegiendo a los débiles.

Recordó a los animales que confiaban en ellos.

Recordó que el verdadero poder no consistía en dominar a otros.

Sino en protegerlos.

Entonces levantó la cabeza.

—No.

La copia dejó de sonreír.

—¿No?

—No seré tu esclavo.

Las sombras explotaron alrededor de ambos.

La batalla comenzó.

Fue una lucha feroz.

Cada golpe parecía sacudir la oscuridad.

Cada rugido hacía vibrar el vacío.

Pero poco a poco Scarface comenzó a comprender algo.

No podía destruir aquella sombra.

Porque formaba parte de él.

Debía aceptarla.

Controlarla.

Dominarla.

Finalmente cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Y aceptó tanto su luz como su oscuridad.

Cuando volvió a abrirlos, la copia comenzó a desintegrarse.

Las sombras regresaron a su cuerpo.

Y el vacío desapareció.




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