El Reino Olvidado

Capitulo 16

Había pasado una semana desde que Adán se había marchado y por más que se sintiera cómoda y protegida por Elena no negaba que el miedo estaba allí. El primer día que llego allí y su hermana la abrazo sintió una sensación de estar en casa, que podía tener la plena confianza en ella, la pasaba bien, ella no paraba de demostrarle afecto y la mimaba sin importar si la recordaba o no, se trató de poner en su lugar y entendía que no solo ella sufría por esa situación, el día anterior le había dicho que intentaba con todas sus fuerzas quererla como ella demostraba hacerlo pero que le costaba, entonces su hermana entro a su habitación y un minuto después salió con una caja metálico, dentro había un centenar de cartas escritas a mano.

- Te escribía una carta cada mes, a veces por semana y las guardaba con la esperanza de que alguna vez las leyeras – Dijo entregándole una caja donde las mantenía guardadas.

Ella no le había respondido nada, vio la caja, las cartas y las fechas de cuando fueron escritas, luego pensó en su mayor sueño “Tener una familia” y viendo que la tenía pero no la recordaba la destrozo más, abrazo a su hermana y camino a la habitación, paso el resto del día allí llorando en silencio y cuando tocaban a la puerta se hacia la dormida.

Paso parte de la noche en vela viendo cada una de las cartas pero sin leerlas, extrañando cosas que no conocía, todo en la casa estaba en silencio y oscuro, menos la habitación donde se encontraba, que al estar en la planta de abajo no molestaba a los que allí vivían. Con el estómago rugiendo en protesta por no comer en casi todo el día fue a parar a la cocina y en la nevera había un plato de comida, una nota debajo decía que era su cena, así que la saco y se la comió fría como estaba, cuando estaba lavando el plato escucho pasos en la escalera y después a su hermana atravesando la puerta de la cocina.

- Hola – sonrió adormilada

- Hola.

- ¿No podías dormir?

- No – agacho la cabeza como niño descubierto en plena travesura.

- Yo tampoco, vine a tomar agua.

- Yo comí.

- Mi niña, no te mates de hambre – dijo con voz suave.

Se bebió un vaso de agua, le dio un beso en la frente y se fue dejándola sola, ella volvió a la cama y tomo todas las cartas, las ordeno por fecha, poniendo la más vieja encima de todas las demás.

La primera carta escrita sería la primera leída.

Todas las noches antes de acostarse a dormir leía una, para luego guardarla media hora después, todas las mañana se levantaba temprano y le pedía a su hermana que le enseñara como hacer magia, esta le enseño más de lo esencial porque ella era muy buena en eso, y era la única manera de dormirse a la hora, agotada de tanto esfuerzo.

Por todo lo que le decía ya quería conocer a ese mundo al que pertenecía, pero todavía no era el momento, Adán volvería con más guerreros enviados por el rey para escoltarla sana y salva al castillo, ya no se sentía en su hogar, se sentía desconocida y fuera de lugar, por mucho que lograra ignorar echaba de menos a la persona que en los últimos días la hizo sentir bien, no sabía nada de Adán y el nerviosismo crecía.

Una noche después de cenar subió a la sala de música y toco una melodía en el piano que escuchaba en su cabeza, una y otra vez hasta que estaba completamente grabada en su cerebro, como si lo recordara de siempre, de repente una sensación la inundo y sintió anhelo pero no sabía porque o hacia quien, se quedó demasiado tiesa por un momento agudizando el oído, luego un mal presentimiento y sus piernas caminaron por si solas, bajando las escaleras hasta la sala.

Unos pasos que venían de la parte trasera de la casa la alerto y vio a tres hombres caminando apresurados por el pasillo hasta el sofá, sus ojos dejaron de ver cuando se percató quien era el herido, con paso cauteloso se fue acercando, su hermana le dijo algo que ella no podía escuchar y creyó sentir un inmenso dolor.

- ¿Qué le paso? – miro a los dos desconocidos aguantando las ganas de llorar, ellos agacharon la cabeza – Dime, te lo suplico ¿Quién le hizo eso?

- Traidores – solo dijeron eso y se apartaron.

Elena caminaba con prisa hasta donde estaban con una jarra llena de agua y un trapo en la otra mano, con un poco de fuerza rompió su camisa y trato de limpiar alrededor de la daga.

- Yo lo curo, se hacerlo – suplico a su hermana con los ojos bien abiertos.

- Cálmate Adriana – sintió a los hombres tensarse al escuchar el nombre pero los ignoro - podría estar envenenada – lloro sin darse cuenta con el corazón roto.

- Eso crees…

- Es solo sospecha, necesito tu ayuda pero debes calmarte.

- Está bien, lo hare - dijo firme secándose las lágrimas.

Vio a su hermana trabajar con prisa y con mucho cuidado, tratando de no tocar la daga, el yacía desmayado en una posición un poco incomoda pero tenían miedo a moverlo, su hermana la miro y luego a la espalda de Adán, rodeo el mango con sus dedos y respiro profundo.

- ¿Preparada? – le dijo mirándola y volteo a verlo después que ella asintió.

De un tiro saco la daga y donde antes estuvo empezó a brotar sangre, ella se acercó y puso sus manos con mucho cuidado y la corriente la familiar paso por su cuerpo para luego perderse, viendo la herida cerrar lentamente hasta que solo se notó una fina línea rojiza.

Su hermana apretó su hombro y luego camino a la cocina, pudo escuchar cuando un ruido metálico sonó en la papelera. Adán se removió y abrió los ojos, cuando sus miradas se encontraron le sonrió.

- Debemos buscar un antídoto por si la daga estaba envenenada…

- No se preocupe por mí, princesa – dijo con dificultad – Si ese fuera el caso ya estaría muerto.

- ¿Te sientes bien? – dijo Elena.

- Ahora estoy mejor, gracias – cerro los ojos y se quedó dormido.

Elena se llevó a los dos hombres a la cocina para hablar con ellos y ella aprovecho para acercarse a él y acaricio su cabello alborotado.




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