Tanta felicidad no cabía en su pequeño cuerpo, todo lo que había deseado esos años estaba justo en frente, nadie podía arrebatarle eso por nada del mundo, por mucho que lo intentara. Allí estaba envuelta en brazos desconocidos y a la vez tan conocidos para ella, las lágrimas no brotaron más de sus ojos, que mejor que lo que estaba viviendo en ese momento.
Cuando cruzo la barrera sintió como si tuercas en su cabeza que tenían años sin funcionar volviera a su trabajo y miles de imágenes ya conocidas pasaron por sus ojos, pero como todo fue tan repentino su cabeza dolió hasta hacerla desmayar. Para despertar al lado de un ángel, y ese ángel le dijo que llegarían pronto y vería a su familia, aquella que pensó que no tenía.
El resto del camino la paso hablando con ella y contemplando en mundo tan diferente de donde antes estuvo, un mundo con colores vivos donde reinaba la naturaleza.
El corazón quería salirse de su pecho pero lo dejo latir, así se sentía viva, al fin. Esa noche cenaron todos juntos y teniendo la presencia de Adán cerca se sintió más cómoda, el lugar era espectacular, las cosas parecían de oro y plata con incrustaciones de rubís y esmeraldas, daba la sensación de ser un lugar seguro por la cantidad de guardias que vio en todo el recorrido a la habitación que tenían para ella, pero era un sitio tan grande que tuvo miedo de no recordar el camino.
Todos estaban con sonrisas en el rostro o se sentía la alegría en sus expresiones despreocupadas, algunas mujeres muy hábiles le sirvieron comida en los platos y jugo en el vaso, las tela de mantel era perfecta, los platos bellos y los cubiertos de plata con el mango terminado en coronas, se sentía como en un sueño, pero dado que la mayoría de los sueños que tenían eran pesadillas le parecía más real eso, o tal vez había muerto ya.
- ¿Cómo te sientes, hija? – le pregunto su madre Lena con el rostro lleno de amor.
- Estoy mucho mejor – le respondió con una sonrisa – Gracias – y siguió viendo toda la comida que allí se encontraba.
- Estoy feliz de que al fin estés compartiendo con nosotros – dijo su padre alzando el pecho con orgullo.
- Yo también – Y le sonrió a él pero después su mirada fue a donde se encontraba Adán – Es como tanto lo desee, mejor que eso.
- Mi niña – dijo su hermana – Si te llegas a sentir incomoda me dices – ella asintió y agarro algo rojo de un plato para probarlo.
- Adán – dijo tratando de que los demás no lo notaran – ¿Ya probaste esto? – señalo para que el supiera de lo que hablaba.
El sonrió y asintió agarrando un poco para él y metiéndose un bocado, todos comieron animadamente, vio cuando su padre le preguntaba cosas a Adán pero no escuchaba nada que fuera las mordidas que daba a los platos exquisitos que se encontraban allí, no se dio cuenta que estaba ignorándolos hasta que le tocaron el hombro, volteo y se encontró con la mirada preocupada de su madre.
- ¿Te encuentras bien?
- Si ¿Por qué?
- Estábamos preguntándote si ya quieres ir a descansar, para acompañarte…
- Ah, si – se levantó de la silla – Ya estoy llena.
Caminaron por los pasillos y la llevo a otros lugares antes de dejarla en su habitación, fue amable con ella y parecía que ella también la espero por muchos años, su madre era joven y hermosa y trato de conseguir algún parecido pero sin éxitos.
- Eres muy bella – le dijo sorprendiéndola – Yo no me parezco en nada a ti.
Su madre solo sonrió y la abrazo, la hizo caminar por otro pasillo y en un minuto después hablo.
- Te pareces a mí y a tu padre, eres perfecta mi pequeña.
Luego sin pronunciar más palabras la detuvo en una puerta de madera.
- Esta es tu habitación, tus cosas ya estan dentro.
- Buenas noches, mama – se despidió de ella dándole una sonrisa y un abrazo.
Cuando ella se fue por el pasillo a la derecha cerro por completo la puerta y volteo para contemplar su habitación, tan majestuoso como todo en aquel lugar, una casa cabía en todo ese espacio y sin contar las dos puertas que había en la pared de la derecha, una para el armario y la otra para el baño. No había bombillos ni parecía haber interruptores allí pero todo estaba perfectamente iluminado.
El piso de alfombra roja y dorada se sentía cálido en sus pies, las pesadas cortinas también rojas iban desde el techo hasta el piso, tapando los grandes ventanales que tenía la pared de enfrente, haciendo que nada de los dos lados se pudiera ver, la cama era tan grande que podían caber veinte personas y todavía sobraría espacio, estaba perfectamente ordenada, con sábanas blancas y una cobija gris.
A cada lado de la cama había mesitas de noche y encima objetos que antes le pertenecieron, cosas personales. Paseo de un lado a otro viendo todo a su alrededor, las paredes forradas con papel tapiz se veían de maravilla, en su armario había un espacio donde estaba toda la ropa que trajo consigo y el resto montones de vestido de todos los colores, texturas y telas, estaba dividido en dos partes, cuando volteaba a su espalda había cantidades de zapatos de todos los colores. Sitiándose un poco sofocada entro al baño y lo primero que vio fue piedra lisa blanca, una tina bañada en plata y muchas cosas más bellas, la inquietud creció y un deseo de salir de allí la inundo.
Cerro la puerta detrás suyo y camino al pasillo, este se encontraba silencioso y solitario a excepción de los guardias parados a cada lado de la puerta, cayó en cuenta que no sabía a donde quería ir exactamente, estaba retrocediendo para cerrar la puerta nuevamente, pero decidió preguntar.
- Buenas noches – los guardias hicieron una reverencia.
- ¿Qué necesita, princesa? – dijo el más alto.
- ¿Adán? ¿sabes dónde está su habitación? – el levanto la miraba y después le hizo una seña para que lo siguiera.
Cinco minutos pasaron recorriendo pasillos más pequeños hasta una puerta de madera de la mitad del tamaño que la de su habitación. El guardia se quedó al lado de la puerta y ella toco dos veces, pensó en regresar y descansar un poco pero necesitaba su presencia. Escucho pasos y espero, la puerta se abrió y apareció Adán, en ropa cómoda y con expresión sorprendida cuando la vio. Sonrió diciendo.