El Reino en la Torre

9. La prometida

Bajamos del taxi ante un edificio de apartamentos, no lejos del centro. El sol acababa de esconderse y una niebla se había levantado desde el Danubio, haciendo que Budapest pareciera un cúmulo de edificios blancos flotando en la nada, inciertos, como lápidas en un cementerio de gigantes. Nos dio una excusa perfecta para usar las capas y mantener ocultas las espadas (así como nuestra anticuada ropa medieval), y vi que Lorena levantaba un poco la suya para guardar la esfera de cristal en un sobrio bolso de mujer, el cual llevaba cargado con todo un arsenal de pociones. Luego, ambas miramos a James, quien tardó un minuto en recordar que era el guía, y lo seguimos hasta un ascensor que nos llevó al quinto piso.

—¿Nervioso? —le pregunté.

—Un poco —admitió; manoseaba un pequeño cilindro cobrizo que le colgaba del cuello, atado a una cadenita—. Siento que veré una avalancha de armaduras Brendam en cualquier momento.

—Hasta ahora tuvimos suerte.

—Es verdad. El problema con la suerte es que no sabes cuándo terminará.

Fruncí los labios, molesta, y no dije más. Todas nuestras charlas eran así: dos o tres frases sueltas, la mitad de ellas pesimistas, y un largo silencio donde quedaban en el aire todas las preguntas que ninguno se animaba a formular. Por supuesto, había un solo asunto que ocupaba mi mente: Ariadna, Ariadna, Ariadna y Ariadna. ¿Fue por ella que James no discutió conmigo, como en la Torre del Abismo, y me acompañó sumiso hasta ahí? Estaba tan raro que tampoco increpó a Bianca, de quien nadie sabía cómo se coló de incógnito en nuestra comitiva, ni yo tuve el tiempo de averiguarlo. Bajo el mando de Oliver, ella y todos los demás nos vigilaban desde lo alto, ocultos en las nubes, listos para venir a nuestra ayuda si así la solicitábamos. Los grifos tenían un buen oído y recibían órdenes por medio de un silbato que podían escuchar a decenas de kilómetros. Ese era el cilindro que James tanteaba como a un crucifijo.

—Aquí es —dijo, deteniéndose a mitad del pasillo. Me paré a su lado de brazos cruzados.

—Bueno, ¿y qué esperas? Llama a la puerta.

—Pensé que eras tú quien quería pedirle ayuda.

—Claro, pero tú tienes que allanarme el terreno. Es tu prometida, no la mía.

—Lo fue, en tiempo pasado. ¿No se te ocurre que hay un motivo para eso?

Mientras discutíamos, Lorena perdía la paciencia. Creo que estaba a punto de apartarnos y tocar ella misma la puerta, cuando esta se abrió y James y yo quedamos de frente a una chica pelirroja. Tal como lo temí, era alta y atractiva: tenía el rostro pálido y pecoso, y un flequillo le tapaba la frente encima de unos ojos de avellana adornados con mucho delineador. Por la ropa que llevaba (un top con lentejuelas cubierto por una chaqueta, una minifalda y unas medias de nailon negras) era obvio que salía rumbo a una fiesta. Sorprendida, se quitó los auriculares de vincha rosa, de los cuales llegó el rumor de unas estridentes guitarras eléctricas.

—¿James, erres tú? —preguntó, con los ojos como platos. Se notaba su acento de Carpatia.

—Hola, Ariadna. Me alegra mucho ver que estás bien —dijo él… o lo intentó. Antes de que terminara la frase, la chica le propinó una cachetada que hizo eco por todo el pasillo.

Empezaba a caerme bien.

—No deberías estar aquí —dijo ella—. Necesitaba tiempo y te confié mi ubicación para que no te preocuparas. Prometiste que lo respetarías.

—Lo sé, pero surgió algo. Vine con la princesa de Dermorn.

—¿Con quién?

Por primera vez, la chica se fijó en mi e instintivamente di un paso atrás, temiendo recibir también un golpe.

—Soy Madeleine Deveraux, princesa de Dermorn —me presenté—, y ella es mi tía Lorena. Estamos aquí porque mi país está en peligro y necesitamos tu ayuda.

Ariadna parpadeó un par de veces, procesando lo que acababa de escuchar.

—Me parece bien —dijo—, pero no me interesa.

Y acto seguido, se abrió paso entre los tres y empezó a caminar por el pasillo, alejándose rumbo al ascensor. James fue tras ella, y Lorena y yo lo imitamos.

—¿A dónde vas? —quiso saber él.

—A seguir con mi vida, una en la que tendrías participación si no fuera por tu obsesión con la estúpida guerra entre los Brendam y los Deveraux.

En ese momento, la puerta del ascensor se abrió y un grupo de cinco soldados con el dragón dorado estampado en el pecho corrió directo a nuestro encuentro, tan rápido y desde tan cerca que no hubo tiempo de desenvainar las espadas. Pero Lorena fue más rápida: metió la mano en su bolso, arrojó un frasquito de cristal que se rompió a nuestros pies y un destello similar al flash de una cámara fotográfica precedió a un muro de llamas que se levantó entre ellos y nosotros, cerrándoles el paso. Tal fue la impresión de Ariadna, que dio un paso atrás y trastabilló, cayendo de espaldas contra mí y derribándonos a las dos. James le tendió una mano.

—Son los Brendam —explicó, ayudándola a levantarse—. Si logramos subir hasta la azotea, todavía podemos escapar.

—No necesito tu ayuda —dijo ella. Le dio un empujón y corrió directo hacia las escaleras, donde se zambulló rumbo a los pisos inferiores con James, Lorena y yo estirando los brazos para atraparla. Casi la atropellamos al llegar al último tramo: se detuvo en seco y miró horrorizada al vestíbulo que nos esperaba unos escalones más abajo, ahora repleto con el triple de soldados Brendam. Se habían parado en formación y empezaron a acercarse con los escudos en alto, haciendo reverberar el piso con sus botas. Lorena les lanzó otro de sus frasquitos para entorpecerles la marcha, pero unos pasos acercándose en los pisos superiores nos indicaron que la otra barricada había sido sorteada, así que no teníamos escapatoria.




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