El Reloj De La Distancia

XI. El Alma Blindada

En medio del lodo de la humillación, el rostro sonriente de Jimena brilló en su mente como una ráfaga de luz pura. Recordó sus palabras de la madrugada, la promesa de amarse hasta que las estrellas se apagaran y el universo se congelara. Entendió, con una claridad dolorosa, que cada maldito centavo que ganaba cargando reses de cien kilos en ese rincón sofocante era un grano de arena para el boleto. El boleto que lo sacaría de ahí, que lo llevaría cruzando kilómetros de distancia para encerrarse en su abrazo. Aguantar los gritos de esa mujer era el peaje sangriento para acortar la distancia. Por ella, por el futuro que se habían jurado construir juntos, valía la pena tragarse el orgullo y masticar los vidrios de la rabia.

Con los ojos inyectados en sangre por el coraje contenido, pero con el corazón blindado, Marco la miró fijamente. Su voz salió arrastrada, amarga, densa:

—Trataré de llegar antes. Pero ya le dije la situación de las motos. Y sabe qué... debería agradecer que todavía vengo a partirme la espalda aquí. Otro empleado no le va a aguantar ni la mitad de las humillaciones que usted me hace pasar a mí.

La señora se transformó. El rostro se le encendió en un tono violáceo de pura ira. Perdiendo los estribos por completo, agarró lo primero que tuvo a la mano —una pesada chaira de metal para afilar cuchillos— y se la arrojó con fuerza al rostro.

Marco esquivó por puro instinto. El acero golpeó la pared justo al lado de su oreja, dejando una muesca profunda en el cemento y cayendo al suelo con un estrépito metálico que resonó por encima de las sierras eléctricas del galpón.

—¡Te me largas a limpiar el área de desecho ahorita mismo si no quieres que te eche a patadas, perro! —le gritó, perdiendo el aire, fuera de sí.

Marco se levantó de la silla sin emitir un solo sonido. Salió de la oficina con la cabeza gacha, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta que presionaba detrás de sus ojos, amenazando con transformarse en lágrimas de pura impotencia. Le dolía el alma comprobar la cruda realidad: nadie valora el sudor, el sacrificio ni las costillas rotas de un trabajador. Mucho sudor para tan poco honor.

Caminó hacia el fondo del local, arrastrando las botas pesadas sobre el aserrín ensangrentado. La mañana mágica que traía guardada parecía haberse empañado por el veneno del lugar. Pero al dar el primer paso en la zona de limpieza, el recuerdo de Jimena volvió a encenderse en su pecho como un faro inquebrantable.

Ya no importaba. Los gritos de la patrona dejaron de tener eco. No iba a permitir que esa mujer tuviera el poder de apagarlo. Ayer y hoy eran días sagrados. Ayer se habían prometido un esfuerzo mutuo, y hoy esa promesa latía con la fuerza de un motor en sus venas. Cada segundo compartido en la distancia, cada risa guardada en la memoria, la alegría juguetona de la gatita Asta y el dulce eco de la voz de Jimena eran un tesoro demasiado valioso para dejar que se ahogara en ese matadero.

Su mente se desconectó por completo del chirrido de las sierras y el olor a muerte. Regresó a ella. Con el alma blindada contra el abuso, Marco respiró hondo el aire frío, se limpió el rastro de la impotencia de los ojos con el dorso del brazo limpio y sonrió en silencio. La humillación era temporal; el viaje hacia sus brazos estaba cada vez más cerca.




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