El Reino en la Torre

20. Eucronía

El salón del trono había sido limpiado desde el día de la batalla y ahora relucía adornado con los estandartes que brillaban contra las paredes a la luz de innumerables velas. Ahí, el escudo escarlata con las tres flores de lis doradas, de Dermorn, se veía acompañado por la insignia del tridente dorado sobre campo azur, del Reino Utópico de Sandmar, la del unicornio plata sobre sinople de la familia Castelbrick, y la del grifo plateado sobre campo púrpura de los Grisham. Mi padre, que hasta ese momento había permanecido sentado en el trono, se puso de pie al borde del altar y extendió la mano derecha para pedir silencio, a lo que siguió una breve fanfarria de trompetas. Ante él, la gente venida de cada rincón del país, ataviada con sus mejores galas, se contaba en varios centenares.

—Buenas noches, y bienvenidos —dijo, y su voz reverberó entre las columnas—. Hoy es un día emotivo; para festejar, pero también para reflexionar: por eso seré breve. Como muchos ya saben, en cuanto se lleve a cabo en el palacio de Arshivan el juicio contra los traidores Eldor y Edwin, el rey Eliandur llegará desde Sandmar para pactar una alianza de paz entre ambos reinos. Además, esta mañana llegó un mensajero trayendo consigo una carta sellada y firmada con la rendición oficial de Welindalia, y anunciando la pronta llegada de embajadores a Dermorn. Como su rey Darbious está muerto, y el príncipe Andretious permanece prisionero en las mazmorras de Camin Balduin, a los Brendam no les ha quedado más opción que dar del brazo a torcer para liberarlos a él y a las tropas que rindieron el castillo, que de momento permanecen trabajando en campos forzados en Villa Encanto, reconstruyendo aquello que arruinaron durante la guerra. Así que no es ningún secreto que todavía queda mucho trabajo por hacer.

»Pero no fue para hablar de esto que los convoqué; pues, si todo sale bien, tendremos tiempo para discutirlo más adelante. Ahora que el clamor de las espadas se calló, y que las piras de los valientes caídos han ardido, me parece que les debemos un homenaje a todos los héroes que contribuyeron a devolvernos la libertad: primero a los que ya no están, cuyos nombres mi hijo Galadrius procederá a leer, y luego a los que todavía viven y merecen un agasajo.

Entonces, las trompetas volvieron a sonar. Galadrius se adelantó a la derecha de mi padre, manteniendo un largo pergamino extendido entre las manos, y comenzó a recitar nombres. Los pronunció haciendo una pausa de varios segundos entre uno y otro: primero el nombre y el apellido, luego el rango y por último el país al que servían. El momento más triste fue cuando se nombró a los caídos que estaban bajo el estandarte de la Torre del Abismo: dos tercios de los jinetes que habían llegado para ayudarnos en el asalto a Camin Balduin, perecieron aquella noche; incluido Clive Ardream. Pero lo conmovedor era que la amplia mayoría no tenía rango: habían venido simplemente a ayudar a los amigos de su señor, James Grisham; y casi todos eran doncellas. Los sollozos y llantos contenidos, así como los lamentos quedos, se multiplicaron entre la multitud durante la pausa entre nombre y nombre cuando Galadrius llegó a ellas. No solo de sus parientes, que estaban casi todos, sino entre los caballeros y las damas de Dermorn y Castelburgo, que apretaban los puños y ocultaban sus rostros humedecidos con una mezcla de pena y vergüenza. Y aún después de que mi hermano llegó hasta el final de la lista, lo que le llevó una hora, hubo que darle a la gente tiempo para recomponerse antes de continuar la ceremonia.

Pero pronto el ambiente se volvió un poco más ameno. Galadrius extendió otro pergamino, del que pronunció nuevos nombres. Y a cada uno que pronunciaba, la multitud se hacía a un lado para permitirle el paso al interpelado a los pies del altar, donde intercambiaba unas palabras con el rey. Recibía algún título como recompensa por el valor, para lo cual era ungido con la ceremonia de la espada; o recibía alguna medalla o trofeo que le era alcanzado por una doncella antes de volverse para saludar y fundirse de nuevo con la multitud. La lista de los que fueron llamados fue larga, y sería tedioso mencionarla aquí. Los más destacados fueron familiares de los caídos —hermanos, padres, hijos o viudas—, mi tío Philip, que fue agasajado con infinidad de regalos, y todos los jinetes de grifo sobrevivientes de la Torre del Abismo. Entre ellos se encontraba Oliver, que fue armado caballero de Dermorn, y Bianca, que desde hacía un par de días se había convertido oficialmente en su novia. Ella recibió dos medallas: una por su valor y otra por el de su hermano Marcus, que se encontraba entre los caídos; y Oliver tuvo que volver desde la multitud para llevársela de vuelta consigo, pues no fue capaz de contener el llanto y se quedó encorvada ante mi prima Catherine, quien no estaba menos conmovida.

Porque Catherine era la doncella que entregaba las medallas labradas a orden de mi padre, ocupando el que debió ser mi lugar, pues la ceremonia estaba bastante avanzada cuando decidí unirme a ella. En lugar de dar la vuelta para entrar por detrás del trono, decidí acercarme por la puerta principal. Detuve con un gesto de la mano al heraldo que, de pie a un lado, se llevaba la trompeta hasta los labios para anunciar mi entrada, y me quedé parada junto al marco, mirando a mi padre desde el final de la multitud. Habría querido plantarme frente a él y desenmascararlo ante la corte de una vez por todas, pero de pronto decidí que no podía precipitarme, que debía esperar la oportunidad; así que me quedé quieta y observé, temblando ante la anticipación del momento. La oscuridad se había venido conmigo desde la torre: impidió que me conmoviera por las genuinas muestras de dolor de la gente al oír los nombres de los fallecidos, y me revolvió las tripas con asco al escuchar los aplausos y las trompetas en honor de los valientes. Fui como una pantera agazapada en el rincón, con los ojos destellando en las sombras, lista para lanzarse sin piedad sobre el incauto. Pero tanto me abstraje de los que me rodeaban, que luego casi no escuché mi nombre cuando Galadrius lo pronunció:




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