El Reino en la Torre

7. La Torre del Abismo

—¿Qué fueron todas esas llamadas? —pregunté, quitando la vista de las montañas para mirar a James, quien conducía atento a la carretera.

—Mi gente vive aislada, así que mamá les obligó a instalar un teléfono que funciona con energía solar —dijo—. Aunque la mayoría del tiempo hay demasiada interferencia para hablar desde Inglaterra, es útil para avisar desde las cercanías cuando llegamos a visitar la torre.

Su voz sonó monótona mientras explicaba esto, y por enésima vez sentí que había algo extraño en él. Íbamos los tres en el auto de Evangeline, que todavía continuaba en el garaje a pesar de los destrozos. Lo condujimos rumbo a los Alpes alemanes, donde llevábamos buena parte del día dando vueltas por los pasos altos a través de la Selva Negra, en busca del punto de encuentro. James paró el vehículo al costado del camino, junto a un pequeño pastizal que se cortaba al borde de un bosque de pinos.

—Aquí es —dijo.

De inmediato, dos jinetes se materializaron entre los troncos y salieron a la luz del sol tirando de las riendas de tres caballos listos para montarse. Nos bajamos del auto y fuimos a su encuentro.

—Es un placer verlo de nuevo, señor —dijo uno de los jinetes. Era joven y atractivo, con el cabello largo hasta los hombros. El otro mantuvo silencio, con el rostro oculto bajo la capucha. James lo reconoció.

—¿Bianca? ¿Qué haces tan lejos de la torre? —preguntó—. Al tío no le gustará.

—Papá no tiene que enterarse si no se lo dices —dijo la chica, mostrando la cara. Tenía facciones de niña—. Solo vine a acompañar a Oliver.

—¿Pretendes que oculte la verdad, entonces?

—Mi señor —interrumpió Oliver—, debo señalarle que aún nos encontramos cerca de la carretera y corremos peligro de ser vistos. Sugiero que dejemos cualquier discusión para más tarde.

—Tienes razón —dijo James. Tomó las riendas de uno de los caballos, y Lorena y yo lo imitamos. Al cobijo de los pinos, Oliver nos guio por un sendero que iba montaña arriba, rumbo al este. Los párpados me pesaban debido a que apenas había pegado un ojo desde el ataque de la mantícora, y el cuerpo me dolía aún después del baile con James. Pero lo sobrellevé bien: los tumbos del animal me mantuvieron despierta, y era la primera vez que, animada por el ejemplo de Lorena (y por lucir jeans), montaba a caballo como una amazona. Lorena, por su parte, fue todo el camino escrutando su bola de cristal.

Una hora más tarde, el bosque se cortó a pocos pasos del abismo, y a partir de allí el camino torció hacia el norte, serpenteando al borde del precipicio hasta los pies de la fortaleza: una torre tan alta como un edificio de veinte pisos, con paredes lisas y pocas ventanas, que se erguía como un faro en la costa. También estaba al borde, protegida junto a otras edificaciones menores por una muralla que formaba un semicírculo alrededor. Desde la cima almenada, donde ondeaban banderas plateadas y púrpuras, un cuerno avisó nuestra llegada.

—Bienvenidas a mi hogar —dijo James, dirigiéndose a Lorena y a mí—. La llamamos, la Torre del Abismo.

Una vez se disiparon los ecos del cuerno, prevaleció un ruido parecido al de una estampida: subía desde las profundidades del abismo, cada vez más claro mientras acortábamos la distancia a la torre. Me asomé al borde del precipicio para descubrir su origen, y la mano de Bianca me tomó a tiempo del brazo para impedir que me fuera de pique.

—Tenga cuidado, señorita —dijo—. Si llegara a caer, moriría de hambre o de sed antes de tocar el fondo.

Le agradecí pensando que exageraba, pero satisfecha al notar el motivo del ruido. Emocionada, agité las riendas del caballo para alcanzar a James, al frente de la comitiva junto a Oliver. Ya cerca de la muralla, el bosque se retiró a nuestra izquierda, dejando a la vista vastos campos cultivados con árboles frutales: sobre todo cítricos, pero había algunos manzanos e incluso fresales. Pronto vi los botes que pescaban en la espejada superficie del río. Este bajaba desde uno de los lejanos picos coronados de nieve que se levantaban por todas partes haciéndole cosquillas a las nubes naranjas del atardecer, y cruzaba toda aquella planicie hasta volcarse al vacío en una ruidosa catarata. Un puente se levantaba justo encima, en el borde, con los pilares surgiendo de la espuma plateada, y daba directamente a la entrada de la fortaleza.

En la torre, el recibimiento fue más caloroso de cuanto me atreví a esperar, y me vi saludando a un sinfín de tíos, primos y parientes lejanos de James, que nos esperaban en el vestíbulo. La mayoría eran mujeres, y se notaba en lo cuidados que eran los interiores de la fortaleza, que contrastaban con la apariencia tosca y masculina del exterior. Una tía tan habladora como Marian me comentó que vivían más de diez familias en esa torre, y que todas tenían algún pariente en común con los Grisham. James se mostró muy incómodo en esa situación, porque muchas de ellas lo trataban de primito o de sobrinito, lo alababan por la que conjeturaban era su nueva novia (o sea, yo), y lo abrazaban y besaban reprochándolo por lo flaco que estaba, o porque hacía meses que no tenían noticias de él si su madre no les escribía. Por eso rechazó ofertas de cambiarse de ropa o de tomar un baño, a las que no me habría opuesto, e insistió en reunirnos cuanto antes con Clive Ardream, quien ya nos esperaba para cenar en el salón de la mesa redonda.

En presencia de Clive, el barullo femenino se vio notoriamente disminuido: era un hombre marcial, de modales rectos y la voz autoritaria del que está acostumbrado a mandar; corpulento como un vikingo y con una espesa barba gris. Me intimidó muchísimo a mí también, y me quedé disminuida en mi asiento, permitiendo que James y la despreocupada Lorena le comunicaran el motivo de nuestra visita, mientras yo miraba con disimulo al resto de las personas que cenaban con nosotros: sin duda, las cabezas de las familias de la torre con sus hijos e hijas, y varios de los caballeros defensores de la paz. Pero mi incomodidad fue disipándose al notar el respeto que Clive mostraba hacia James, a quien trataba como a un igual, y los comentarios amables que nos dirigió a Lorena y a mí, dejando clara su auténtica preocupación por nuestro bienestar. Por otro lado, James no le contó que fue él mismo quien me ayudó a escapar de Dermorn, quizás causando la ira de mi padre, y se me ocurrió que mantenerlo oculto y no decepcionar a Clive con la verdad había sido el principal motivo de su malestar durante todo el día.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.