El Reino de las Sombras

CAPÍTULO I

La Fortaleza de Eryndor

El sonido de la lluvia contra el techo del carruaje era lo único que rompía el silencio entre mi padre y yo.

Llevábamos horas viajando hacia el norte, atravesando caminos de piedra rodeados por bosques oscuros y montañas cubiertas de niebla. Afuera, el cielo gris parecía hundirse sobre el mundo, como si incluso el clima supiera adónde nos dirigíamos.

Eryndor.

La fortaleza donde entrenaban a todos los portadores de los cinco reinos.

El lugar del que nadie regresaba siendo la misma persona.

Apreté los dedos sobre el borde de mi abrigo negro mientras observaba mi reflejo borroso en la ventana empañada.

Veinte años.

Ese era el momento en que los reinos reclamaban a quienes nacían con habilidades.

No importaba si eras noble, heredero o campesino. Si la magia existía dentro de tu sangre, terminabas sirviendo al ejército.

Especialmente ahora.

Porque Varyon seguía avanzando.

El reino enemigo había conquistado territorios enteros durante los últimos años y los rumores de guerra crecían cada vez más. Por eso Eryndor reunía portadores de todos los reinos aliados:

para convertirnos en armas.

Mi padre permanecía frente a mí con la espalda recta y la expresión fría de siempre. El uniforme oscuro de Aerith le daba un aspecto todavía más severo bajo la poca luz del carruaje.

—Cuando llegues a Eryndor —dijo finalmente— no espero menos que excelencia de ti.

Levanté la mirada lentamente.

—Claro.

Ni siquiera una despedida primero.

—Haré lo que pueda.

—No. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Harás más que eso.

El nudo en mi pecho se tensó.

—Tu familia tiene un nombre que mantener. No fracases.

No fracases.

Como si el fracaso fuera lo único que le preocupara.

Desvié la mirada hacia la ventana antes de responder algo que pudiera arrepentirme de decir.

Desde que mi poder despertó, todo entre nosotros había cambiado.

Tenía dieciséis años cuando ocurrió.

Discutíamos sobre la profecía. Sobre dragones. Sobre las antiguas historias que mi padre insistía en llamar cuentos infantiles.

Y entonces perdí el control.

El fuego apareció de la nada.

Las llamas cubrieron la habitación completa sin tocarme. Recuerdo las cortinas incendiándose, los gritos de mi madre y el calor recorriendo mi piel como si algo vivo despertara dentro de mí.

Después de esa noche, mi padre comenzó a mirarme diferente.

Con miedo.

Aunque jamás lo admitiría.

Porque mi fuego no era normal.

A veces cambiaba de color.

A veces aparecía solo.

Y otras veces… sentía que respondía a emociones que ni siquiera entendía.

Como si hubiera algo antiguo escondido dentro de mí.

—Controla tus habilidades —continuó mi padre—. En Eryndor no toleran debilidad.

Apreté la mandíbula.

Siempre era lo mismo.

Control.

Disciplina.

Perfección.

Como si jamás pudiera equivocarme.

El carruaje disminuyó la velocidad bruscamente.

Entonces la vi.

La Fortaleza de Eryndor apareció entre la tormenta como una sombra gigantesca levantándose entre las montañas.

Mi respiración se detuvo.

Era inmensa.

Murallas negras rodeaban el complejo entero mientras enormes torres atravesaban el cielo gris. Antorchas de fuego azul iluminaban los caminos elevados que conectaban distintas estructuras dentro de la fortaleza.

Parecía una ciudad construida para la guerra.

El enorme portón de hierro comenzó a abrirse lentamente frente a nosotros.

Y sentí que estaba entrando a otro mundo.

Apenas descendí del carruaje, el viento helado golpeó mi rostro.

El lugar estaba lleno de jóvenes recién llegados. Cientos de portadores caminaban bajo la lluvia cargando equipajes mientras soldados recorrían el patio principal dando órdenes.

Pero lo más impresionante eran los entrenamientos.

Vi a una chica elevar enormes corrientes de agua alrededor de su cuerpo mientras combatía con dos espadas. Más lejos, un grupo practicaba con viento y electricidad. El sonido de metal chocando resonaba entre las murallas junto a explosiones de fuego y magia.

La energía del lugar era sofocante.

Mi poder reaccionó inmediatamente.

Calor.

Un calor incómodo recorrió mis brazos.

Respira. Me repetía una y otra vez en forma de mantra.

Control.

Mi padre notó mi expresión.

—Lyra.

La advertencia en su voz bastó para obligarme a ocultarlo.
Y así sin más el carruaje se perdió por el camino junto con mi padre.

Un soldado indicó que avanzara hacia el edificio principal y comencé a subir las enormes escaleras de piedra junto al resto de los recién llegados.

Las puertas del salón central eran gigantescas, hechas de hierro oscuro con antiguos símbolos grabados sobre ellas.

Dragones.

Siempre dragones.

Cuando crucé el umbral, el calor me envolvió inmediatamente.

El lugar era enorme. Columnas negras sostenían un techo altísimo cubierto de banderas de los cinco reinos aliados. Las paredes estaban decoradas con armas antiguas, armaduras destruidas y enormes pinturas de guerras que parecían observarnos desde las sombras.

Un soldado nos ordenó formar filas frente a la escalera central.

Intenté pasar desapercibida.

No funcionó.

—Tienes cara de querer escapar.

Giré sobresaltada.

El chico a mi lado sonreía apenas divertido. Rubio, alto y demasiado relajado para alguien que acababa de llegar a Eryndor.

—¿Y tú tienes cara de disfrutar esto? —pregunté.

—Claramente tengo problemas mentales.

No pude evitar una pequeña risa.

—Soy Rowan.

—Lyra.

—Bueno, Lyra… bienvenida al infierno.

—Qué discurso motivador.

—Gracias. Practiqué bastante.

Una chica pelirroja apareció detrás de él y le dio un golpe en el brazo.




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