El Reino en la Torre

14. La tormenta

Y entonces, se olvidó de mí, como había hecho con la esfera del cosmos que pendía sobre su cabeza, y pasé caminando junto a ambos dispuesta a abandonar esa jaula y mostrarle lo convencida que estaba de mis palabras. Y la misma actitud de desafío me inflamó el pecho días después, de pie sobre el alto alcázar de La Furia de Plata, desde donde dominaba toda la cubierta mientras me aferraba con fuerza a la batayola para mantener el equilibrio. Un cuerno acababa de dar la alarma y cada rostro en el navío se volvió para mirar más allá de la proa, a los rayos que agrietaban el cielo ahí donde debía estar el horizonte, ramificándose como enredaderas contra un muro negro.

—El viento nos arrastra directo, mi señor —declaró el timonel, hablándole a mi tío Philip—. Si no viramos ahora, nos atrapará.

—¡No! —dije—. Debemos cruzarla para llegar hasta Dermorn. La Torre Aura está justo allí, hacia el norte. La veo en mi mente tan clara como si estuviera ante mis ojos.

—Puede ser, pero la flota no podrá seguirnos entre el oleaje: se perderá.

Philip permaneció inmóvil, de pie en mitad del alcázar. Todo el barco se mantuvo pendiente de su respiración, lenta y profunda, y del crujido de los cables que soportaban la hinchada vela plateada. De pronto, apartó la vista de los rayos y la detuvo un segundo en mí, mostrándome su transformación de tío a rey.

—¡A sus puestos! —gritó—. ¡Cruzaremos la tormenta!

—Pero, mi señor… —empezó el timonel.

—El que no obedezca se irá por la borda. ¡Los quiero a todos en sus lugares!

Los hombres se movieron entre gritos. Unos arrastraron cables y amarraron los escorpiones y las catapultas a la cubierta, y otros bajaron a ocupar sus puestos en los remos mientras que los soldados amontonados en el combés, inútiles hasta que fueran llamados a la batalla, se agarraron como pudieron a lo que encontraron disponible. Por su parte, el timonel tragó saliva y volvió la nave directo hacia la tormenta. Entonces, sentí el impulso de esconderme en el camarote y abandonarme al miedo, pero James, parado junto a mí, puso una mano contra mi espalda.

—Tranquila —dijo—. Lo lograremos.

Y mis dos tíos pronto se juntaron a él para darme ánimo. Solo eché de menos a la pelirroja, quien ahora volaba camino a la Torre del Abismo en una comitiva de grifos liderada por Marcus: había sido todo un suplicio convencerla de que era lo mejor para ella y para James.

La Furia de Plata era el mayor navío de la flota de Philip. La proa imitaba a un unicornio al galope, y sus piernas delanteras se unían a un enorme espolón de hierro que surgía como continuación de la quilla, cortando el agua como una espada. Enseguida, la lluvia y los rayos ocultaron el mundo tras un velo espeso, y el viento cambió de dirección, por lo que hubo que amarrar la vela. A cada costado, tres hileras de remos se desplegaron como alas, listas para alzarnos por encima del oleaje de la tempestad, mientras que en las profundidades de la nave un tambor empezó a dividir el tiempo en intervalos, marcando el ritmo a los hombres que debían remar. En lo más alto del mástil un marinero se encargó de mantener viva la llama de una lámpara: lo único que guiaba a los trescientos barcos que navegaban a nuestra espalda desde Castelburgo, y cuyas luces destellaban dándoles el aspecto de una ciudad en medio del mar.

—¡Tienen que aguantar! —gritaba mi tío, dando ánimo a los hombres—. ¡El alba disipará la tormenta! ¡Yo lo sé!

Pero las horas corrieron al son del tambor sin que mermara la oscuridad, y las nubes y las olas siguieron rompiéndose contra las naves, interminables, traídas por el viento que se nos oponía aullando como una bestia agonizante. Con el vestido mojado y el pelo pegado a la cara, yo estaba calada hasta los huesos, hasta el punto que pronto dejé de sentir mis extremidades; y, a pesar de la poción contra el mareo que Lorena me dio en Castelburgo, antes de partir, me incliné a vomitar media docena de veces sobre la borda. Sin embargo, me mantuve firme: sabía que no podía perderme igual que en las montañas durante nuestro viaje a Druimberslum, pues cada vida de la flota dependía de que los guiara con éxito hasta la Torre Aura, que veía todo el tiempo fija en mi mente gracias a la magia de la espada, la cual llevaba justo a mi lado, colgada del cinto. De repente, un crujido hendió el aire y cada rostro en la cubierta de La Furia de Plata se volvió en busca de la fuente. El marino en la cofa la descubrió.

—¡A estribor! —señaló, y el cielo parpadeó lo justo para mostrarnos el vientre de un navío, brillante entre la avalancha de diamantes. Unos gritos de auxilio vinieron desde los trozos de un mástil mecido por la espuma.

—Es La Hermosa Stella —dijo Philip, y casi me desmayé de la impresión. Otro barco de la flota se acercó a la escena arrojando cuerdas a los náufragos, y, justo me preguntaba por la suerte del capitán Jaques, cuando una ola del tamaño de un elefante se estrelló en nuestra cubierta, barriendo a varios soldados que desaparecieron sin dejar rastro.

—No podemos seguir, mi señor —se quejó el timonel—. Hay que volver a Castelburgo.

Varias voces de apoyo se alzaron por todo el barco.

—Es tarde para regresar —dijo Philip—. Ya estamos en la tormenta.

—Pero si continuamos, la flota se dispersará —dijo otro hombre—. Tenemos que abandonar el viaje y reagruparnos.

La aprobación fue general. Philip levantó los brazos para atraer la atención, pero Lorena se le adelantó.




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