Al salir del pasillo vi a una mujer de vaquero y camisa, con el largo pelo castaño recogido en una coleta. Al golpe de vista, estaba claro que sobrepasaba los treinta años, aunque no por mucho. Sostenía un cartel con mi nuevo nombre escrito y esbozaba una sonrisa dulce. Me acerqué a ella.
—¿Tía Lorena? —pregunté.
—La misma —respondió. Me tomó del hombro y me dio un beso en cada mejilla—. Estás enorme, ¿te lo han dicho?
—¿Tú me conocías? —me sorprendí.
—Claro, viví muchos años en el castillo. ¿No lo recuerdas? Jugaba contigo a las escondidas y te ayudaba con algunas de tus travesuras… Pero eras demasiado pequeña, es lógico que lo olvidaras.
No supe qué decir. Lorena me tomó de la muñeca.
—No importa —dijo—. Acompáñame.
Cruzamos el gran hall del aeropuerto y salimos al sol de la tarde. Lorena me guio hasta un destartalado automóvil negro que tenía la apariencia de un taxi jubilado, y me abrió la puerta del acompañante.
—Más máquinas… —suspiré.
Lorena condujo el vehículo a través de la ciudad. En Francia, quedé tan aturdida por el ruido de esa ciudad donde tomé el avión, que no pude apreciar cuán majestuosa era. En ese momento, en cambio, como todavía estaba dopada por el calmante que me dio la azafata, pegué la cara a la ventanilla y me dejé mecer por la marea de automóviles que rugía por doquier, moviéndose con tanta fluidez que me sorprendió que la gente cruzara las calles sin morir aplastada. Gente que vestía de forma extraña: al principio, me costó diferenciar la vestimenta de los hombres y las mujeres, ya que ellas raramente usaban vestido (y cuando lo hacían, llevaban faldas tan cortas como jamás imaginé). En cuanto a los edificios, vi algunas de las torres de cristal que mencionó Catherine, pero también muchísimos edificios grises y desgastados que parecían tan viejos como Camin Balduin, aunque sin ese toque romántico que tienen los verdaderos castillos. Y bajo ese cielo pálido por la bruma de los escapes, de inmediato supe que en Londres extrañaría las nubes esponjosas y las colinas tapadas de verdes pastos que veía siempre desde la ventana de mi torre.
—¿De dónde sale esa música tan bonita? —pregunté, mirando a todas partes en busca de la orquesta. Nunca había escuchado una canción así.
—Es la radio. Capta una señal invisible que viaja por el aire desde varios kilómetros —explicó Lorena, y sonrió—. Tú y yo nos vamos a llevar muy bien. Me fascinan el pop y el rock de Inglaterra.
Le devolví la sonrisa y asentí, como si acaso hubiera entendido una palabra de lo que dijo. No hablé durante el resto del viaje, despidiéndome en silencio de Dermorn y mi vida como princesa. Ahora era Madeleine Brown, una chica de Glasgow.
—¿Vives en una librería? —pregunté, mirando la vidriera repleta de libros frente a la que acabábamos de detenernos. Sobre ella, un cartel rezaba: El Castillo de Lorena, Librería.
—A decir verdad, vivo en el apartamento que está encima; pero sí, la tienda es mía —dijo Lorena. Sonó una campanilla cuando abrió la puerta y me invitó a pasar—. Aunque el mundo exterior a Dermorn es fascinante, la gente lee poco. Yo intento cambiar eso.
—Genial.
En principio, la única diferencia entre el apartamento y la librería era que había sillas donde sentarse: en la sala, los libros se apilaban en precarias torres que no respondían a la lógica básica de la arquitectura. Sin embargo, el olor a papel y tinta estaba en un segundo lugar, como un aroma más en ese aire viciado donde todos los aromas del mundo tenían una sutil pincelada, como en una perfumería. Sobre una mesa vi una bola de cristal y una docena de pequeños huesos con runas, y en una esquina había un armario repleto de botellitas con líquidos de colores. El olor provenía de ahí.
—Este es tu dormitorio —dijo Lorena, cuando entramos a una habitación con una cama y un par de armarios. Me acerqué a la ventana y vi a las personas que caminaban por la acera. El sol brillaba cerca de los edificios, enrojeciendo el cielo y las nubes.
—Tiene linda vista —dije.
—Acomódate a tu gusto. Si quieres darte una ducha y cambiarte, puedes hacerlo: me tomé la libertad de llenar el armario con más ropa para ti, además de la que ya te dio Evangeline. Te espero para cenar en un par de horas, así que aprovecha a descansar. Luego hablamos, ¿te parece?
...
La cocina estaba tan repleta de libros como el resto de la casa, pero Lorena tuvo la previsión de correr las precarias torres a un lado, dejando espacio para cenar juntas. En mi plato, encontré un par de fetas de pescado rebozado en harina y huevo, acompañadas con patatas fritas. Probé una y el sabor del vinagre y la sal me inundó la boca. Mientras tanto, Lorena colocó un círculo negro sobre un aparato que coronaba las pilas de libros, y una música igual a la de más temprano llenó cada resquicio de la habitación. Meneando la cabeza al ritmo, dijo que era su banda favorita y que tenía todos sus discos, lo que provocó que volviera a sentirme como una extraterrestre. Eso, sumado a que no conocía a mi tía para nada, me mantuvo más callada de lo que exigía mi curiosidad. Pero fui ganando confianza y al poco rato estaba respondiendo a sus preguntas sobre el viaje desde Dermorn.
—A mí también me asustó el vuelo en avión la primera vez —dijo—, pero después de instalada en la ciudad y de vivir rodeada de vehículos y aparatos eléctricos, me acostumbré a ellos. También me incomodaba usar vaqueros, habituada desde pequeña a lucir vestidos largos hasta el suelo, y me adapté. De hecho, no podría vivir sin ellos.
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Editado: 30.05.2026