El Reino en la Torre

5. La fotografía

—Esta semana es la boda de Ámbarin —comentó Lorena.

—¿En serio? ¡Qué rápido pasa el tiempo! —exclamé. Esperaba la llegada de James, sentada sobre el mostrador de la librería: llevaba una falda acampanada que me llegaba hasta las rodillas y una blusa sin mangas que me había regalado Evangeline; mis pies, enfundados en sandalias, oscilaban de un lado a otro al extremo de mis piernas desnudas, delatando mis nervios—. ¿Crees que sea sensato enviarle mis felicitaciones?

—Si envías un mensaje a Camin Balduin, tu padre lo rastreará hasta aquí. Entonces no quisiera estar en tus zapatos: según mis contactos, él piensa que continúas escondida en alguna parte de Dermorn.

—Lo sé. —Las bodas me aburrían, pero me producía un raro vacío perderme la de Ámbarin. La imaginé vestida de blanco al atardecer, parada ante Andretious en un altar improvisado al borde del Bosque Misterioso. Ahora que era otoño, debía ofrecer un espectáculo glorioso con un dosel de hojas pintadas de amarillo y rojo, y una alfombra crujiente de color cobre—. ¿Estás invitada?

—No soy bienvenida en Dermorn, ¿recuerdas? —dijo Lorena—. De todas formas, Catherine prometió contarme todos los detalles la próxima vez que venga con su prima a Londres.

Escuché el ruido de un motor y James me saludó desde la acera: lo vi a través de la vitrina.

—Es él —dije. Lorena me despidió con un beso.

—Cuídate.

Se lo tomaba todo muy bien para no saber nada del plan de Catherine y Danielle, como me dijo en cada ocasión que se lo pregunté en el último mes. Durante toda la tarde, intenté sacarle algo de información sobre James, y Lorena dijo no conocerlo. No le creí una sola palabra, por supuesto: ya no podía confiar en nadie; ni siquiera en mí misma, como se demostró unas horas antes. Pero ya estaba en la guerra y lo mejor era prepararme para la siguiente batalla.

—Devuélveme la ropa —dije, después de saludar a James y subirme tras él en la motocicleta—. Y no me digas que no sabes de lo que hablo: sé perfectamente que fuiste tú.

—Claro que fui yo —dijo él, volviéndose lo suficiente para permitirme ver que sonreía—. De lo contrario, no habrías aceptado acompañarme. Pero tendrás que esperar a mañana, porque no la tengo ni aquí ni en casa. No iba a entrar yo mismo en el vestuario de las chicas.

—¿Y quién la tiene, si se puede saber?

—Una competidora tuya, claro. ¿O te crees la única a quien le gusto?

Y antes de que pudiera contestarle, volvió a acelerar la moto de un saque, y tuve que aferrarme a él para no salir volando.

Quería matarlo ahí mismo, y, por segunda vez en el día, deseé tener mi espada a mano. Pero logré contenerme y decidí mostrarme sumisa, al menos de momento. Ya tendría tiempo para vengarme durante la cena.

Recorrimos la ciudad bajo la luz del crepúsculo, que aun teñía el cielo de azul y resaltaba el contorno de los edificios viejos y descorchados, dando a todo un aspecto de irrealidad mientras el día se desvanecía y se encendían los focos del alumbrado público. Era como si todo el mundo fuera una caja de juguetes desparramados y nosotros unos ratones que se asomaban a curiosear antes de que alguien llegara a ordenarlos. Y esa curiosidad, sumada a una inexplicable sensación de riesgo, me emocionó más de lo que soy capaz de describir. Una electricidad me embargaba entera cuando entramos a aquel barrio de casas adosadas y una angelical niña de azul salió a la puerta a recibirnos.

Era Marian.

—¡Qué preciosa estás! —la saludé. Sonrojada, tomó un lado de su vestido y dio una vuelta entera.

—¿Te gusta? —quiso saber.

—Me encanta. Tienes buen gusto.

—Siempre fue coqueta —dijo una mujer, asomándose desde el vestíbulo mientras se secaba las manos con un repasador—. Me llamo Lily. Soy su mamá.

—Es un placer —dije. Intercambiamos un beso en la mejilla—. Yo soy…

—Marian me habló de ti: eres Madeleine.

James se asomó a la puerta.

—¡Qué olor tan rico, mamá! —exclamó—. ¿La cena está lista?

—Por supuesto —dijo Lily. Su rostro tenía forma de corazón, de manera que era bonito cuando sonreía—. Marian y yo pusimos la mesa mientras traías a la invitada.

En el comedor, el olor del cordero me derritió la boca. Estaba picado y frito con cebollas, zanahorias y otras verduras, y cubierto por una capa de puré de papas que crujió cuando le clavé el tenedor. Luego de recibir mis alabanzas por la comida, Lily me contó que era chef en un restaurante del distrito de Soho, cerca de Oxford Street.

—Pero ustedes no son de aquí, ¿verdad?

Lily miró a James, indecisa.

—Madeleine sabe que soy un caballero —dijo él, y su madre se sorprendió.

—Soy de Dermorn —dije—, y presencié el torneo que se organizó ante los muros de Camin Balduin el último verano.

—¡Sabía que eras como nosotros! —exclamó Marian—. Tu acento es raro para ser de Inglaterra.

El rostro de Lily había palidecido. Por primera vez desde que lo vi, no mostraba una sonrisa.

—Tienes razón —dijo, apoyando ambas manos sobre la mesa. A diferencia de su inquieta hija, sus movimientos eran lentos y calculados: signo inequívoco de que, detrás de ese corte de cabello sencillo y del remendado delantal que todavía llevaba puesto, había una dama ilustre—. Yo soy de aquí, pero mis hijos, no. Tampoco lo era su padre.




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