Elena
Elena se alegraba de poder ayudar a su padre, por más que le doliera en el fondo, nunca pudo ser una mala persona, ni con él ni con nadie, sabía que todos pagaban por sus errores y pensaba que en otra vida había cometido muchos y su buen corazón en esta vida lo estaba compensando. Era más feliz allí en ese otro mundo que lo que nunca fue en el castillo, no tenía una mala vida pero se cansó de estar escondida, culpo muchos años a su padre por eso pero al fin lo acepto, al ver las cosas que pasaban en ese otro lugar pudo comprender más, lo entendía a su manera, y adoraba con todo el alma a su hermana, ella no tenía la culpa y le dolía por lo que estaba pasando, a un alma tan pura no debía pasarle esas cosas, no le deseaba algo así a nadie, ni a si enemigo si es que tenía uno.
Todos esos años se encargó de enviarle cartas a su hermanita, junto con dinero para que tuviera una vida sin problemas, hasta cierto punto, sabía que no lo estaría pero era lo mejor que podían hacer, si se hubiese ido a vivir con ella de seguro estarían en peligro de muerte, o ya muertas las dos, podían rastrear su magia, cuando le colocaron a Adriana un sello fue más fácil de lo que pensaba, estaba muy pequeña y no sabía cómo controlarla, así que se les hizo fácil retenerla.
Desde que se alejó de todos lloraba todas las noches, después lloraba todas las semanas, cada vez que tenía que enviar una carta a su hermana haciéndose pasar por su abuela, una carta con muchas mentiras escritas, las mentiras que ella vivía le dolían, estaba segura que necesitaba a su familia, ella que era mayor y todavía necesitaba y anhelaba una familia, se deprimía pensando en todo lo que quería para su hermana pequeña, el mejor regalo que había tenido en su vida y estaba sufriendo, había algo en su corazón que se lo decía, muchas veces se decidía, se rendía y estaba a punto de salir a buscarla cuando se acordaba porque estaba pasando todo eso y es cuando más lloraba, por ella, por su padre, por todo y por todos. Debía ser fuerte por ella. Muchas noches soñaba con tenerla de vuelta y protegerla.
Y al recibir un mensaje de su padre lloro porque ahora estaría más cerca de ella, así tuviera que esperar, mejor esperar un poco más que perderla para toda la vida, no lo soportaría. Sabía que las cosas no estaban bien en el reino y que era una de las pocas esperanzas que tenía su padre, y siempre lo respeto y lo quiso, por eso aguantaba cualquier decisión que él tomaba.
- Amor ¿Dónde estás? – Le dijo Edwin desde el piso de abajo.
Lo conoció cuando llego a ese lugar y desde ese momento él siempre estuvo con ella, apoyándola y ayudándola en todo, el creyó que huía de su hogar porque había sufrido mucho, así que nunca tuvo que contarle la verdad de todo su mundo, el nunca insistió y ella le agradecía todo, era muy bueno con ella.
- Aquí estoy, en el salón de música – grito mientras se sentaba en el banco del piano para que creyera que estuvo tocando. Se limpió las lágrimas antes de que el abriera la puerta
- Adivina a quien me encontré.
- ¿A quién, querido? – dijo forzando una sonrisa.
- ¿Qué paso? – le pregunto serio, la conocía tan bien.
- Oh, nada, mi hermana está enferma.
- ¿Pero es muy grave?
- No, ya sabes que soy muy sensible – lo dijo limpiándose el rostro y caminando a la puerta.
Estaban caminando por el pasillo de camino a las escaleras.
- ¿Me dirás a quién te encontraste?
- Bueno, es más, quien me encontró a mí.
- Que tanto misterio, dime que me pongo nerviosa.
- El dueño de la mejor discográfica del país.
- ¿Qué quién?
- Como escuchas, estaba comprando las nuevas cuerdas para la guitarra –dijo levantando la bolsa que cargaba en las manos - cuando empieza a preguntarme si toco o canto.
- Eso es genial.
- Entonces me dio su tarjeta, luego vino Jesús corriendo para que le comprara una batería pequeña y él se despidió de mí. Me dijo que esperaba mi llamada.
- Whooo, eso es SORPRENDENTE.
- Y que lo digas, preparare una canción, por si me dice que toque algo o yo que sé.
- Vamos, hazlo – dijo emocionada, con una sonrisa no fingida.
Se escuchó los pasos apresurado del pequeño subiendo las escaleras.
- Mami, mami ¿me compras una batería?
- Si me prometes que la cuidaras.
- Lo prometo mami.
- Ve y lávate las manos para que comas, hijo.
El niño de cuatro años corrió como un rayo a lavarse las manos, dejando a sus padres hablando.
- Edwin, pronto tendré que hacer un viaje, uno largo.
- Está bien – dijo entendiendo lo que ella no quería decir – ¿Cuantos días duraras?
- No lo sé, por eso debes vigilar al niño en todo momento ¿O mejor me lo llevo?
- ¿Qué dices Elena? él estará bien, no te preocupes.
- Eso espero, los bebes necesitan de su mama.
- No seas tan protectora, nuestro retoño es muy independiente.
- Bueno, cambiando de tema ¿Vas a cenar?
- Todo lo que sea contigo, lo hare.
Rieron tiernamente y bajaron a comer, con el niño saltando detrás de los dos alegre, moviéndolas manos de un lado a otro para secarlas.
Esa noche la paso en vela, mirando al cielo nocturno con las estrellas y la luna llena. Lloro en silencio, hasta que no pudo derramar más lágrimas. En algún momento su pareja la abrazo por detrás y eso la reconforto, estuvieron sentados juntos y abrazados por minutos, en completo silencio.
- Vamos a dormir – dijo el al rato.
Ella solo asintió y los dos caminaron agarrados de la mano a la cama, y durmieron abrazados.
Despertó temprano y bajo para hacer el desayuno, mientras se calentaban los panes de sándwich fue y despertó al niño para alistarlo. Cuando ya tenía todo listo subió para despertar a su esposo.
- Cariño, ya casi es la hora y tienes que llevar al niño.
- ¿Qué espíritu eres y por qué me despiertas? – dijo el en broma estirándose y sentándose en la cama – Ah, solo eres tu – le dijo y la jalo con él a la cama.