Al llegar a los Cárpatos, me pareció que no eran diferentes a las montañas que se veían desde Camin Balduin: unos monolitos de roca y hielo levantándose alrededor de valles boscosos en los que revoloteaban nubes de pájaros. Sin embargo, mi percepción cambió cuando Ariadna, quien viajaba montada en el mismo grifo dirigido por James, nos instó a seguir ascendiendo. “Más arriba y más al norte”, decía, a pesar de que teníamos el sol a nuestra espalda. Entonces, una niebla nos envolvió y me aferré con fuerza a Marcus, temiendo resbalar y caer al vacío; hasta que, al salir por encima, un resplandor me encegueció. Ahora bajo en el horizonte, el sol daba de lleno contra un muro de hielo colosal que se erguía justo ante nuestras caras, extendiéndose de un lado al otro de modo uniforme hasta perderse de vista. Eran los conos de unas montañas tan altas que parecían arañar la cúpula del cielo, y que se levantaban apretadas unas contra otras, como si la superficie del mundo fuera insuficiente para contenerlas. Marcus no pudo disimular su asombro.
—¿Cómo vamos a flanquearlas? —preguntó—. ¡Deben erguirse por lo menos diez u once kilómetros desde el suelo! Moriremos asfixiados antes de alcanzar las cumbres.
—Seguro existe un paso más bajo —dije, más para convencerme a mí que a Marcus. A decir verdad, ya a esa altura —a dos o tres kilómetros sobre el llano— respirar era todo un suplicio. Podía sentir el aire liviano silbando al entrar y salir por mi nariz, hinchando y deshinchando mis pulmones, que parecían querer escapar de la jaula de las costillas. Pero Ariadna nos gritó que debíamos subir más, así que nos elevamos por encima de los remolinos de niebla que se rompían como olas en la base del muro, cuyas imperfecciones fueron haciéndose más nítidas mientras volábamos hacia él a la velocidad de una saeta. De repente, la pelirroja gritó una orden que fue secundada por una aguda nota del silbato guía de James, y enhebramos a través de una grieta: un callejón claustrofóbico entre los inmensos bloques de granito al que nos internamos en formación de fila india, y que fue estrechándose, rozando las alas extendidas de los grifos con la amenaza de aplastarnos como insectos bajo una bota. Los pocos rayos dorados que pasaron junto a nosotros al otro lado se dividieron en un arcoíris, dándole a las montañas más próximas que nos aguardaban unas faldas rojas, verdes y azules.
Fueron los últimos vestigios del sol que vimos en mucho tiempo.
Sobrevolando valles y precipicios, nos internamos en aquella inhóspita cordillera. A pesar del viento frío que aullaba agitando nuestras capas, las cimas que se levantaban a nuestro alrededor no tenían nieve ni hielo: eran moles de piedra gastada que asemejaban a muñones de árboles en un bosque milenario arrasado por un incendio, y nosotros éramos como motas de polvo insignificantes. Por otra parte, ni una sola nube o vapor cruzaba por el cielo impoluto. Este tenía un azul desvaído, incierto, como ese que precede a la salida de las primeras estrellas, y me puse muy nerviosa ante la perspectiva de que nos atrapara la noche en medio de aquella inmensidad. A veces el cielo se opacaba o adquiría más brillo de un modo desigual, generando la sensación de que nos hallábamos en el lecho de un río, mirando hacia la superficie desde lo profundo de un extraño mundo subacuático. Pero, por más que pasaron los minutos y las horas, ninguna estrella nos devolvió la mirada. Las montañas, los precipicios y los valles se sucedieron una y otra vez, idénticos bajo la misma luz sin color. Era como si la naturaleza se hubiera quedado sin imaginación y hubiera agotado las formas que podían tener los elementos, y aunque avanzábamos, no avanzábamos, igual que si nos hubiéramos parado en el centro de un círculo que giraba sobre sí mismo alrededor de su eje. Por eso, los párpados comenzaron a pesarme y apoyé la cabeza en el hombro de Marcus, lista para caer presa del sueño.
Así, hasta que entendí lo que estaba pasando.
—Aguante, señorita —dijo Marcus—. Estamos a punto de aterrizar.
Adelante, dos domos celestes se unían en uno alrededor de una muela de mil metros de alto que se repetía exactamente igual, pero inversa, en la superficie del lago donde surgía. Cuando nuestro grifo aleteó como preludio para apoyar sus garras en lo alto, el resto de la comitiva ya se había apeado de los animales y empezaba a armar el campamento. Encontré a James parado junto a la pelirroja, quien estaba sentada en una roca al borde del precipicio, pronunciando palabras que me eran desconocidas mientras dibujaba en un cuaderno a tanta velocidad que el roce de la pluma corría peligro de crear llamas en el papel.
—¿Se puede saber qué fue todo eso? —pregunté—. ¿Por qué volamos en círculos? ¿No se supone que Ariadna sabe cómo llevarnos hasta Druimberslum?
Como respuesta, James alargó el brazo y depositó un objeto entre mis manos. Era la brújula, cuya manecilla giraba como loca: daba diez vueltas en sentido horario, otras diez en sentido antihorario y luego volvía a empezar.
—No sirve —dije, apuntando lo obvio.
—Ninguna lo hace. Y como aquí no hay estrellas y nunca sale el sol, no contamos con puntos de referencia que nos sirvan de guía.
—Pero los Brendam…
—Los Brendam tienen un faro que les muestra la ubicación de Druimberslum desde cualquier parte del mundo —explicó Ariadna, sin levantar la vista del cuaderno—. Lo inventaron mis antepasados hace mil años: lanza un haz de luz vertical, solo visible para aquellos que están en el registro del hechizo. Cuando Darbious tomó la fortaleza, borró los nombres Everin, así como borró los nombres Deveraux del registro de Dermorn, e incluyó nombres Brendam, de modo que solo ellos pueden usar el faro. Pero no hay motivo para desesperar: conozco el nombre de todas las montañas a mil kilómetros a la redonda. Mi familia pasó siglos cartografiando hasta el guijarro más pequeño de esta cordillera, y, los años previos a la inminente invasión de Darbious, cada habitante de Druimberslum, incluidos los niños, estudió esos mapas al detalle para poder moverse por las montañas y escapar contando solo con ese conocimiento. Y resulta que yo fui una de las estudiantes más destacadas en esos años, por lo que solo necesito hacer un poco de memoria, y ya.
#1508 en Fantasía
#5424 en Novela romántica
romance juvenil, fantasia distopica, fantasía épica romántica
Editado: 20.06.2026