El Reino en la Torre

15. A solas

La batalla en la Bahía Gris duró todo el día y toda la noche, y a la mañana siguiente amaneció sin sol: sus rayos no podían traspasar las densas columnas de humo que subían hacia el cielo, opacándolo. Entonces, el lamento de un cuerno se elevó desde la cofa de La Furia de Plata, igual a un réquiem de una sola nota. Aunque aplastamos a la resistencia Brendam, más de un tercio de nuestras naves ardían en piras junto a las suyas, tiñendo de naranja las aguas del mar. Por mi parte, todavía me parecía oír los gritos y los alaridos de dolor de los soldados cuando, por orden del tío Philip, Lorena, James y yo nos trepamos en un bote que nos llevó hasta Villa Encanto, ciudad que se levantaba junto a la desembocadura del río Espejo. Los defensores Brendam le habían prendido fuego antes de escapar, y ahora era una dentadura roída que apestaba a cenizas. En cuanto la proa del bote arañó la costa, donde unos hombres apilaban los cadáveres que el agua se negaba a tragar, James me ayudó a desembarcar. Philip ya nos esperaba bajo una carpa armada en los lindes del pueblo, y estaba reunido con varios capitanes de su flota.

—Mi señora —me saludó uno de ellos, inclinándose—, vi lo que hizo en la bahía y no salgo de mi asombro. Todavía no sé si fue valiente o muy loca al lanzarse de ese modo contra los Brendam que custodiaban la Torre Aura, pero tiene mi más profunda admiración.

Y otros capitanes se apuraron a estar de acuerdo, a lo que me limité a asentir con modestia, sin prestar mucha atención. A esa altura estaba harta de que todos vinieran a felicitarme.

—Me alegra verte de nuevo, Madeleine —dijo Philip: era la primera vez que hablábamos desde la destrucción de la Torre Aura, y usó el tono marcial esperado de un rey, no como tío—. Espero que hayas podido dormir —agregó, y las ojeras que no me había molestado en maquillar atestiguaban que no era así—. Por mi parte, como seguro imaginarás, no he pegado un ojo en toda la noche, y no creo que lo haga hasta que acabemos de contar las bajas y estemos bien agrupados con las defensas a punto. Pero no es para contarte esto por lo que te mandé llamar. Al desembarcar en Villa Encanto, nos encontramos con amigos que tenían formada una resistencia contra los Brendam, y a su líder lo conoces muy bien.

En ese momento, un hombre se separó de la multitud que rodeaba a mi tío y se arrodilló justo ante mis pies.

—¿Alduick? —pregunté. Era el capitán de la guardia de Camin Balduin.

—Así es, mi señora. Es una alegría y un honor estar ante usted. Su aparición no podría ser más oportuna.

—¿Dónde está mi padre?

—Nuestro rey está prisionero en Camin Balduin.

—¿Y mi madre? ¿Qué pasó con Galadrius?

Lorena apoyó una mano en mi hombro.

—Tranquila, Madeleine —me pidió—. Una pregunta a la vez.

—Su hermano se encuentra bien —contestó Alduick—. Está oculto en el Bosque Misterioso, reuniendo un ejército para tomar por asalto el castillo. La señora Stella está con él, pero no permanecí en el bosque lo suficiente como para verla.

—¿Por qué no?

—Apenas logramos emplazar un campamento seguro después de huir de la emboscada en Camin Balduin, el príncipe Galadrius me ordenó ayudarlo a reclutar soldados para su ejército. Entonces, cabalgué de pueblo en pueblo pasando la voz, y luego decidí formar un pequeño grupo de resistencia para espiar y sabotear a los Brendam desde Villa Encanto, a la espera de que el príncipe me hiciera llegar nuevas órdenes. Y aquí estábamos, ocultos en nuestra base en las alcantarillas, cuando los Brendam repentinamente le prendieron fuego a la ciudad y la abandonaron. Si me ve sucio es porque estuve trabajando hasta hace unos minutos en la extinción de las llamas.

—¿Sabes algo de mis primas Catherine y Danielle? Ellas tenían su casa aquí.

—Temo que no, mi señora.

Apreté los puños, furiosa.

—Deben estar prisioneras en las mazmorras de Camin Balduin, junto a mi padre y quién sabe qué otro noble sobreviviente a la boda de Ámbarin —dije—. Tenemos que ir ya mismo y tomar el castillo para rescatarlos.

—Ojalá fuera tan fácil —dijo Philip—. Según Alduick, Darbious Brendam tiene siete mil soldados reunidos en un campamento protegido por una empalizada, en la colina que soporta al castillo; y con ellos están los jinetes de dragón, que han de ser al menos unos treinta, todos bajo el mando del príncipe Andretious. A estos puedo hacerles frente si nos atacan en los barcos, pues contamos con escorpiones modificados para servir de armas antiaéreas, pero enfrentarlos al descubierto mientras asalto Camin Balduin sería una locura.

—¿Nos quedaremos a esperar después de todo lo que hicimos para llegar?

—Hasta que se me ocurra una idea que no implique acabar carbonizados, sí. Por lo menos, tengo que permitirles un descanso a los hombres, y lo sabes. Desde que partimos desde Castelburgo le hicieron frente a una tormenta y a una batalla, sin parar. Pedirles más sería inhumano.

Lo que decía mi tío era razonable, pero yo ya no lo escuchaba. Me volví hacia Alduick.

—Si entendí bien tus palabras, conoces el lugar donde se oculta mi hermano…

—Así es, mi señora. En realidad, desde la última vez que lo vi, tuvo que mover el campamento hasta un sitio más resguardado en las montañas, pero sé exactamente cómo llegar. De todas maneras, si está pensando en pedirme que la lleve hasta él, debo advertirle que es muy peligroso. Son varios días de cabalgata, y habrá jinetes de dragón custodiando todo el espacio hasta el bosque.




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