El Reino en la Torre

19. El cuchillo en la oscuridad

Pero, como dije, en aquel momento no entendí casi nada. Antes de darme cuenta me encontré sola otra vez, hecha un ovillo sobre las mantas, indiferente al aire que se metía a la carpa, congelándome los pies y las manos. Estaba demasiado confundida y solo pensaba en hablar de nuevo con Lorena, que me explicara lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, nadie más se acordó de mí durante el resto de la jornada, así que permanecí a la espera mientras las sombras iban alargándose, anunciando el inminente regreso de la noche. No fue hasta varios días después que la volví a ver. Acababa de despachar a mis doncellas, y estaba de pie ante el alto espejo del rincón. En la habitación iluminada por el menguante crepúsculo enmarcado en la ventana, el vestido blanco se destacaba creando un precipicio donde delineaba mi contorno, dándome la sensación de que era lo único que existía en el mundo, a la espera con el cabello recogido y ceñido bajo el peso de la tiara. De repente, un rectángulo de luz apareció a la izquierda de mi reflejo y levanté la mirada.

—Hola, Madeleine —me saludó desde la puerta—. Vine a ver si estás bien. La ceremonia está a punto de empezar y hay mucha expectación: el salón rebosa de gente.

—Lo sé —dije—, bajaré enseguida. Solo me tomaba un momento para admirar mi vestido. Me siento un poco mal por usarlo. El color es adecuado, pero es demasiado bonito, ¿no lo crees?

—Claro, pero no estoy hablando de eso…

Un silencio incómodo se apoderó de la habitación y me crucé de brazos. Ahora que estábamos solas, las palabras se resistían a salir de mis labios. Pero, al final, lo hicieron.

—Tú sabías lo de mi padre —dije, sosteniendo la mirada al reflejo de Lorena—. Sabías que era el responsable por la muerte de los padres de Ariadna y por eso, antes de asaltar Camin Balduin, nos advertiste sobre lo peligroso que era enfrentar al rey Darbious. También sabías sobre el padre de James.

—Así es —dijo, con un dejo de cansancio en la voz.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Si lo hubiera hecho, no me habrías creído.

—Claro que no. James y yo habríamos adivinado el resto de tus mentiras y concluido que eras una traidora al servicio del rey de Sandmar.

—Pero no soy una traidora. Aunque mi deseo de conocerte no fue del todo genuino, mi afecto por ti sí lo es, e hice todo lo que estuvo en mi mano para protegerte… para protegerlos.

—No lo suficiente —dije.

—Es verdad —admitió—, y merezco que me odies por eso. Estás en tu derecho de juzgarme y aceptaré las consecuencias por lo que hice, sean las que sean. Pero si va a ser así, deberías conocer todos los detalles: hay más de lo que ya has deducido.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, volviéndome para mirarla a la cara. Lorena parecía agobiada por un peso igual de grande. Dio un par de pasos en la habitación y se sentó a los pies de la cama, donde alisó la falda de su vestido: el más bello que le vi lucir desde que la conocí, apretado en la cintura y largo hasta el piso, como era apropiado para una dama de la corte. Pero no vestía así por temor a desentonar: estaba mejor maquillada que nunca, y llevaba pendientes, brazaletes y anillos con el gusto de una mujer acostumbrada a lucirlos. En definitiva, daba la sensación de ser una persona totalmente distinta.

—En Londres, te mentí al sugerir que me fui de Dermorn porque tu padre planeaba expulsarme, aunque no dudo que habría hecho eso y más de haberme atrapado —dijo—. Fue Evangeline quien me sacó del castillo luego de descubrir que estaba espiando a Alexandre, y de obligarme a contarle todo lo que había averiguado: aunque yo tardé años en comprender su alcance, ella supo de inmediato el peligro que corríamos y me llevó a Francia, a la misma casa donde la conociste, por temor a posibles represalias. Y ahí permanecí hasta que el príncipe Eldrian llegó a pedirme ayuda para destruir la Torre Aura, de la que Darbious planeaba apoderarse para usarla como bastión inexpugnable desde el cual invadir Sandmar. Según me dijo, al destruirla cuando estuviera bajo su poder, Dermorn y sus aliados tendrían la oportunidad de hacerle la guerra de frente a Welindalia, de modo que ambos reinos se destruirían mutuamente sin comprometer a Sandmar, y su padre y él podrían despachar con tranquilidad a los traidores Eldor y Edwin.

—Pero, ¿cómo supo el príncipe de Sandmar que sabrías destruirla?

—Era él quien sabía hacerlo. Hace trescientos años, después de que Osric Everin desapareció quedando prisionero en su laboratorio, hubo una guerra civil entre los Everin que apoyaban al mago y aquellos que estaban en su contra, quienes se impusieron al final; pero algunos de los aliados de Osric lograron escapar a través de las montañas y cayeron en manos de los Brendam. Fueron los descendientes de estos Everin quienes los guiaron hasta Druimberslum siglos después, cuando el ejército de dragones estuvo a punto. El asunto es que, desde aquel momento, los Brendam adivinaron que solo un Deveraux podía destruir el hechizo, y que el secreto para hacerlo estaba en aquella fortaleza: por eso Darbious la tomó y cazó a los Everin que escaparon, pues quería evitar que tu padre lo averiguara también. Eldrian lo supo espiando a su hermana Adelia, con quien Darbious se casó para simular su alianza con el rey Eliandur. El problema es que, como yo misma le señalé en aquel momento a Eldrian, lo más seguro era que solo un heredero directo fuera capaz de romper el hechizo.

—Por eso decidiste usarme.




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