El Reino en la Torre

1. El chico de la rosa

La tarde en que se anunció el compromiso, mamá entró a mi habitación, en lo alto de una torre, y supervisó a las tres doncellas que me arrastraron fuera de la cama. Me obligaron a enhebrar el cuerpo en un vestido, de esos tan largos que no puedes dar un paso sin miedo a trastabillar, y me sentaron frente al espejo para aplicarme una grosera capa de maquillaje. Cuando se apartaron y me vi, tenía el pelo recogido y ceñido por la tiara, dejándome el delgado cuello y los hombros al descubierto.

—Parezco una jirafa —me quejé.

—No digas tonterías, Madeleine, estás preciosa —dijo mamá, cuyo rostro vi reflejado encima del mío—. Solo continúas molesta porque tu padre y yo te prohibimos participar del torneo de esgrima; pero no era apropiado que mostraras hoy tu habilidad con la espada, y menos en un entremés para distraer a la plebe. Como princesa de Dermorn, te sentarás en el estrado durante el evento principal, igual que las otras damas.

—¡Pero jamás parece el momento adecuado para que sea yo misma! Si estuviéramos en el mundo exterior…

—En el mundo exterior hay gente que muere de hambre, reina el crimen y la guerra. En cambio, este país lleva tres siglos siendo un santuario.

—No para mí —insistí.

Abandonamos el castillo escoltadas por unos soldados y caminamos colina abajo a través de una colorida ciudad de carpas. Todavía llegaba gente por el camino real, y los gritos alborotados de los niños que correteaban por doquier, así como los suspiros que los bardos le robaban a las muchachas, nos acompañaron hasta las gradas que rodeaban el campo de justas, donde quedaron amortiguados por el golpeteo de los martillos en la forja y el relincho de los caballos que eran preparados para el combate. En el estrado levantado para la nobleza, mi prima Ámbarin cuchicheaba con una de sus damas de compañía, riéndose de alguna de sus bromas secretas. Era hija de un primo humilde de papá que falleció de forma heroica en la guerra, y eso la hizo ganar mucha simpatía en la corte, más de la normal para su alcurnia. Desde entonces se había vuelto la mayor coqueta de todo el reino, con una sonrisa tan perfecta que parecía falsa y una estudiada mirada picarona.

—Hola, primita —saludó cuando me senté junto a ella—. Por la cara de la tía Stella me figuro que seguiste con el berrinche hasta último momento.

—Y tú parece que acabas de correr una maratón —le dije: tenía la frente perlada de sudor. Sacó un abanico y empezó a agitarlo.

—Me colé entre las carpas y tuve que ser rápida para evitar a nuestra malvada institutriz —explicó—. Quería ver a mi amor y darle el pañuelo, aquel que bordé especialmente para que lo lleve en la lid.

—O sea que rompiste las reglas, otra vez. Y después dices que soy yo la mala influencia…

Pero antes de que Ámbarin me respondiera, mi padre se irguió en el estrado y extendió los brazos pidiendo silencio, lo que atrajo la atención de cada espectador que ocupaba las gradas excedidas en capacidad. Con la voz atronadora y el tono grandilocuente esperado en el rey de Dermorn, agradeció a la concurrencia por estar ante los muros blancos del castillo Camin Balduin, y pidió un aplauso especial para el rey Darbious Brendam, quien había llegado con todo su séquito desde el lejano país de Welindalia. La reunión entre ambos era un hito importante: la primera vez en tres siglos que un rey Brendam traspasaba nuestras fronteras, marcando el fin de su guerra contra los Deveraux.

—Aunque la sangre de nuestras familias ha corrido sin pausa por disputas que ya casi nadie recuerda, ahora somos amigos e incluso más que eso a través de mi querida sobrina Ámbarin —anunció papá, y mi prima se paró a saludar: el vestido violeta resaltó el rubor en sus mejillas—. Y es que esta ansiada paz sería imposible sin ella y su amor por el príncipe Andretious, heredero al trono de Welindalia. Por eso, en homenaje a su futuro matrimonio, proclamo: ¡Que empiece el torneo!

Ámbarin siguió lanzando besos a la gente que la vitoreaba, y yo permanecí de brazos cruzados. ¿Cómo se atrevía mi padre a hablar de amor? ¡La boda había sido un pacto entre el rey Darbious y él, a puerta cerrada! ¡No tenía ningún derecho de ocultarle la verdad al pueblo y acrecentar el mito de la hermosa Ámbarin! Me pareció más de lo que ella o cualquier dama merecía, y esa sensación se hizo mayor al ver a su prometido en el campo de justas: era alto y orgulloso, con el cabello color cuervo alborotado al viento, y llegó con una armadura tan lustrosa que parecía hecha de espejos, sosteniendo un escudo negro con el dragón dorado de los Brendam estampado en el centro. Le dedicó una leve inclinación de cabeza a Ámbarin, y ella pareció casi humilde cuando se la devolvió. Sin embargo, pronto me distrajo su contrincante. Era más joven que Andretious, y llevaba como emblema un grifo plateado sobre campo púrpura. Trotó a caballo hasta las gradas y se detuvo ante mí alzando una rosa que apretaba entre los dedos.

—Esta flor no se compara con la belleza en tus ojos de esmeralda —dijo, mirándome con sus azuladas pupilas opalescentes—. No obstante, te la entrego implorando una sonrisa que sea mi bandera en la batalla.

Eran palabras empalagosas, así que me sonrojé.

—Gracias —acepté, sonriendo torpemente, y contemplé la rosa con el corazón acelerado. Al levantar la vista, vi al joven colocarse el yelmo en su extremo del campo de combate, donde un paje le entregó la lanza. Solo que ya no me miraba: tenía los ojos clavados en su oponente, e inició la carga con tanta furia que el suelo tembló bajo los cascos de su corcel. Los guerreros galoparon uno hacia el otro, paralelo a la barda, y se embistieron a mitad de camino. El desconocido movió la cabeza a un lado para evitar el lanzazo de Andretious, y acertó el suyo directo en el dragón dorado del escudo.




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