El dolor abrió la herida, pero fue la memoria del amor quien encendió la chispa... incluso en la oscuridad, el corazón recuerda cómo arder.
La palabra quedó suspendida en el aire, como una brasa que se niega a apagarse.
Y muy lejos de allí —o quizá no tanto— algo se movió.
No fue un sonido, ni una luz.
Fue una alteración... una vibración mínima, casi imperceptible, que atravesó los límites invisibles del Reino del Silencio.
Un pulso breve y exacto… fuera de norma en ese espacio. Totalmente ajeno al polvo, a las sombras.
Él se detuvo. Tenía una presencia calculada. Ajena al caos del reino.
Alto...delgado.
Cubierto por una capa oscura que caía con una elegancia precisa.
Un sombrero proyectaba sombra sobre su rostro, ocultándolo por completo.
No emanaba miedo.
No emanaba magia.
Solo presencia.
Frente a él, símbolos antiguos flotaron en el aire y se encendieron apenas, como si respondieran a su atención.
El Regente levantó una mano.
Las marcas se ordenaron de inmediato.
Había una grieta registrada.
Una entrada no prevista.
Una luz que no pertenecía a ese reino.
Y, entre los registros, un rastro más sutil aún: humo que brillaba.
No era sombra.
Tampoco luz pura.
El Regente inclinó levemente la cabeza.
—Nara… —pensó, sin pronunciar el nombre.
La anomalía había comenzado.
No era crítica.
No aún.
No había daño irreversible ni ruptura total del equilibrio.
Pero los registros mostraban una secuencia irregular: una petición consciente, una respuesta no autorizada, y una interferencia emocional que no debía existir en ese plano.
—Suficiente —dijo el Regente, cerrando los símbolos con un simple chasquido.
La escena cambió.
La cueva de Corvún estaba en silencio, como todo lo demás… aunque allí el silencio siempre parecía un poco menos obediente.
El cuervo estaba sentado en su silla torcida, rodeado de fragmentos de espejo, murmurando consigo mismo, cuando algo ocurrió.
Knock... knock.
No fue un sonido. Fue una presión en el espacio.
Corvún se quedó inmóvil.
—¿…Qué? —murmuró—. ¿Quién se atreve a tocar una puerta… en un reino donde no existen las puertas?
La presión volvió a sentirse. Exacta. Educada.
Corvún tragó saliva, se aclaró el pico y avanzó.
Abrió.
El Regente estaba allí.
Cruzado de brazos. Inmóvil. Observándolo.
Corvún abrió un poco más los ojos.
—Regente… —dijo, forzando una compostura que le temblaba apenas en las plumas—. Qué… sorpresa tan… normativa.
El Regente no respondió de inmediato. Inhaló despacio.
Y entonces habló. Un tanto serio... determinante:
—Huelo... magia Corvún.—Él se tensó, sintiendo el frio... recorrer todas sus plumas—.
—Y es más de la que tú emites, cuervo.
Corvún, antes de responder, respiró profundamente, pensando:
¡Mis plumas ya se me erizaron hasta el cuello…!
Relájate… respira… contesta con la cabeza.
Entonces alzo el pico y respondió, con una compostura que no sentía del todo:
—Yo… emito una cantidad perfectamente aceptable de magia —dijo rápido—.
—Regulada.
—Controlada.
—Elegante, incluso.
El Regente dio un paso dentro de la cueva.
—No me refiero a la tuya... cuervo.
Detrás de la silla, debajo de un cuenco de calavera mal colocado, algo tembló.
Rallik.
Aplastada contra el suelo, con la cola rígida y las patas pegadas al pecho, respiraba a pequeños golpes desordenados.
—Ay, no, no, no…Que no me vea. Que no me vea, por favor.
Se llevó ambas patitas a las orejas, como si así pudiera desaparecer.
—Ay… que no me huela. Por favor, por favor… que no me huela.
Contuvo el aliento con tanta fuerza que le ardió el pecho. Su cola dio un espasmo traicionero y ella la aplastó contra el suelo con pánico.
—Yo no pedí venir así.
—Yo no pedí ser rata.
—Yo no pedí que oliera magia extra…
—Este reino es… muy sensible —dijo—. A veces el polvo… engaña.
El Regente inclinó apenas la cabeza.
—El polvo... no abre grietas.
—El polvo no deja rastros, luminosos.
—El polvo... no respira.
Ralik cerró los ojos con fuerza. Mientras, el Regente volvió a mirar a Corvún.
—Confío —dijo— en que no has traído a nadie más de tu reino.
Corvún sostuvo la mirada. Un segundo. Dos.
—Respeto las reglas —respondió—. Siempre lo he hecho.
El Regente dio media vuelta.
—Eso espero.
Se detuvo en la entrada.
—Porque las anomalías no se toleran.
—Se observan… hasta que dejan de serlo.
La presencia del Regente comenzó a retirarse, como si el espacio mismo lo soltara.
Antes de desaparecer, añadió:
—Mantén tu magia contenida, Corvún.
Y se fue. El silencio volvió a asentarse.
Ralik salió lentamente de su escondite, temblando.
—…Creo que me olió —susurró.
Corvún se dejó caer en la silla.
—Nos olió —corrigió—. Y eso nunca es buena señal.
En algún lugar del Reino del Silencio, una chispa seguía ardiendo.
Y el Regente ya estaba observando.
El silencio se asentó de nuevo en la cueva.
No fue un silencio cómodo.
Corvún permaneció inmóvil unos segundos más, como si el peso de la presencia del Regente aún flotara en el aire. Luego, muy despacio, exhaló.
—Bueno… —murmuró—. Eso fue… desagradablemente puntual.
Rallik salió por completo de su escondite, todavía temblando. Sus patas se movían rápido, nerviosas, y su cola no dejaba de sacudirse.
—¡Nos olió! —susurró—. ¡Te juro que nos olió! Yo sentí cómo me recorrió el lomo… como si me hubiera contado los latidos.
Corvún no respondió de inmediato.
Se levantó de la silla y caminó hasta uno de los fragmentos de espejo más grandes. Observó su reflejo distorsionado, pensativo.