—No tenemos oportunidad —dijo Alison—. El año pasado hubo un campeonato entre colegios y ellas salieron campeonas.
—Brittany no me asusta —dije. Vi que armó una ronda con su equipo en la otra punta de la cancha y llamé a mis compañeras a hacer lo mismo.
La profesora de gimnasia llevaba dos semanas enseñándonos a jugar al voleibol: las reglas, los saques y la forma de golpear la pelota; y aquel día se le ocurrió organizar un partido entre mi grado y el último. De los que jugaban mejor de cada grado, armó dos equipos: uno de chicos y otro de chicas, quienes jugaríamos primero. Alison y yo estábamos entre las mejores de nuestra clase, mientras que Brittany y sus amigas eran las mejores del último grado. Toda su clase las aclamó cuando desarmaron la ronda y, a pesar de las advertencias de la profesora, el novio de Brittany bajó un momento de las gradas dispuestas a los lados del gimnasio y le plantó un beso en los labios a su chica.
—No sé lo que piensen ustedes —dijo una de mis compañeras de equipo—, pero sería fantástico borrarle la sonrisa a esa bruja.
—Hay que hacerlo —dije, decidida—. Déjenme sacar primero.
—De acuerdo —dijo Alison. Las cinco unimos las manos en el centro de la ronda y gritamos al unísono:
—¡A ganar!
Corrí a mi puesto y saqué. Al equipo de Brittany no le costó devolver la pelota a nuestro campo, pero no estábamos desconcertadas y la lucha continuó hasta que robamos el primer punto. Brittany me miró directo a los ojos y yo le eché la lengua. Descubrí que, aparte de ser divertido, el voleibol no me costaba. Dependía de agilidad y buenos reflejos, todo lo cual obtuve gracias a la práctica con la espada; y aproveché ese talento para compensar las carencias de mis compañeras: sobre todo de Alison, quien me agradeció que le quitara de encima las pelotas difíciles. Así, al primer punto le siguió un segundo, y continuamos aplastando al grupo de Brittany hasta ganar el primer set.
Pero la alegría no duró mucho, porque ella azuzó a sus chicas y nos quitaron el segundo.
—Están locas si piensan que ganarán —nos dijo—. Jamás perdí en este juego y no empezaré frente a unas muertas de hambre.
—¿A quién llamas muerta de hambre? —preguntó Alison, cruzando al lado opuesto de la red con los puños armados.
—¿Te sientes identificada? —se burló Brittany. Las otras chicas y yo alcanzamos a Alison y tiramos de su musculosa para detenerla.
—El juego no terminó —respondí a Brittany—. ¿Por qué no te guardas los adjetivos para después?
—¡Vuelvan a su parte! —nos gritó la profesora—. A la menor pelea, las echo a todas en detención.
Las chicas y yo acarreamos a Alison de nuevo a nuestros puestos: era increíble lo mucho que la cambiaba el campo de juego. Si alguien tan tierna a la par que tímida podía saltar como una leona, ¿hasta dónde nos llevaría a las demás? Comenzamos el último set ganando, pero la tensión no decayó. Al final, los dos equipos quedamos empatados, con un punto por disputarse, y les tocaba sacar a las chicas de Brittany.
—Bueno, se hizo lo que se pudo —dijo una compañera de mi equipo—. Si perdemos ahora, al menos será con dignidad.
—No existe dignidad si se pierde frente a Brittany —dijo Alison.
—¡Ánimo, chicas! —gritó James Grisham.
Había olvidado que estaba ahí (tal vez porque me desconcentraba imaginar cuán bien lo estaba pasando admirando ese espectáculo de chicas sudorosas corriendo con ajustados pantalones cortos), y me volví a mirarlo. Estaba de pie en las gradas, animando al resto de la clase, y, de un segundo a otro, todos nuestros compañeros nos aclamaban a voces, sin que la profesora pudiera hacer nada para cerrarles la boca.
—Terminemos con esta tontería —dijo Brittany, furiosa. Cerró el puño y golpeó la pelota con tanta fuerza que casi tocó el techo del gimnasio.
El partido se transformó en una cerrada batalla de manotazos. La pelota osciló de un campo a otro, peligrosamente cerca de la red, hasta que un golpe la mandó hacia arriba, sin quedar claro a quien le correspondía el turno. Brittany saltó para alcanzarla a la vez que yo, pero le gané la brazada. La pelota se estrelló contra su cara y rebotó contra la red. La chica cayó al suelo aferrándose la nariz.
—¡Lo hicimos! —exclamó Alison, lanzándose encima mío. La clase nos aplaudió.
—¡Tramposas! —gritó Brittany, otra vez de pie: tenía la nariz colorada—. ¡No vale lastimar a los del equipo contrario!
—Solo golpeé la pelota —dije—. No sabía que tu cara se cruzaría en el medio. El problema es que no sabes perder.
—No soy una perdedora —insistió Brittany, acercándose con los puños apretados. James apareció en la cancha y se le cruzó.
—Tranquilas, chicas. No hay por qué empezar una pelea —dijo, tomando a Brittany por las muñecas cuando ella quiso apartarlo de un empujón. De repente, un chico llegó corriendo y lo derribó de un puñetazo.
—No te metas con mi novia —dijo.
James se levantó de un salto, listo para el contraataque, y yo me interpuse. Apoyé una mano en su pecho y lo empujé hacia atrás, pero antes de que le dijera que no valía la pena o que lo insultara por meterse en mis asuntos, la profesora tocó el silbato.
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Editado: 30.05.2026