El Reino en la Torre

16. El asalto

Apoyé los codos en el borde de la pared y miré por el catalejo. El fuego de las antorchas titilaba entre los troncos del bosque, marcando la línea superior de la empalizada. Las carpas asomaban por encima, trepando por la colina sembrada de estandartes Brendam, solo visibles por el brillo del dragón de oro. Más allá, el castillo era un fantasma de color naranja.

—¿Se fueron los jinetes? —pregunté.

—Hace media hora —confirmó Alduick, de pie a mi lado—. Abandonaron el campamento hacia el oeste, rumbo a Villa Encanto.

—Perfecto. No esperaremos más.

Bajé por la escalera de la torre. Nos hallábamos entre las ruinas del viejo castillo, cerca del linde del Bosque Misterioso. En cuanto la noche se asentó en sus recovecos, establecimos ahí el cuartel de operaciones, mientras Alduick y otros hombres se adelantaron para traernos información de Camin Balduin. A la vez, nuestro ejército fue ocupando posiciones alrededor, sigiloso. Los arqueros se colocaron a la vanguardia: iban cargados con carcajes que contenían centenares de flechas, pues en el bosque abundaba el material para fabricarlas, y, si el ejército tras la empalizada se negaba a rendirse, tenían como misión descargar una lluvia de fuego sobre las carpas. Por su parte, la infantería se situó un poco más atrás, aguardando junto a las cuerdas y escaleras que les permitirían asaltar la empalizada si las flechas no alcanzaban para detener a los Brendam; y, al final de todo, permaneciendo lo más lejos que era prudente, quedaron a la espera la caballería y los jinetes de grifos, entre quienes había una rivalidad que fue difícil de zanjar a pesar de estar atenuada por la cortesía hacia el sexo femenino: al parecer, existía el mito de que los grifos eran devoradores de caballos. Era necesario que se mantuvieran lejos del castillo para que el ruido de los animales no alertara a nuestros enemigos, y por eso mismo las catapultas y otras máquinas de guerra permanecieron sin emplazar. La única excepción la hizo Marcus con su grifo, quien se acercó conmigo hasta las ruinas.

Me detuve unos peldaños antes de alcanzar el suelo, por encima de los soldados que aguardaban en el antiguo patio de armas.

—Listos para la batalla —anuncié—. Alduick y James vendrán con nosotros, así que cedo el mando del ejército a mi tía Lorena. Los que se queden deben estar atentos al humor del grifo: un toque del silbato será la señal para entrar en combate.

James esperaba en el patio junto al centenar de guerreros seleccionados por Alduick. Iba a unirme a él, cuando Lorena se interpuso y me abrazó. Le devolví el gesto, cuidando de no lastimarla con los pliegues de mi armadura.

—Ten cuidado, Madeleine —me susurró al oído—. Sé que estás mal por la muerte de tu madre, pero no cometas una locura.

—No te preocupes —dije—. Cuando vuelvas a verme, Dermorn será libre otra vez.

Pero Lorena no estaba jugando. Al separarnos, me tomó de la muñeca.

—Te lo advierto —insistió—. Ni se te ocurra intercambiar golpes con Darbious: es demasiado fuerte.

—No lo hará —dijo James, parándose junto a mí—. Me encargaré de ello personalmente.

—La advertencia también va para ti. No ignoro tus motivos.

—¿Motivos? —pregunté, mirando a James—. ¿De qué habla?

—Déjalo, no tiene importancia —dijo él. Dio la vuelta y se perdió entre los soldados.

Volví a mirar a mi tía, implorando por una respuesta, pero ya se alejaba. Como tenía encima las miradas de todo el ejército, decidí apretar los labios e iniciar la marcha hacia Camin Balduin. Acompañada por James y el capitán de la guardia, y a la tenue luz de una media luna, guie al centenar de soldados fuera de las fortificaciones abandonadas y nos internamos en la floresta, en fila. Nuestros pasos quedaron amortiguados por el lecho blando del bosque, y estos nos llevaron hasta la orilla del riachuelo, el cual bordeamos a contracorriente hasta toparnos con la reja protectora. Tal como lo pensé, la empalizada no llegaba hasta ahí y los Brendam no la vigilaban. Uno de nuestros hombres comenzó a trabajar de inmediato para aflojar los barrotes.

—Mi señora —dijo Alduick, invitándome a pasar. Una vez del otro lado, me alcanzó una antorcha y la luz empujó a la bruma pútrida de la alcantarilla, revelando el túnel que penetraba en los cimientos del castillo. Me interné en él con el agua hasta la mitad de las pantorrillas, seguida de cerca por James, y los ecos de los chapoteos aumentaron a medida que el resto de los hombres fueron uniéndose a nosotros.

—¿A qué se refería mi tía hace un momento? —pregunté, mirando de reojo por encima del hombro, y James se llevó un dedo a los labios. El mensaje era obvio: podía haber enemigos ahí abajo. Sin embargo, las únicas que hacían guardia eran las ratas y caminamos con cuidado de no pisarlas. Pronto, encontramos una herrumbrada escalera de metal.

—Es aquí —dije—. Hay que subir con cuidado porque da al patio de armas.

—Voy primero —se ofreció Alduick.

Trepó por los peldaños y levantó la coladera. Luego hizo señas con la mano y me apreté contra la pared de la cloaca, dejando espacio para el flujo de soldados que siguió al capitán hacia el exterior. James fue uno de ellos y se volvió para tenderme la mano. La coladera estaba resguardada tras una de las catapultas armadas en el patio junto a otra decena, así que nos mantuvimos de rodillas, mirando cómo los soldados de Dermorn se movían escurriéndose entre las sombras: unos fueron hasta la muralla dispuestos a matar a los vigías Brendam y tomar la puerta del castillo, y otros irrumpieron en el edificio principal. La única señal del combate la dieron los destellos que las antorchas le arrancaron a las espadas. Una vez fue seguro, James y yo nos movimos escoltados por los guerreros que seguían brotando de la alcantarilla. Cuando lo alcanzamos, Alduick estaba de pie en el vestíbulo, rodeado de varios cadáveres decapitados.




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