El bosque repetía los nombres de los muertos.
Los pronunciaba despacio, con voces que no siempre parecían humanas. Algunos surgían del roce de las ramas. Otros descendían con la nieve o se arrastraban bajo las raíces, como si la tierra aún conservara las bocas de quienes habían sido enterrados allí.
Aren había aprendido a no escucharlos.
Mantuvo la espalda apoyada contra el tronco de un abeto y contó mentalmente hasta siete. El corazón golpeaba con fuerza debajo de su armadura, pero su respiración permanecía controlada. Una nube blanca escapó entre sus labios y se disolvió en la oscuridad.
A su alrededor, el Bosque de los Ecos aguardaba.
No soplaba viento.
No se oían aves.
Ni siquiera la nieve se atrevía a caer.
Aren cerró los ojos y reconstruyó el terreno en su cabeza.
Había ingresado por el sendero oriental hacía poco más de una hora. Primero había atravesado la zona de árboles marcados por la Orden. Después cruzó un arroyo congelado y encontró una torre de vigilancia destruida. Desde allí había continuado hacia el norte, siguiendo las señales grabadas en las piedras.
El claro debía encontrarse cerca.
Allí estaría la espada.
Y también aquello que el bosque hubiera elegido para impedirle recuperarla.
Aren abrió los ojos.
Entre los árboles se desplazó una sombra.
Su mano derecha descendió hacia una de las dos espadas cortas que llevaba en la cintura. No la desenvainó. En aquella parte del bosque, el sonido del metal podía viajar más lejos que una voz.
Sobre su cabeza, las ramas crujieron.
—Aren.
Ella no reaccionó.
La voz provenía de su izquierda. Era femenina, cálida y desconocida. Aun así, algo en su interior se contrajo al escucharla.
—Aren, esperá.
La joven abandonó el refugio del árbol y avanzó.
Las botas se hundían apenas en la nieve. Había envuelto las hebillas y las placas de su armadura con tiras de tela para impedir que chocaran entre sí. El cabello negro, cortado por encima de los hombros, se adhería a su frente por el sudor. Uno de sus ojos examinaba las sombras con un brillo gris; el otro, ámbar, parecía recoger la escasa luz del bosque.
—¿No vas a mirarme?
Aren continuó avanzando.
La Orden le había enseñado que los Ecos necesitaban atención para adquirir forma. Al principio eran únicamente sonidos, reflejos o movimientos. Si lograban despertar una emoción, entraban en los recuerdos de su víctima y encontraban allí un rostro.
Después ya no bastaba con cerrar los ojos.
Un susurro surgió detrás de ella.
—Hija.
Aren se detuvo.
El bosque pareció acercarse.
Las ramas se inclinaron, los troncos se apretaron y el sendero desapareció bajo una sombra más espesa. Sobre la nieve surgieron unas huellas descalzas.
Aren conocía las reglas.
No responder.
No seguir voces.
No creer en ningún rostro.
No pronunciar un solo sonido.
La última regla era la más sencilla.
Jamás había pronunciado ninguno.
Las huellas rodearon el árbol y se detuvieron frente a ella.
Una mujer emergió de la oscuridad.
Tenía el cabello negro, la piel morena y los ojos de Aren. No uno de ellos, sino ambos: el izquierdo gris y el derecho ámbar. Vestía una capa roja cubierta de nieve y llevaba un corte profundo en la garganta.
Aren sintió que su mano se cerraba alrededor de la empuñadura.
Nunca había visto a su madre.
No conservaba ningún recuerdo de ella ni sabía si continuaba viva. Durante años había imaginado distintos rostros para llenar aquel vacío. A veces soñaba con una guerrera. Otras, con una viajera que la había perdido durante una tormenta y seguía buscándola.
Cuando era niña, llegó a imaginar que su madre tampoco tenía voz y que ambas pertenecían a un pueblo donde las personas hablaban con las manos.
Varka había terminado con aquellas historias.
Te abandonaron en la montaña, le explicó una noche. Eso es todo lo que necesitás saber.
La mujer del bosque sonrió.
—Mirá cuánto creciste.
Aren levantó la mano izquierda.
Extendió dos dedos, los llevó hacia sus ojos y después señaló el suelo.
No sos real.
La mujer inclinó la cabeza.
—Varka te enseñó bien.
Aren reanudó la marcha.
—Pero nunca te contó por qué te dejé.
El paso siguiente le resultó más difícil.
El Eco caminó a su lado sin dejar huellas nuevas. Cada vez que Aren lo miraba de reojo, su rostro parecía más definido.
—No llorabas —continuó—. Los otros niños lloraban cuando tenían frío, hambre o miedo. Vos no. Abrías la boca, pero ningún sonido salía de ella.
Aren apretó la mandíbula.
—Pensé que estabas vacía.
Las palabras le rozaron el cuello.
La marca oculta bajo su ropa comenzó a arder.
Aren aceleró el paso.
—Por eso te dejé sobre la nieve.
La joven desenvainó una espada y la clavó en el rostro de la mujer.
El cuerpo se abrió como una cortina de humo. Durante un instante no hubo carne ni huesos, únicamente una silueta negra atravesada por el metal.
Entonces el Eco volvió a formarse al otro lado de la hoja.
—¿Creés que una espada puede matar lo que ya llevás adentro?
Aren arrancó el arma de la sombra y continuó.
No estaba vacío su interior.
Podía sentir miedo, aunque la Orden le hubiera enseñado a ocultarlo. Podía sentir rabia, incluso si jamás la expresaba a gritos. Podía recordar la mano de Varka sujetando la suya cuando aprendió las primeras señas.
No necesitaba voz para demostrar que existía.
La mujer la siguió.
—Nunca vas a ser una guerrera.
Aren apartó una rama.
—Cuando te miran, ven un error.
Saltó sobre un tronco caído.
—Cuando hablan delante de vos, creen que no comprendés.
Descendió por una pendiente.
—Varka solo te conserva porque todavía espera convertirte en algo útil.
Editado: 17.08.2026