El Reino en la Torre

12. La puerta

Unos minutos después, caminábamos tomadas de la mano rumbo al gran salón, y la música de los violines, las arpas y un órgano de tubos iba haciéndose más estridente a cada paso que nos acercábamos. El suelo temblaba con los saltos y los giros de los chicos y las chicas que, cada vez más numerosos, danzaban a nuestro alrededor al ritmo de una densa percusión tribal; y antes de darnos cuenta Ariadna y yo estábamos moviéndonos a los empujones en medio del tumulto. Ahí hacía un calor insoportable y el sudor me bañó la piel dándome la sensación de una vela que se derrite hasta consumirse; mientras que el olor a perfume, alcohol e infinidad de alientos me golpeó con fuerza en la nariz, revolviéndome las tripas. Recibí pisotones y codazos; una chica me volcó una copa de vino en la falda y otro chico me rodeó la cintura con un brazo, deseoso por volverme su pareja. Forcejé con él para acabar en brazos de otro que quiso besarme, de lo que me zafé porque otra chica me empujó para tomar mi lugar, haciéndome derribar a otras dos chicas que estaban en mi camino. Ellas ni se molestaron: siguieron riéndose como si alguien les hubiera arrancado el cerebro y fuera el único gesto que supieran hacer, y se alejaron dejándome de pie en medio de la marea de cuerpos bamboleantes mientras miraba alrededor en busca de Ariadna; pero bajo las luces de neón naranja y violeta me fue imposible distinguir su cabello pelirrojo. Me devolvieron la vista cientos de rostros ojerosos y pintarrajeados, riéndose, hablando o haciendo muecas desencajadas, terribles, y estirando los brazos y las manos como árboles azotados por una ventolera que los doblaba hasta casi quebrarlos. Por eso di unos pasos atrás, a los costados: quería encontrar una salida, un rincón donde guarecerme. Pero mirara donde mirara, el salón no parecía tener límite. Se extendía kilómetros y kilómetros, difuminándose en una destellante niebla violeta, y había gente danzando de cabeza en el techo, en las paredes; tanta que fui incapaz de ver mi propio reflejo, apenas una gota en el océano sin fin.

Entonces, una chica me empujó hasta darme la espalda contra una columna, y tardé un minuto en entender que era Ariadna, quien me hablaba a los gritos para hacerse escuchar por encima del barullo. Y no estaba sola.

—Tía Lorena —dije al reconocerla, y me lancé a darle un abrazo. A pesar de las apariencias, el salón sí tenía un final. Estábamos paradas en un rincón, resguardadas detrás de unas mesas con comida y bebida. Un par de ellas estaban patas arriba, y había gente bailando y saltando en varias de las otras, pero teníamos un espacio para respirar. Cuando me separé de Lorena, la miré de arriba abajo: lucía el mismo vestido que la última vez, pero parecía entera—. No entiendo nada de todo esto. Me imaginé que tenías todo controlado, pero nunca pensé… —de repente, me costó hablar—. Bridius…, dijo que te mataría si yo no venía y…

—Bridius es un adolescente caprichoso —dijo Lorena, después de pronunciar un conjuro que nos aisló del ruido y la música, haciéndolos sonar lejanos, como si estuviéramos adentro de una burbuja—. Su tío Darbious le permitió hacer lo que quisiera durante la invasión a Dermorn, pero cuando se enteró de que te perdió en el bosque y que no caíste prisionera de los Brendam debido a su inepta intervención, lo mandó a Druimberslum junto a todos los adolescentes y nobles inútiles de Welindalia, para que no molestara hasta el final de la guerra. Por eso, cuando te le volviste a escurrir en Budapest, adonde fue a rodearnos con la esperanza de redimirse ante su tío, su interés se disipó de inmediato y no le costó mucho aceptar mi oferta para servir de carnada: de ese modo evitaba seguir haciendo enojar a Darbious y podía mantener viva alguna oportunidad de atraparte. Sin embargo, desde que llegamos se desentendió de mí, por lo que he podido andar a mis anchas por la fortaleza. Después de todo, sin brújula, mapa o guía no hay adonde escapar, y ya no importa: a estas alturas Bridius está tan borracho que debe haber olvidado incluso que te quería atrapar. Podrías pararte frente a él y saludarlo, sin que él ni nadie se entere de quién eres.

Mientras decía esto, Lorena me lo señaló. Se hallaba a varias decenas de metros, sentado en un trono en una plataforma elevada que lo aislaba del baile. Bebía de un cáliz y se reía, con una chica recostada sobre su regazo mientras otra se le recargaba en el hombro, le decía cosas al oído y lo besaba. El tonto debía creerse alguna especie de emperador, y de buena gana habría ido a pararme ante él, como sugería mi tía, para borrarle la sonrisa de un puñetazo por todo lo que me había hecho sufrir a mí y a los demás. Creo que Ariadna se dio cuenta de esto y me agarró fuerte del brazo, haciendo que volviera a mirarlas a ella y a Lorena.

—Eso significa que no tendremos ningún obstáculo para escapar —dijo.

—Es verdad —estuvo de acuerdo Lorena.

—Un momento —pedí—, ¿y qué pasa con el hechizo de la Torre Aura? ¿Nos iremos sin indagar nada?

—Mira a tu alrededor, Madeleine. ¿De verdad piensas todavía que puedes encontrar algo en este laberinto? No quiero ser dura, pero te lo advertí antes de que viniéramos. Es inútil perder tiempo en eso.

Pero yo tenía la mirada fija en mi tía, no en Ariadna.

—Si lo preguntas, mientras las esperaba estuve investigando, pero no logré averiguar mucho —dijo Lorena—. Sé que Darbious sospechaba que el secreto del hechizo estaba entre estos muros y por eso durante bastante tiempo se encargó de desmantelar buena parte de la fortaleza. Aquí no se nota tanto, pero hay zonas enteras donde los espejos están arrancados y se ven los tubos y los mecanismos del soporte vital, o zonas donde las paredes y los pisos están perforados a conciencia.




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