Nuestro bote no tenía timón y el único modo de dirigirlo era con la sincronización en los remos, así que a cada rato la pelirroja fue dándole indicaciones a Bianca sobre a qué ritmo remar, mientras que yo permanecí quieta mirando alrededor —lo cual agradecí, pues todavía me sentía bastante débil—. De ese modo, a la tenue luz de la lámpara, la proa fue cortando la superficie color petróleo, indicando que nos movíamos a pesar de que parecíamos estancadas. Era evidente que la cueva era más grande de lo que siquiera podía imaginar, y que se ramificaba en galerías invisibles en todas direcciones, como una enredadera, devolviéndonos en un eco magnificado el splash de los remos y los susurros de las voces. Cada tanto, un bramido ensordecedor como el estampido de un trueno, o leve como el de una tormenta a la distancia, marcaba el derrumbe de uno de los innumerables restos de naufragios que eran derrotados por la corrosión del tiempo y las olas, cuyo gorgoteo se escuchaba constante como sonido de fondo, igual que el corazón de una bestia dormida. Y estas, leves al principio, fueron haciéndose más y más pronunciadas. Al cabo de lo que me pareció una hora logré ver un tenue resplandor azulado en el remoto sitio desde el que llegaban; uno que, como pronto fue notorio, atravesaba la roca por medio de una amplia abertura.
—Es nuestra salida —comentó Ariadna.
La abertura parecía una boca surgiendo desde el agua, una medialuna de bordes dentados por filosas estalactitas. Su anchura habría permitido pasar a tres o cuatro barcos de costado, y su altura a dos o tres puestos uno encima del otro. Ahí, las olas eran más altas que nuestras cabezas, sirviendo como muro natural para impedirnos ver lo que había más allá, y tuve que tomar un remo para ayudar a las chicas a remontarlas. Nos dieron un buen zarandeo, y en la lucha nos salpicaron tantas gotas y espuma que, de no haber sido por las capas y las capuchas que nos echamos sobre la cabeza, habríamos terminado con el cabello, el maquillaje y los vestidos completamente arruinados. Por suerte, justo cuando sentí que mis fuerzas flaqueaban, y gracias a la evidente experiencia en embarcaciones de Ariadna y Bianca, dimos con una corriente de retorno que nos alejó de los peñascos que rodeaban la boca de la cueva y nos llevó a aguas más tranquilas, ahora al aire libre.
Todas soltamos un suspiro de alivio.
—¿Eso qué es? —pregunté en cuanto mi respiración se calmó. Ahora que el oleaje era leve y podía ver más allá, descubrí que nos hallábamos al borde de una superficie de agua inmensa que se extendía en todas direcciones, alejándose de las montañas que teníamos a nuestra derecha, negra y cromo bajo la incierta luz crepuscular. Pero lo extraño era que no parecía haber un horizonte, sino que llegado un punto tanto las aguas como el cielo se extendían paralelos, sin llegar a tocarse nunca hasta una distancia incalculable. Era como asomarse por el borde de un precipicio y mirar hacia el fondo de un abismo descomunal. No obstante, había algo allí, a lo lejos. No existen palabras para describir su forma ni su color, si es que acaso contaba con alguna de esas cualidades, y me llenó el pecho con una sensación igual de inexpresable. Me sentí como cuando vas a decir algo y de repente lo olvidas, y a pesar de que intentas recordarlo, porque sabes que es algo obvio y casi puedes saborear las palabras, estas te evaden sin que puedas hacer nada para retenerlas.
—Es el Mar Insondable —explicó Ariadna.
—Sé que estamos al borde de un mar —repuse sin mirarla, incapaz de apartar la vista del lugar donde debería estar el horizonte—, pero, ¿qué hay allí, del otro lado?
—Nadie lo sabe. Mis antepasados intentaron cruzarlo muchas veces usando el faro de Druimberslum como referencia, en todas direcciones y siguiendo todo tipo de trayectorias: rectas, en zig-zag, espirales… Pero todos fracasaron. Algunos regresaron al borde de la locura después de recorrer decenas de miles de kilómetros, y la mayoría simplemente perecieron y sus naves vacías fueron devueltas y estrelladas contra la costa por el mar varios años después. En mi opinión, lo más probable es que su anchura se cuente en cientos de miles de kilómetros, si no en millones.
—Eso no tiene sentido. La Tierra no es tan extensa.
—El problema es que estás pensando en cuatro dimensiones. Aunque tendemos a imaginar al mundo como una esfera cerrada, nadie conoce su verdadera forma en la quinta dimensión, y mucho menos su tamaño. Como sea, no te recomiendo darle vueltas al asunto. Lo mejor es que dejes de mirar a la distancia y que mantengas la vista en el bote, en Bianca y en mí. De lo contrario, también enloquecerás. Créeme, lo he visto.
El tono resignado de Ariadna me hizo apartar la vista del mar y posarla en su rostro, pero ella había bajado la mirada y remaba otra vez, con lo que Bianca se apuró a imitarla. Concentrada en la preocupación por Lorena y mi familia, y sumida en mis celos febriles por la cercanía entre la pelirroja y James, no había pensado en lo difícil que debía resultar para ella regresar a ese lugar. De entrada, se veía a la legua que no era el más feliz de la Tierra, y mucho menos el más adecuado para que una niña vea el mundo por primera vez, por lo que sin duda su niñez allí había sido bastante peculiar; pero es que además lo había perdido todo. Con solo seis años, tuvo que partir con su familia a un viaje desesperado por las montañas mortíferas que acabábamos de dejar atrás, todo con la esperanza de no ser alcanzados por la aniquilación que los Brendam traían consigo, cosa que solo Ariadna consiguió porque la ayudó el padre de James y porque claramente los Brendam la habían dado por muerta. Entonces, pasó por mi mente un pensamiento perturbador: ¿Y si en el futuro me convertía en alguien como Ariadna, la última sobreviviente de mi linaje? ¿Sería por eso, porque no quería que acabara como ella, que Ariadna me había guiado hasta aquel lugar que tanto dolor le había traído?
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Editado: 20.06.2026