El Reloj De La Distancia

X. Mucho sudor para tan poco honor

El aire limpio de la mañana se extinguió de golpe en cuanto Marco cruzó el portón de la desposta dora. El olor a sangre fría, desinfectante barato y aserrín húmedo le golpeó la cara como un puño. Ya estaban operando a toda máquina.

Mientras apresuraba el paso entre los rieles del techo, Damián apareció arrastrando una carretilla cargada con vísceras. Tenía los brazos manchados de rojo y el rostro pálido. Al ver a Marco, frenó en seco y lo miró con los ojos abiertos, inyectados en pánico.

—Ten cuidado con la patrona —le susurró, arrastrando las palabras con miedo—. Anda de un humor de perros y lo primero que hizo fue preguntar por ti. Te quiere en la oficina de control ahorita mismo.

Un frío helado, más cortante que el hielo de las cámaras frigoríficas, le recorrió la espina dorsal a Marco. Una presión invisible pero asfixiante se le instaló en el pecho, impidiéndole llenar los pulmones. Tragó saliva, intentando limpiar el sabor a óxido de la boca, y entró a la oficina de vidrio que dominaba el galpón.

La mirada de la señora, afilada como las cuchillas de despostar, lo clavó en el sitio. Sin rodeos, le señaló una silla plástica con un gesto tosco y violento.

—Siéntese, Marco —ordenó con una voz chillona que vibraba con desprecio—. A ver, explíqueme qué carajos pasa por su cabeza. Últimamente llega tarde cuando le da la regalada gana. ¿Qué piensa hacer con su vida? Déjame decirte algo: así como eres de irresponsable aquí, vas a ser un mediocre muerto de hambre en cualquier otro lado.

A Marco la indignación le subió por el cuello como una quemadura química. El aire de la oficina apestaba a su propio sudor de pánico. Apretó los puños debajo de la mesa, clavándose las uñas en las palmas para contener el temblor, y forzó la voz más calmada que pudo encontrar:

—Señora, usted sabe perfectamente que vivo metido en el campo. A esa hora las motos no pasan por mi sector, no hay transporte. Hago todo lo humanamente posible; cuando no encuentro camioneta ni bus, me toca venirme a pie, corriendo tres kilómetros bajo el sol o la lluvia torrencial.

La mujer soltó una carcajada seca, un ladrido carente de cualquier rastro de humanidad.

—¡A mí tus excusas me importan un bledo! Tienes que estar aquí antes de que baje el camión y punto. Pero ya veo de dónde viene tanta inutilidad... Usted tiene como una enfermedad mental, ¿verdad? A veces se queda ahí parado, ido, mirando a las musarañas, igualito que su viejo. Así de inútiles como son en su casa, eres tú y toda tu bendita familia. No sirven para nada.

El insulto hacia su padre y su sangre fue una bofetada en seco que le hizo zumbar los oídos. En ese microsegundo, el galpón desapareció. Marco sintió un impulso ciego y violento de saltar sobre la mesa, gritarle las verdades en su maldita cara y mandar ese matadero al demonio. Los músculos se le tensaron, listos para la explosión.

Pero la realidad lo aplastó contra el piso antes de que pudiera abrir la boca: no podía darse el lujo de perder el jornal. En casa el refrigerador estaba vacío, su hermanito dependía de lo que él llevara, y la gatita que acababa de salvar del abandono necesitaba comida.

Y por encima de todo... ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.