El Reino en la Torre

17. La justa

Las mazmorras de Camin Balduin estaban bajo tierra, hundidas en lo profundo de la colina que lo soportaba, y estaban prácticamente abandonadas desde hacía trescientos años. Durante la guerra fuera de las fronteras, ningún enemigo se consideró tan importante como para traerlo al castillo, y en Dermorn no había criminales: el menor de los delitos se castigaba borrando el nombre del criminal del registro real y expulsándolo de la Torre Aura. Por eso no me sorprendió descubrir que ahí el olor era peor que en la cloaca. Las puertas oxidadas nos recibieron a ambos lados de la galería mal iluminada, con paredes que supuraban agua, y solo un sendero entre el polvo y los restos de ratas muertas marcaba la actividad reciente.

Una voz vino desde una celda.

—¡Madeleine! —exclamó—. ¿Qué haces aquí?

—Papá…

Los brazos de mi padre salían de entre las rejas y luché contra el soldado que me aprisionaba. Estiré mi mano para alcanzarlo, pero antes de lograrlo el soldado presionó más fuerte con la daga contra mi cuello.

—¿Qué hacen? ¡Suelten a mi hija!

Otro soldado se interpuso.

—Esconde esos brazos —dijo. Levantó el escudo y embistió la reja. Los huesos de mi padre se quebraron como leña seca.

—¡No! —grité, y contoneé el cuerpo, ignorando el roce del cuchillo. El soldado me mantuvo abrazada con fuerza mientras se acercaba a la celda que tenían preparada para mi más al fondo. Al llegar a ella me soltó y, cuando me di la vuelta para escapar, me hundió la nariz de un puñetazo. Caí de espaldas, sintiendo el sabor a cobre en la garganta.

Al cerrarse la puerta, oí una discusión.

—¿Por qué la golpeaste?

—Esa perra no se quedaba quieta, ¿cómo querías que la encerrara?

—Más vale que no la hayas desfigurado. El rey quiere casarla con el príncipe Andretious.

—Lo hará si no tiene otra opción. Si sucede, siempre puede ponerle un saco en la cabeza, ¿no?

Los soldados se alejaron, riéndose. De fondo, se escuchaba la paliza que sus compañeros le propinaban a James.

—Madeleine…

La dueña de la voz pasó un brazo alrededor de mis hombros y me ayudó a incorporarme un poco. Pronuncié su nombre con la voz ronca, pero ella me hizo callar. Tomó un lado de su vestido mugriento y captó la sangre que salía de mi nariz.

—¿Qué pasó con Danielle? —pregunté.

—Murió.

Sentí que me escocían los ojos y Catherine negó con la cabeza.

—No llores —dijo—. Si te oyen, volverán.

La manera en que pronunció la frase me estremeció. En la penumbra, noté la herida que le partía el labio, así como los desgarrones que adornaban su vestido: no era un producto simple del encierro. Así que me quedé quieta, esperando a que el dolor se esfumara, demasiado embotada para pensar en nuevas preguntas. Las manos me temblaban y cada articulación de mi cuerpo ardía, como si el miedo hubiera quemado de un saque toda mi energía vital. El sonido de los huesos de papá seguía haciendo eco en mi cabeza, así como las quejas de James mientras lo molían a golpes.

—No se detienen —dijo Catherine. Me quitó la tela de la nariz y se asomó a la reja—. Lo matarán.

Me paré y el mundo entero se inclinó. Sostuve la reja: al otro lado, los cuatro soldados seguían congregados ante su celda y se turnaban para golpearlo. James no se rendía.

—Ayúdame con la armadura —pedí—. Tengo que quitármela.

Los dedos de Catherine se movieron temblorosos por los broches de la coraza. Me desprendí de las botas de hierro y los pantalones se juntaron en el suelo a la sobreveste roja y dorada. Luego, desdoblé la falda del vestido, que llevaba enrollada alrededor de la cadera, y desaté la cinta que me ajustaba el cabello. El olor a perfume se impuso contra la peste inmunda de la cloaca.

—Mantente al fondo de la celda —le dije a Catherine; me arrimé a la reja y grité—: ¡Auxilio, necesito ayuda!

Los cuatro soldados volvieron el rostro en mi dirección. Uno de ellos se acercó.

—¿Qué sucede, muñeca? —preguntó.

—Alguien me encerró por error —dije, jugueteando con un mechón de pelo—. Debería estar en la cocina.

—¿En serio? ¿Quién lo hizo?

—Fue un sujeto asqueroso. Sácame y te diré quién es.

El soldado sonrió como un estúpido.

—Iré por la llave —dijo.

Fue hasta la celda de James y volvió con otro soldado: era el mismo que me propinó el puñetazo. Me miró con desconfianza hasta que torcí la cabeza y sonreí. Las llaves tintinearon y la puerta se abrió.

—Muchas gracias —dije—. Tengo algo para ti.

Me arrimé al soldado de la llave y le planté un beso en los labios. Al separarnos, me dedicó una sonrisa. Fue su último gesto.

La espada zumbó dos veces, y los hombres se desplomaron en el suelo, boqueando sin poder gritar mientras se ahogaban con su propia sangre. En ese momento, los otros soldados salieron de la celda en la que estaban, alarmados por los gorgoritos de sus compañeros: uno desenvainó la espada y, en el descuido, el otro fue derrumbado de un empujón por James. Crucé un par de golpes con el primero y cayó de bruces, llevándose ambas manos a la tráquea perforada, igual que los anteriores. Entonces me apoyé contra la pared, con el pecho oscilando en una frenética respiración, y me fijé en mis enemigos, inertes sobre un creciente charco carmesí. A unos pasos, James estaba arrodillado encima del otro sujeto y forzó su cráneo hasta que le sonaron las vértebras. Aparté la mirada y vomité.




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