La luz proyectó mi sombra contra los altos anaqueles repletos de libros, los cuales se apilaban por todas partes, creando una metrópoli de edificios imposibles alrededor de globos terráqueos, esferas de cristal y alambiques. Mientras caminaba hacia el resplandor, el burbujeo de las pociones era lo único que se oía aparte de mi respiración; pero su perfume, tan intenso como el que creaban en el apartamento de mi tía Lorena, no lograba enmascarar la peste de la podredumbre, que me hizo arrugar la nariz. Entonces reparé en la estructura de espejos que colgaba del techo abovedado, dispuestos como los pétalos de una rosa enorme alrededor de una gran esfera de cristal que pendía al centro, y en cuya superficie se reflejaba en un amasijo enmarañado cada habitación, cada pasillo y cada escalera de Druimberslum con toda la gente que lo habitaba, e incluso más: el mar, las montañas, el mundo y quizás todo el universo al alcance de un simple vistazo. Y justo debajo, inclinado ante un bulto de trapos mugrientos, se hallaba él. Su voz fue apenas un rumor.
—He aquí la gloria del linaje Everin —dijo, sin levantar la mirada. Mantuvo el rostro vuelto hacia la escena que tenía a los pies. Un esqueleto surgía de los pliegues de un vestido desgarrado.
—¿Quién era? —pregunté, deteniéndome a un par de pasos, la vista entre el cadáver y él. Pasaron unos segundos antes de su respuesta.
—Elaine —dijo, arrastrando las palabras—. Su nombre es Elaine.
—Significaba mucho para usted, ¿verdad?
Sus ojos me apuntaron por primera vez.
—Lo significaba todo —dijo—. ¡Era la mujer más bella del mundo!
De súbito, se incorporó y arrasó una mesa de un golpe, con sus puños apretados. Los matraces se desparramaron hechos trizas, y los líquidos humeantes se extendieron por el suelo como la sangre de un animal.
—Lo siento —dije, y el hombre apoyó las manos en la mesa, con el pecho moviéndose al ritmo de una agitada respiración: no se parecía en nada al que imaginé, ni al que creí ver en mi sueño, si es que podía llamarse así a mi visión de moribunda. Era joven, con el cabello pelirrojo llegándole hasta los hombros de la túnica púrpura. En su rostro, carente por completo de barba, me pareció atisbar los mismos ojos pardos de Ariadna.
—No merezco tu compasión —objetó, limpiando con rabia una lágrima que rodaba por su mejilla—. He visto todo lo que sucedió: deberías odiarme por lo que le hice a mi gente.
—Usted no tuvo la culpa.
—Te equivocas —dijo, y se volvió para mirarme—. ¿Sabes cómo murió ella? —agregó, apuntando al cadáver—. La asesiné con mis estúpidos experimentos. En un minuto saboreaba la gloria de convertirme en el mago más grandioso de todos los tiempos y al siguiente la vi morir ante mí, sumiéndome en la más terrible de las agonías. Y fue tan solo otra víctima de mi crimen colosal.
—Pero su magia trajo paz a Dermorn, perduró durante tres siglos.
—¿Paz? El hechizo que hay en Dermorn condenó a los míos a morir bajo la espada, así como condenará a los tuyos a la misma desgracia.
—Usted dijo que en mí recaía la última esperanza, que existía una salvación…
—Fue mi egoísmo el que te trajo, no la esperanza.
—¿De qué habla?
Osric Everin suspiró, de modo que pareció desinflarse su ira. Fijó la vista en el cadáver de Elaine, pero miraba más allá entre sus pensamientos.
—Siempre he sido un egoísta —dijo—. Crecí odiando las paredes de Druimberslum, la máquina que llevó más lejos a mis antepasados en el estudio de la magia y que se convirtió en un refugio en el que mi familia se escondió del mundo, olvidando los días de gloria cuando los Everin edificaron los grandes castillos de los Reinos Utópicos y crearon las máquinas más precisas para medir el tiempo y el espacio. Para cuando nací, hacía siglos que los ancianos líderes de mi familia habían prohibido los viajes de exploración a los confines del Mar Insondable, y todo experimento científico sobre la magia o las dimensiones era tolerado solo si se hacía sin llamar la atención, y siempre dentro de Druimberslum y sus alrededores inmediatos. Del mismo modo en que se prohibió mirar hacia el mar, se prohibió mirar hacia las montañas y al mundo que habíamos decidido olvidar que existía del otro lado.
—¿Por qué hicieron eso? —pregunté.
—Eso es lo que muchos nos preguntamos en aquella época. Si bien dentro del círculo de ancianos la decisión de mantener la prohibición siempre fue unánime, y aplicada con puño de hierro con el respaldo de la fuerza, dando la pena máxima a todo el que quebrantara la ley más allá de las nimiedades que acabo de mencionar, con el paso de los siglos el número de disidentes fue creciendo, sobre todo entre los jóvenes, y era prácticamente imposible ser uno sin llegar a cuestionarse la prohibición. Sin embargo, todo fue diferente en mi caso, pues era hijo de uno de los miembros más importantes del consejo, lo que me puso en muchos aprietos cuando decidí aprender magia y estudiar las dimensiones por mi cuenta. Y a cuanto más se molestaban el consejo y mi padre por mi forma de actuar, de modo más descarado lo hacía, hasta el punto que pronto conseguí un club de fans que empezó a actuar de modo similar a mí. Una de esas fanáticas era mi amada Elaine.
»El asunto es que, viendo que todo terminaría saliéndose de control en una rebelión que se llevaría consigo la vida de muchos jóvenes prometedores, mi padre y el resto de los ancianos llegaron a la conclusión de que el único modo de terminar de una vez y para siempre con la disidencia, era permitirle a un grupo selecto de nosotros hacer un último viaje hacia el Mar Insondable, pudiendo así saciar nuestras ansias de darle una continuación a las investigaciones de nuestros antepasados o, al menos, quedar en los registros familiares como gente que nunca se rindió. Yo no tenía ninguna duda de nuestro éxito: en parte por mi ingenuidad, por no querer ver que todos los capitanes que habían fracasado antes eran tan necios y egocéntricos como nosotros; y en parte porque contábamos con cientos de años de archivos de todas las exploraciones anteriores, con apuntes de todos los errores que habían cometido tanto en sus rutas como en la estructura y mando de sus naves, las cuales debían ser tan herméticas y autosustentables como el propio Druimberslum. Además, yo sería el capitán.
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Editado: 20.06.2026