El Reino en la Torre

2. La Torre Aura

En cuanto la doncella se aburrió de llamar a la puerta, até un extremo de la soga al respaldo de la pesada cama de roble y lancé el resto por la ventana, hacia la noche que se alojaba con rapidez en los rincones del castillo. No tenía otra opción: la escalera estaba custodiada por los guardias de mi padre, y era cuestión de minutos para que la doncella regresara junto mamá para derribar mi barricada, como había hecho la tarde anterior. Por eso, con la espada colgando del cinto como único equipaje, trepé al alfeizar y los retazos de seda crujieron cuando les confié mi peso en el muro exterior de la torre. Detrás de mí, había un vacío de oscuridad solo roto por el destello de las hogueras en el campamento de la colina, al otro lado de la muralla.

Sin embargo, yo era flaca y liviana, con brazos fuertes, y la piedra tenía varias grietas donde apoyar los pies, así que la bajada resultó sencilla. Una vez en el solitario patio de armas, destapé la coladera más cercana y bajé los peldaños de una escalera de metal, sosteniendo en alto una antorcha que tomé de la pared. El túnel del desagüe era amplio, lo suficiente para caminar un poco inclinada si no te importaba chapotear en veinte centímetros de agua pútrida, e ignoré el peso del vestido mojado hasta que di con una salida cubierta por una oxidada reja protectora, la cual crucé ladeando el cuerpo entre dos barrotes flojos. Al otro lado, me encontré bajo el espeso ramaje del Bosque Misterioso, con las hogueras del campamento como destellos lejanos, y solté un suspiro de alivio.

Seguí el riachuelo otro tanto, internándome más en la espesura, y me desvié ascendiendo por el terreno hasta que di con las ruinas: un laberinto de torres derrumbadas entre los árboles, columnas cubiertas de enredadera y desgastadas estatuas semienterradas brillando como apariciones de ultratumba a la azulada luz de la luna. Caminé entre ellas, dejando atrás la antorcha para ver mejor mientras me preguntaba de donde podrían haber salido. Ni mis padres ni mi institutriz me lo contaron jamás, y nunca me animé a preguntarles porque habría tenido que admitir que estuve ahí en alguno de mis escapes de incógnito anteriores.

De repente, una estatua se movió y supe que era el guía contratado por mis primas. Me daba la espalda en mitad de lo que en otro tiempo fue un patio de armas, apretando las hebillas de la silla de montar al lomo de un fabuloso grifo plateado. Esto me tomó desprevenida —esperaba encontrar a un paje con un par de caballos—, pero quedé cautivada por la extraña mezcla de rasgos que formaban al animal: la cabeza y las alas de un águila, pegadas al poderoso cuerpo de un león. Tanta fue mi fascinación, que no vi la piedra que me enganchó el pie y caí de bruces al piso.

—¿Estás bien? —preguntó el joven, estirando la mano para ayudarme, y yo la aferré. Cuando quedamos cara a cara, me llevé una sorpresa tan grande que casi volví a caer.

—Esto tiene que ser una broma —dije, dando un paso atrás—. ¿Tú eres… James?

—James Grisham, a tu servicio —confirmó él. Intentó tomarme de nuevo la mano para besarla y se la quité del tirón—. ¿Qué te sucede?

—¿Y todavía lo preguntas?

La luz de la luna delató el rubor en sus mejillas. James se dio la vuelta y caminó hacia el grifo.

—El pasado no se puede modificar —dijo, dándome la espalda—. Además, tampoco era mi intención avergonzarte.

—Entonces, ¿para qué me regalaste la rosa?

—Eso hacen los caballeros, ¿no? Ven a una princesa y le suplican por una sonrisa. Tú deberías entenderlo.

—¡Yo no tengo que…!

—¡Hey! ¿Vas a salirme con este berrinche ahora? —me cortó James, volviendo a mirarme—. Tus primas me pagaron para llevarte fuera del reino y lo pienso hacer, así que apúrate. Ven y te ayudo a montar.

—A mí no me das órdenes. ¿No sabes quién soy?

—Eres Madeleine Deveraux, la hija del rey de Dermorn —dijo James, dando unos pasos hacia mí—. Estoy arriesgando más que mi propio pellejo haciéndote este favor y tú lo estás complicando más de la cuenta. ¿Por qué no dejas de comportarte como una niña y…?

Desenvainé la espada.

—No te acerques más —dije. Era cuestión de un parpadeo para que el tiempo se me terminara, si es que ya no se había terminado y mamá había puesto a todo Camin Balduin alerta por mi escape. Si era así, literalmente cada segundo contaba y tenía que seguir a ese chico sin dudar. Pero no podía confiar en él, no quería hacerlo. ¿Por qué de todos los sin vergüenzas en el reino dispuestos a vender su honor por un poco de dinero, Catherine y Danielle tenían que contratarlo a él? Era la última vez que confiaba en ellas.

—¿Pensabas matar a mucha gente allá afuera? —se burló James, con una sonrisa torcida—. ¿Para qué llevas esa arma?

—Para defenderme de bribones como tú.

—¿En serio? —James desenvainó la espada e intentó apartar la mía del camino; y a su movimiento lento y gentil, que no pretendía ser nada más que otro de sus intentos para hacerme entrar en razón, le respondió un golpe tan fuerte que casi lo derribó. Pero logró mantenerse en pie y, mientras los aceros vibraban por el primer embate, volvió a la carga con mayor furia. Me lanzó estocadas a diestra y siniestra, y yo se las paré todas, porque siempre fui muy rápida. De hecho, por cada golpe que le paré, él tuvo que parar dos, y en menos de un parpadeo el duelo se inclinó a mi favor.




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