Primer entrenamiento
El amanecer en Eryndor no era silencioso.
Era violento.
El sonido de espadas chocando despertó la fortaleza incluso antes de que el sol apareciera entre las montañas. Gritos de entrenamiento, órdenes militares y explosiones de magia resonaban desde distintos sectores mientras una fina niebla gris seguía cubriendo los patios de piedra por la lluvia de la noche anterior.
Abrí los ojos lentamente.
Por un segundo olvidé dónde estaba.
Hasta que escuché el rugido.
Lejano.
Profundo.
Antiguo.
Mi respiración se detuvo.
Otra vez.
Me incorporé bruscamente sobre la cama mientras el corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho.
Oscuridad.
Fuego.
Alas gigantes atravesando el cielo.
Y unos ojos dorados observándome desde las sombras.
El mismo sueño.
Siempre el mismo.
La habitación seguía envuelta en penumbras azuladas cuando miré hacia la ventana.
Nyra ya estaba despierta.
Estaba sentada sobre el borde de su cama afilando lentamente una daga .
La luz fría del amanecer hacía que su piel pareciera todavía más pálida.
—Gritaste dormida —dijo sin mirarme.
Perfecto.
Desvié la vista.
—No recuerdo el sueño.—Mentí
Lo recordaba demasiado bien.
Nyra deslizó el dedo sobre el filo de la daga antes de guardarla.
—Te acostumbrarás.
—¿A las pesadillas?
—A Eryndor.
Eso no sonó tranquilizador.
Me levanté lentamente y caminé hacia la ventana.
Desde el tercer nivel de la torre podía verse gran parte de la fortaleza.
Puentes elevados conectando torres negras.
Antorchas azules ardiendo incluso de día.
Soldados recorriendo murallas.
Y cientos de estudiantes entrenando desde temprano como si descansar fuera un lujo prohibido.
Eryndor no parecía un lugar donde enseñaban magia.
Parecía un reino preparándose para sobrevivir a una guerra.
El calor bajo mi piel regresó apenas observé el patio principal.
Respira.
Control.
Siempre control.
Una hora después descendíamos junto a otros estudiantes hacia el Patio Central.
Y por primera vez lo vi completo.
Era inmenso.
Una arena circular de piedra negra rodeada por gradas elevadas y enormes columnas grabadas con símbolos antiguos de dragones y guerras olvidadas. Varias plataformas de entrenamiento ocupaban distintos sectores mientras antorchas de fuego azul iluminaban los bordes del lugar como si el sol jamás fuera suficiente para Eryndor.
Todo estaba cubierto por marcas de combate.
Cortes sobre la piedra.
Grietas.
Cenizas.
Sangre seca en algunos sectores.
El aire olía a metal, lluvia y magia.
Más allá del patio, enormes estatuas de dragones vigilaban la fortaleza desde las alturas como criaturas esperando despertar.
El lugar entero imponía miedo y emoción.
Porque algo dentro de mí reaccionaba a Eryndor.
Como si hubiera estado destinada a llegar allí.
—Primer año al centro —ordenó una voz masculina.
Levanté la mirada.
Aiden Ravaryn descendía las escaleras principales hacia el patio.
Y varias personas dejaron de respirar.
Era imposible no mirarlo.
Peligrosamente seguro de sí mismo.
Llevaba el uniforme negro de entrenamiento abierto en el cuello mientras giraba distraídamente una daga entre sus dedos con una facilidad irritante.
Electricidad azul danzó apenas sobre sus nudillos antes de desaparecer.
Control absoluto.
Eso era lo peor.
Aiden no necesitaba demostrar que era poderoso.
Todo en él lo hacía evidente.
—Excelente —murmuró Nyra a mi lado—. El príncipe arrogante dirige la clase.
Casi sonreí.
Aiden se detuvo en el centro de la arena observando a todos como si ya supiera exactamente quién sobreviviría y quién no.
—Bienvenidos a su primera humillación oficial —anunció con calma divertida.
Varias personas se tensaron inmediatamente.
Él sonrió apenas.
—Relájense. Si quisiera matarlos, Kael me habría dejado usar magia.
Algunas risas nerviosas recorrieron el grupo.
Desde las alturas sentí otra presencia observando.
Levanté la vista.
Kael Ravaryn permanecía apoyado contra una de las columnas superiores junto a otros comandantes.
Oscuro.
Inmóvil.
Sus brazos cruzados sobre el pecho mientras observaba el patio entero con esa expresión fría imposible de descifrar.
A su lado había otros oficiales:
una mujer de cabello rojo oscuro y mirada severa,
un hombre enorme cubierto de cicatrices
y otro comandante de uniforme gris que parecía aburrido de existir.
Pero Kael destacaba incluso entre ellos.
Como una sombra imposible de ignorar.
Y por un segundo…
sus ojos se encontraron con los míos.
Otra vez.
El calor bajo mi piel reaccionó inmediatamente.
Desvié la mirada primero.
—Entrenamiento cuerpo a cuerpo —continuó Aiden—. Sola armas permitidas. Sin magia.
Varios estudiantes protestaron al instante.
Aiden arqueó apenas una ceja.
—¿Problemas? Pensé que Eryndor recibía guerreros, no niños llorando.
Silencio.
Soberbio.
Definitivamente soberbio.
Pero nadie se atrevía a desafiarlo.
—Fuera de estas murallas —continuó caminando lentamente entre nosotros— habrá momentos donde no tendrán magia. O energía. O armas. Y si solo saben pelear dependiendo de su poder… morirán rápido.
Eso apagó cualquier queja restante.
Tomé mi daga de obsidiana de su funda mientras Nyra elegía dos cuchillas cortas.
—No mates a nadie el primer día —murmuró ella.
—Intentaré decepcionarte.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Aiden comenzó a nombrar parejas mientras los estudiantes se distribuían alrededor de la arena.
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Editado: 19.06.2026