El Reino en la Torre

8. Druimberslum

Al despertar, pensé que estaba otra vez en Camin Balduin. Aquella era mi cama, y los muebles que veía en medio del intenso resplandor eran los mismos que tenía en el dormitorio, en lo alto de la torre. Sin embargo, el aire olía a alcohol y menta, contrastando con la calidez del lecho, y al tocarme la cabeza noté que lucía una venda a modo de turbante. Abandoné las mantas y fui trastabillando hasta la ventana, ataviada solo con un camisón. Me encontré mirando una ciudad que bajaba cientos de metros en una desordenada escalera de techos de pizarra, y que se cortaba a los pies de una pared almenada. Al otro lado, arrullado por un coro de gaviotas, un tupido bosque de mástiles oscilaba sobre las aguas de un mar turquesa.

—Estamos en el castillo Castelbrick, a mitad del Mediterráneo, y lo que ves es el puerto de Castelburgo —explicó Lorena, y al girar sobre los talones la vi, sentada en un rincón del dormitorio. Se paró de la mecedora a tiempo para recibir mi abrazo.

—¡Pensé que morirías! —exclamé.

—No, pero casi. Un par de soldados de James no lo lograron, y tampoco uno de los grifos.

—¿Qué pasó con James?

—Tranquilízate, él está bien —dijo Lorena, separándose lo suficiente para verme a la cara—. Lo hirieron, pero nada grave. El capitán Jaques, del navío La Hermosa Stella, apareció a tiempo con sus tropas y nos salvó de los carroñeros. Llegó remontando por un río transversal a Dermorn, y estaba tras el rastro de Bridius, cuyo paradero averiguó por un prisionero Brendam. Si no hubieras estado al borde de la muerte, el capitán lo habría perseguido hasta el último aliento; pero desgraciadamente escapó. Han pasado cuatro días desde entonces.

—Oh, vaya…

Se me revolvieron las tripas. No por saber que estuve a punto de morir, ni por el escape de Bridius. Me impactó el nombre de La Hermosa Stella: se llamaba así por mi madre, y me sentí culpable al descubrir cuánto la había envilecido en mis pensamientos. ¿De verdad se me ocurrió que ella permanecería de brazos cruzados si mi padre hubiera pedido mi muerte?

—Sé lo que te preocupa —dijo Lorena—, pero antes de que lo preguntes, todavía no lo sé: apenas arribamos anoche y estuve demasiado ocupada cuidándote para averiguar más, aunque ya he hecho varias conjeturas. Te recomiendo que guardes tus dudas para cuando almorcemos en el salón del trono. Seguro ahí recibiremos una puesta a punto.

La perspectiva de hablar con mi abuelo, el rey de Castelburgo, me animó lo suficiente para mantener a raya el miedo durante las horas que nos separaban del mediodía. Ese tiempo, Lorena lo usó para revisar mi herida bajo el vendaje, el cual juzgó que ya no necesitaba, y me ayudó a desenredar mi pelo luego del baño que me prepararon unas doncellas. Por supuesto, yo estaba hecha un asco: no solo por la suciedad y el sudor acumulado de cuatro días, sino porque tenía los antebrazos llenos de pequeñas heridas por el forcejeo con la red. Aun así, cuando bajamos de la torre para ir a almorzar me sentía como nueva. Estaba un poco cansada, eso sí, y me sostuve a Lorena todo el trayecto. Solo entonces me di cuenta: era la primera vez que veía a mi tía luciendo un vestido (uno básico, casi una toga) y me miró con cara de pocos amigos cuando se lo mencioné.

—En realidad, llevaba un vestido al partir de la Torre del Abismo: no lo notaste porque estabas preocupada con asuntos más importantes —explicó—. Además, lucir femenina tiene sus ventajas si la situación lo amerita. De lo contrario, ¿por qué tantas mujeres perderían el tiempo arreglándose?

—A mamá se le pondrían los pelos de punta si te escuchara decir “perder el tiempo” y “arreglarse” en la misma oración.

Castelbrick era un castillo muy bonito, con una arquitectura más intrincada que Camin Balduin. Sus muros estaban recargados de adornos y florituras, como en una catedral gótica, pero estos simulaban los contornos de las caracolas; y con eso, sumado a las cristaleras de colores que filtraban la luz de las ventanas, una tenía la sensación de caminar en el fondo de un mar de coral. Por su parte, el salón del trono parecía el escenario de un naufragio magnífico, con estatuas, mesas tapadas de reliquias, cofres rebosantes de oro y objetos astronómicos y científicos de uso indeterminado, que estaban dispuestos sin orden aparente: el botín de los incontables viajes por altamar de La Furia de Plata, barco insignia de la flota de Castelburgo. Solo el omnipresente estandarte del unicornio encabritado, plata sobre campo sinople, daba a la sala un aspecto oficial.

Un grupo de hombres y mujeres que charlaba entre susurros, de pie en medio del ajedrezado suelo del salón, volvió la cara hacia nosotras cuando un soldado anunció nuestra entrada.

—¡Tío Philip! —exclamé, aterrizando entre sus brazos, que me contuvieron con fuerza. Tenía un rostro parecido al de mi hermano Galadrius, pero enmarcado en el pelo rubio de Stella.

—¡Me alegra tanto verte! Tu tía Lorena en verdad aventaja a mis mejores médicos. Me asombró mucho cuando una de las doncellas adelantó tu presencia en este almuerzo —dijo él. Su sonrisa era radiante, pero se desdibujó al ver que me fijaba en la corona que llevaba sobre la frente—. Ven con todos a la mesa y hablemos tranquilos. Hay mucho que debemos contarnos.

Asentí, con los labios temblando por la amenaza del llanto, y ocupé la mesa a la diestra del flamante rey de Castelburgo, donde nos acompañó el capitán Jaques y toda la compañía de la Torre del Abismo. Ante mí, un ojeroso James inclinó la cabeza a modo de saludo, y Bianca me palmeó la espalda para consolarme hasta que una criada me entregó una taza de té. Entonces, Philip le agradeció a Lorena por cuidarme y mencionó que la recordaba de cuando vivió en Camin Balduin con su madrastra.




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