A veces, despertar es tan simple... como decir la palabra mágica
Yadara bajó la mirada.
El plato seguía frente a ella, intacto, y por un instante pensó en fingir que comía, como los demás.
Pero no pudo... Ya no tenía hambre.
Y tampoco era el estómago lo que se resistía, sino algo más profundo.
Su alma...
El cuerpo se le sentía pesado, casi de piedra… pero su mente, por primera vez desde que llegó a ese reino muerto, estaba despierta. Entonces ocurrió algo imposible. Una voz irrumpió en el silencio de sus pensamientos.
No venía del exterior. Tampoco era una sombra, ni un custodio. Mucho menos los ecos del pasillo.
Esa voz, interna… suya, pero a la vez más antigua, más dulce, más cálida.
Una voz, que llevaba esperanza y melancolía mezcladas.
—Recuerda lo que amas, pequeña Yadara…
El aire se congeló. Ella se quedó inmóvil.
Su respiración tembló… pero no sintió miedo. Esas palabras no eran un pensamiento impuesto.
Eran un latido vivo... un impulso que, por un instante, algo dentro de ella se encendió.
Levantó la vista y, en el reflejo opaco de una bandeja metálica... vio su propia luz parpadear.
No era gris.
No era fría.
No pertenecía a ese reino...
Era dorada, un tanto cálida. Diminuta, escondida bajo capas de sombra… Pero real.
Yadara apretó los puños. No sabía cómo, pero comprendió algo esencial: ese lugar no estaba hecho para vivir. Existía para apagar, borrar, convertir a todos en silencio. Y por primera vez… sintió el deseo de oponerse.
De rebelarse... Romper algo.
Gritar.
Pero no lo hizo. No todavía.
El tiempo aun no le sonreía.
Mientras todos seguían comiendo sin levantar la mirada, ella tomó una decisión.
No tragaría otro bocado.
No seguiría dormida.
Y mucho menos… sería parte de ese reino.
El silencio no lo sabía todavía…
pero algo había cambiado dentro de ella.
Una chispa.
Un latido nuevo.
Un susurro de confianza que se negaba a apagarse.
—Yo no seguiré dormida —pensó con fuerza—. Voy a despertar.
—Necesito hablar.
—Necesito recordar por qué estoy aquí…
Repitió una y otra vez, como si el pensamiento pudiera abrir una grieta:
—Quiero recordar…
—Quiero salir de aquí…
—Alguien… ayúdeme, por favor…
El aire vibró... Como si alguien hubiera escuchado. Si, esas palabras —tan simples, tan humanas—. Hubieran tocado algo que no debía despertarse.
Como si el Reino del Silencio, por un segundo, hubiera dejado de ser tan silencioso.
Y entonces… algo cayó.
Con un golpe seco.
Un cuerpo pequeño rodó por el suelo gris. Se sacudió el polvo, y se levantó de un salto.
—¡Puaj! ¡Qué lugar tan HORRENDO! —chilló una voz aguda—.
—¿Esto es ceniza o es polvo triste? ¡Porque sabe igual de feo!
Yadara abrió los ojos de par en par.
Frente a ella había una criatura pequeña, gris, con el pelaje chamuscado, la cola torcida y los bigotes llenos de polvo.
La criatura se miró las patas... luego la cola. Vio su reflejo en una bandeja, y alterada dijo:
—¡NO...! ¡NOOOO!
—¡¿CÓMO QUE SOY UNA RATA?!
Se llevó las patas a la cabeza.
—¡YO ERA HERMOSA! —se quejó—.
—¡Elegante! ¡Esponjosa!
—¡Y ahora mírame! ¡Parezco una nube aplastada!
Yadara dio un paso atrás, incrédula.
—¿Tú… quién eres…?
La rata la miró y sus ojos brillaron.
Aún estaba en el suelo, medio incorporado, con el cuerpo inquieto, como si no supiera muy bien dónde terminaba él y dónde empezaba ese lugar extraño. Sus patitas se movían solas, nerviosas. La cola le daba pequeños latigazos al aire.
—Sí… definitivamente fuiste tú.
Levantó el hocico, aspiró otra vez, exageradamente.
—Ese “por favor” tuyo abrió algo…
Hizo un gesto amplio con una de sus patitas, como si dibujara una línea invisible frente a él.
—Una ranura… una grieta…
La otra patita se sumó al movimiento, marcando el espacio, señalando un punto inexistente.
De pronto se llevó ambas patas a las orejas, apretándolas con dramatismo.
—Una cosa cósmica rarísima.
Soltó el aire de golpe. Luego se enderezó como pudo, se cruzó de brazos con una dignidad claramente fingida y añadió, molesto:
—Y claro… me mandaron a mí.
Antes de que Yadara pudiera decir algo más, el aire vibró de nuevo. Un espejo cercano titiló.
De él emergió una voz conocida, cargada de fastidio.
—¡Ay nooo… NO! —Dime que no…
Corvún salió del reflejo con un aleteo dramático.
—Justo cuando estaba recuperando un poco de calma…
Miró a la rata de arriba abajo, entrecerró los ojos y preguntó:
—¿Y tú… qué haces aquí?
La rata infló el pecho todo lo que una rata chamuscada podía inflarlo.
—¡Lo que tú NO podías hacer solo! —respondió—.
—¿De verdad creíste que ibas a lograr esto sin ayuda?
—¡Yo estaba perfectamente bien! —graznó Corvún—.
—Observando. Pensando... analizando el silencio dignamente.
—Ajá… ¿y qué más…? —replicó la rata—.
—Sentándote...
—Quejándote... Y comiendo cosas raras.
—¡Eso se llama estrategia y análisis! —protestó Corvún.
—Se llama lentitud… —corrigió ella.
El cuervo abrió el pico para responder… y lo cerró. Suspiró.
—Osh… no empieces, Ralik, a pasarme tu hiperactividad, ¿oíste?
La rata sonrió, ladeando la cabeza.
—Tu lentitud y paciencia me ah-o-gan… —dijo, exagerando cada sílaba—. Tenemos que apresurarnos para que esas sombras no sigan con lo suyo.
—Además… ¡Mi, Eeego! —exclamó— se siente apuñalado cada vez que me veo como rata.
Corvún soltó una ligera carcajada.
—Bueno… tú rata, yo cuervo. ¡Aguanta! Y mejor. Sigamos atentos para que Yadara encuentre la forma de despertar.
—Por eso… ¡Ellaaa! despertó… —dijo Ralik.
Observando los fragmentos de espejo, volvió la mirada hacia Yadara.