Las noticias se divulgaban rápido en el colegio. Cuando llegué al día siguiente, varios estudiantes de diferentes grados me pararon por los pasillos para felicitarme por haber derrotado a Brittany en el voleibol; y, en menos de una semana, el grupo que conformaba con Alison y sus amigas frikis de la literatura ganó en popularidad: empezaron a juntarse a nosotras chicas que querían el fin del reinado de las huecas, como llamaban al grupito de Brittany. No lo noté hasta que James me lo dijo, pero Alison y sus amigas habían ganado en sofisticación gracias a mis consejos de belleza y actitud, que repartía entre otros miles de comentarios con tanta naturalidad como respiraba, fruto de años discutiendo con mis doncellas y con mamá, y solo entonces me di cuenta de cuánto formaban parte de mi personalidad. Y lo confieso: jamás me sentí más cómoda entre chicas. Por eso y por sus comentarios al mostrarme más amistosa con James, por quien todas suspiraban en secreto al considerarlo un rebelde sin causa.
Sin embargo, no todo era perfecto. Brittany era muy popular también entre los profesores, y el hecho de que aparentemente quisiera tomar su lugar me los puso a todos en contra. Esa noche de viernes estaba en mi habitación escribiendo un ensayo especial sobre la ley de conservación de la energía para el profesor de física, mi principal archienemigo, cuando un golpe en la ventana me sobresaltó.
—¿James? —pregunté. Corrí la cortina y lo vi, agarrado del marco—. ¿Qué haces ahí?
—Déjame pasar y te digo —pidió—. Rápido, porque aquí está algo resbaloso.
Di un suspiro. Abrí la ventana de par en par y tiré de su brazo para ayudarlo a subir. Cayó en mi alfombra, entre la cama y el escritorio, derribando la silla donde me hallaba sentada. Luego se paró, quitándose el polvo de encima. Llevaba la campera de cuero y unas botas con cordones que quedaban debajo de las perneras de los jeans. Sacudí la cabeza para aclarar mis pensamientos.
—Más vale que tengas una buena explicación —dije.
—Cuando vivías en Dermorn, ¿nunca vino un enamorado a dedicarte una serenata a la ventana o trepó una enredadera para robarte un beso? Pensé que una princesa estaría habituada a situaciones así —dijo James, divertido, y al ver que sus palabras no me hacían gracia, agregó—: Quiero sacarte a bailar.
—No, claro que no —dije, y lo empujé hacia la ventana—. Lo que harás es irte por donde viniste, y en silencio. Si mi tía se entera de que tengo un chico en la habitación se va a enojar mucho. Y ella sabe hacer magia, ¿recuerdas? No quiero que te convierta en un sapo y tener que besarte para que recuperes la forma.
—Pensé que estabas cansada de seguir las reglas.
Me detuve. Miré a los ojos azules de James, que brillaban como dos esferas forjadas con retazos de cielo, y a la sonrisa franca que se le dibujaba en el rostro, teñido de anaranjado por el leve brillo del alumbrado público. Entonces fui consciente de mis manos apoyadas en su pecho y me sonrojé.
—Estás loco, ¿lo sabías? —dije. Me separé de él y caminé hacia el armario—. Nos vemos todos los días en el colegio. ¡Pudiste invitarme entonces!
—No habrías aceptado —dijo él. Saqué a la luz una percha de la que colgaba mi mejor vestido: era corte imperio, con tirantes, y bajaba suelto con el largo justo para cubrir mis rodillas, todo de color violeta.
—Date la vuelta —exigí—. No quiero que veas mientras me preparo.
—¿Eso significa que vendrás?
—No tengo otra opción. De otra forma, jamás te irás.
Como no quería ir al baño y arriesgarme a alertar a Lorena, me quité la ropa y enfundé el cuerpo en el vestido ahí mismo, siempre con la mirada fija en la nuca de James para asegurarme de que no trataba de espiar mis encantos. Se quedó junto a la ventana abierta, mirando a la calle, y cuando estuve lista (lo que ocurrió después de varios minutos retocándome el maquillaje y arreglándome el cabello) me paré a su lado y saqué medio cuerpo al exterior.
—¿Piensas salir por aquí? —me preguntó.
—Ya te lo dije: no quiero molestar a mi tía. Además, no tengo la llave de la tienda.
—¿Por qué lo complican todo las mujeres? —se quejó James. Enhebró una pierna a través de la ventana y, agarrándose al marco con ambas manos, me miró—. Bajo primero y luego te atrapo —comentó, y antes que protestara, se colgó del alfeizar y se dejó caer. Ahogué un grito cuando lo vi aterrizar con el trasero.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí —dijo, limpiándose la parte de atrás del vaquero—. Ahora te toca.
—¿Seguro que es buena idea?
—Confía en mí.
Me mordí el labio. Con los tacones en las manos, me paré en el alfeizar y salté como quien se tira a una piscina. Caí a los brazos de James, quien fue incapaz de mantener el equilibrio y acabó en el suelo, debajo de mí.
—Tienes rico perfume —dijo.
—Me alegro que te guste. Es el mismo que usa mi tía.
Nos levantamos, riéndonos para ocultar lo embarazoso de la situación, y nos subimos a la motocicleta. Más tarde, la dejamos en un estacionamiento y seguimos caminando. No supe en qué zona de Londres estábamos, pero las calles eran muy transitadas. Había varios restaurantes abiertos y las personas hacían fila ante las puertas de los clubes nocturnos. Cuando pudimos entrar a uno, la música electrónica me apuñaló los tímpanos. Y eso, sumado a la gente que empujaba por todas partes y a las luces de colores que prendían y apagaban intermitentemente, sin parar, contribuyó a marearme. Apreté la mano de James, que tironeaba ante mí escarbando en esa marea, y volvió sobre sus pasos para rodearme con un brazo. En medio de la pista, desvié la cara para mirarlo, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento… No sé dónde conseguí fuerza para apoyar la palma contra su pecho y crear una brecha entre ambos.
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Editado: 30.05.2026