El Reino Que Se Olvidó De Los Dragones

CAPÍTULO 2: LA CACERÍA

La alarma sonó antes del amanecer.

No fueron las campanas de las torres. La Orden jamás utilizaba campanas para advertir un peligro: su sonido viajaba demasiado lejos y permitía que el enemigo supiera que había sido descubierto.

En su lugar, alguien golpeó tres veces las tuberías de hierro que recorrían la fortaleza.

El primer impacto despertó a los guerreros.
El segundo ordenó cerrar todas las entradas.
El tercero anunció que se había derramado sangre.

Aren ya estaba despierta.

Permanecía sentada sobre la cama, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas recogidas. Había pasado la noche contemplando la escama azul.

La guardaba dentro de una bolsa de cuero que sostenía entre las manos. Incluso a través del material podía sentir su calor, constante y tenue, semejante a un corazón que se negara a detenerse.

No había vuelto a escuchar la voz.

Aren ni siquiera estaba segura de haberla oído realmente. Quizá la escama le había transmitido una impresión, algo parecido a las imágenes que aparecían al tocar un cristal de eco. Tal vez la palabra había nacido de su propia mente.

Encontrame.

No había sido un sonido. Tampoco un pensamiento.

Había sido una necesidad ajena instalada dentro de ella.

Los golpes resonaron nuevamente.

Aren se puso de pie.

Se vistió con rapidez, ajustó las espadas cortas a la cintura y ocultó la bolsa debajo de la camisa. La escama quedó apoyada contra la piel, justo debajo de la clavícula.

Al entrar en contacto con su cuerpo, la marca de su garganta emitió una pulsación de calor.

Aren apretó los dientes.

Nada más sucedió.

Salió al corredor.

Las puertas de los dormitorios se abrían una tras otra. Guerreros y aprendices avanzaban en silencio hacia el patio central. Algunos terminaban de abrocharse las armaduras mientras caminaban. Otros se comunicaban mediante señas rápidas.

Ataque.

Puesto oriental.

Supervivientes desconocidos.

Aren siguió al grupo.

En el patio, la nieve caía a través de la abertura superior de la montaña. Las antorchas habían sido reemplazadas por lámparas de cristal, cuya luz blanca no producía humo. Bajo ellas esperaba un soldado que no pertenecía a la Orden.

Llevaba el uniforme verde y gris de los Vigilantes de Karvath. La tela estaba rasgada sobre el pecho y uno de sus brazos permanecía inmovilizado dentro de un cabestrillo. Tenía sangre seca en el cabello y una marca oscura alrededor del cuello.

Parecía haber corrido durante horas.

Varka se encontraba frente a él, acompañada por seis oficiales. Letha estaba cerca de la armería junto con las demás aspirantes.

Cuando vio a Aren, levantó una mano.

¿Estás bien?

Aren asintió.

¿Y vos?

Letha movió la pierna que había quedado atrapada en el hielo.

Dolorida. Viva.

Después observó a Varka.

Dicen que una criatura atacó el puesto de Kallin.

Aren conocía el lugar. Se encontraba al otro lado del paso oriental, a medio día de viaje de la fortaleza. Los Vigilantes lo utilizaban para controlar el movimiento de comerciantes y advertir sobre avalanchas.

¿Qué clase de criatura?

Letha negó con la cabeza.

El soldado habló, pero la distancia y las voces superpuestas impidieron que Aren entendiera todas sus palabras. Se abrió paso entre los guerreros hasta situarse más cerca.

—…salió de la montaña —decía el hombre—. No la vimos llegar. Las cadenas se rompieron y después todo comenzó a arder.

Uno de los oficiales de la Orden levantó las manos.

¿Fuego?

—No exactamente. La piedra se volvió líquida. Las paredes… cambiaron. Era como si la torre estuviera derritiéndose sin calentarse.

Varka mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Cuántas personas había en el puesto?

—Doce.

—¿Cuántas sobrevivieron?

El soldado miró el suelo.

—Cuando escapé, todavía escuchaba a dos.

—¿Y la criatura?

—Se dirigió hacia el oeste. Después regresó. No sé por qué.

Aren sintió que la escama se calentaba.

Varka debió notar su reacción, porque dirigió la mirada hacia ella.

La joven cruzó los brazos, ocultando el lugar donde llevaba la bolsa.

—¿Podés describirla? —preguntó la comandante.

El Vigilante tardó en responder.

—Grande.

Uno de los oficiales hizo un gesto impaciente.

¿Un oso? ¿Un felino de nieve? ¿Un reptil?

—No lo sé. Había demasiado humo.

—Pero la viste.

—Vi sus ojos.

El soldado se llevó una mano al cuello, como si la marca oscura volviera a doler.

—Eran azules.

Un murmullo recorrió el patio.

Varka levantó la mano y el silencio regresó.

—¿Algo más?

—Tenía alas.

La escama palpitó contra el pecho de Aren.

No podía ser un dragón.

Todos los niños de Valdaryn conocían la historia de su extinción. El Primer Héroe había derrotado a la última de aquellas criaturas durante la Guerra de las Lenguas. Sus restos descansaban debajo de Eldara y demostraban que la humanidad había conseguido sobrevivir a su tiranía.

Cada año, la Orden conmemoraba aquella victoria quemando una figura construida con ramas.

Aren había visto ilustraciones de dragones en los libros. Bestias enormes, de ojos rojos y fauces cubiertas de sangre. Algunas aparecían encadenando personas. Otras descansaban sobre montañas de huesos humanos.

Nunca había visto una escama azul en ninguno de aquellos dibujos.

—¿Un dragón? —preguntó alguien.

Varka se volvió hacia quien había hablado.

—Los dragones están extintos.

No alzó la voz.

No fue necesario.

—El puesto fue atacado por una criatura todavía no identificada —continuó—. Hasta que tengamos pruebas, nadie repetirá historias destinadas a provocar pánico.



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En el texto hay: fantasia, magia, dragones

Editado: 17.08.2026

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