Supongo que grité, desesperada; pero si lo hice, no lo recuerdo. De pronto me encontré de nuevo sumergida en las nubes relampagueantes, aferrada precariamente al lomo de Tormenta mientras me maldecía por ser incapaz de dirigir nuestro vuelo. El grifo estaba herido y se desangraba por el costado, donde el dragón lo había atrapado con las garras, y por eso se dejó arrastrar por el viento indómito hasta que los deshojados árboles del Bosque Misterioso fueron visibles a nuestros pies. Torció las alas en un ángulo tétrico y acomodó el cuerpo para resistir el impacto. Las ramas estallaron y entrechocaron al clavarse contra su carne, como lanzas, y salí catapultada entre los despojos. Atravesé un matorral y di de lleno contra el fango. De inmediato, me contoneé y boqueé igual que aquellos desgraciados de las mazmorras, deseando inhalar, exhalar o lo que fuera. El golpe acababa de aplastarme los pulmones y todo lo que no fuera volver a llenarlos de aire perdió significado, aislándome del tiempo y el espacio.
Sin embargo, estos me reclamaron poco a poco, y a medida que mi pecho fue dejando paso a la sustancia congelada, esta me penetró como un cuchillo, devolviéndome a la conciencia del horror. Bajo el dosel del bosque no había el menor atisbo de la aurora, pero me abrí paso casi a rastras fuera del matorral, hundiendo los codos y las rodillas en el agua entintada que se encharcaba sobre la pasta de hojas muertas que hacía las veces de alfombra, y antes de darme cuenta acabé apoyada contra el grifo. Tal vez fuera por la conmoción del golpe, o porque el dolor por la terrible visión del chico perdiéndose en la oscuridad había formado un muro entre mi mente y los sentidos, pero de un modo salvaje e inarticulado, impronunciable, me parecía que aún podíamos hacer algo por James. Así que empujé al animal para que se pusiera de pie, insistente, hasta que al fin entendí que nunca volvería a levantarse. Derrotado bajo la lluvia, lo único que podía hacer era dar sus últimos respiros, a la espera de que toda la sangre se le fugara por las heridas. Y justo cuando esa terrible verdad lograba acoplarse a mis pensamientos, haciéndome inclinar la cabeza ante la realización de la futilidad, el sonido más espeluznante que escuché jamás se elevó por encima de los árboles. Varias trompetas que clamaban a la vez, respondiéndose con algarabía, casi cantando. Y debajo, en contrapunto, voces exaltadas que gritaban:
—¡Van en retirada! ¡No los dejen escapar! —y un sinnúmero de otras frases ininteligibles.
Me paré y corrí a su encuentro, o al menos lo intenté. La cara interna del muslo me escoció tanto que debí apoyarme contra un árbol para no volver a caer. Era evidente que no toda la sangre impregnada en mi falda era de Tormenta, y tuve que arreglármelas para recargarme lo menos posible sobre la pierna izquierda mientras nadaba entre las zarzas, dejando trozos de piel y cabello enganchados en las espinas, perdiendo trozos de vestido, el cual me volvía a acomodar al detenerme contra el árbol siguiente. Mientras tanto, el sonido continuaba creciendo en volumen, sumando matices. Al clamor de las trompetas y a los gritos de los soldados, se unieron el relincho de los caballos, el fragor de las espadas y el estallido de los escudos que volaban en añicos, así como el golpeteo de las botas haciendo reverberar el piso en un compás arrítmico, desordenado. Pronto, me pareció que aquellos combates se desarrollaban a mi alrededor y que me movía a contracorriente del ejército en desbanda, y me esforcé por distinguirlos en la penumbra.
—¡No se vayan! —logré pedir antes de volver a tropezar, y esta vez me fue imposible incorporarme de nuevo. Con el vestido hecho jirones y habiendo perdido tantos retazos de piel, no quedaba nada de la chica que acababa de caer desde las nubes. Solo una bestia estirando los brazos y arrastrándose con la inercia de una máquina, moviéndose con un deseo que desafiaba a la lógica; porque estuviera vivo o muerto, tenía que llegar a James antes que los Brendam. Pero ya fuera porque los hombres me habían pasado de largo, o porque la pérdida de sangre me nublaba otra vez los sentidos, no tardé en hallarme en el más absoluto de los silencios. En ese instante, cuando luchaba por levantarme del charco que amenazaba con convertirse en mi tumba, un rayo partió el cielo a la mitad y su luz iluminó el bosque entero, haciendo parecer que estaba esculpido en mármol blanco. Entonces los vi y ellos también a mí: dos soldados que bajaban por la colina solitaria empuñando sendas espadas. Estaba demasiado débil para resistirme. Antes de articular una palabra, me atraparon y me llevaron a cuestas, de vuelta por donde habían venido.
Lo próximo que sentí fueron unas manos femeninas, que me ayudaron a incorporar un poco la cabeza al tiempo que me acercaban un cuenco a los labios. De algún modo, acabé acostada en un lecho blando y calentito, alumbrada por la luz de un candil que se mecía en el techo, tan deslumbrante que no logré levantar los párpados para ver a mi benefactora. El agua me corrió al mentón por la comisura de la boca mientras algunos sorbos se filtraban a mi garganta, cuyas paredes parecían pegadas una a la otra, y no tardé en ladear la cabeza para toser, con mi esófago ardiendo igual que si me hubieran dado a beber ácido. En ese momento, la mujer me acarició el cabello y me ayudó a recostarme otra vez, susurrando palabras que no logré entender, como si estuvieran en un idioma todavía desconocido para mí, hasta que volví a quedar dormida. Y la escena volvió a repetirse un par de veces. En una ocasión, no sé cómo, estábamos sentadas una al lado de la otra, sobre el colchón, y ella me ayudaba a comer algo blando, quizás un puré o una avena, y a cada cucharada que lograba tragar, apoyaba la cabeza contra su hombro y ella estrechaba el abrazo, apoyando el cachete contra mi coronilla, hablándome con la cadencia de una madre recitando una nana. Y de haber tenido fuerzas, le habría devuelto el abrazo y en su gentil resguardo habría mantenido los ojos cerrados por el resto de mi vida, como una cría que ignora que algún día crecerá y se quedará sola ante la crueldad del mundo.
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Editado: 27.06.2026