El Reloj De La Distancia

XII. Cuentas Pendientes Con El Destino

El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un tono grisáceo que encajaba perfectamente con el cansancio de Marco. Por fin terminaba su jornada laboral. Al cruzar la puerta del taller, vio a su amigo apoyado contra la pared, esperándolo pacientemente. El plan de la noche era sencillo pero importante para ambos: ir a ver a la gata callejera que Marco había rescatado unos días atrás y que ahora se recuperaba en su nuevo refugio.

Dieron las siete de la noche cuando emprendieron el viaje. Las calles a esa hora ya parecían desoladas, envueltas en un silencio que solo rompía el eco de sus propios pasos. Mientras caminaban esquivando la oscuridad de los callejones, su amigo rompió el hielo con una pregunta que le venía rondando la cabeza:

—Oye, ¿y al fin qué pasó con la anciana? Tu jefa te la tiene jurada, ¿no? Te ha agarrado entre ceja y ceja solo por esos minutos que llegas tarde a veces.

Marco soltó un suspiro, pero restó importancia al asunto con un gesto de la mano. La verdad es que los reclamos de la vieja le importaban poco. Lo que realmente lo movía a romperse la espalda trabajando cada día, soportando turnos pesados, era cumplir sus metas. Y, sobre todo, salir adelante por la chica que lo apoyaba en todo. Ella era su único motor, la que siempre le daba ánimos y lo salvaba de sus propias tormentas. Y es que Marco cargaba con un peso enorme: el rechazo y la profunda decepción de no sentirse querido por sus propios padres. Cada vez que ese dolor y el miedo lo hundían, ella estaba ahí para rescatarlo y recordarle que valía la pena seguir luchando.

Con la mirada fija en el suelo, Marco le respondió a su amigo con una mezcla de realismo y frustración:

—¿Y qué más toca, hermano? Si uno no trabaja, no come. Así de simple es este mundo. Es una locura... imagínate que hasta para beber agua hay que pagar hoy en día. Se supone que el agua es de la naturaleza, es de todos. A veces me pongo a pensar y cómo me gustaría llegar a ser alguien importante, no sé, meterme a la Asamblea o algo así. Cambiaría todas esas leyes absurdas para que la gente pueda convivir en paz, sin sufrir por tener que pagar por cosas vitales cuando ni siquiera tienen un centavo en el bolsillo. No es justo que la gente humilde sufra tanto.

Su amigo lo escuchó con atención, asintiendo con la cabeza mientras pateaba una piedra en el camino.

—Es la pura verdad —coincidió, con el tono amargo de quien conoce bien la necesidad—. Nos hacen pagar por cosas que nos pertenecen a todos y por eso abusan de nosotros. Mira nomás lo que pasa con las instituciones públicas. Se supone que el gobierno debería mandar el dinero para arreglar los colegios, pero nunca llega nada. Al final, nos terminan quitando la plata a nosotros, los estudiantes y los padres. O sea, si no ponemos de nuestro bolsillo, ese colegio se viene abajo.

El amigo soltó una carcajada irónica y remató la frase imitando una voz chillona:

—"¡Ay, colaboren muchachos, que si no damos la cuota el techo se nos cae encima!", como dicen siempre las profesoras en ese tono burlón, como si uno tuviera la plata guardada debajo del colchón.

Eran las ocho de la noche cuando Damián se dio cuenta de la hora.

—Hermano, mira la hora que es —dijo Damián, frenando el paso y mirándolo con pesar—. Se nos fue el tiempo volando. Yo iba a ir contigo a tu casa para ver cómo seguía la gata, pero si no me voy directo a la mía ahorita, mi mamá me va a matar. Tú sabes cómo se pone cuando no llego a tiempo; va a armar un show pensando que me pasó algo en la calle.

—No te preocupes, Damián, no te busques un problema en vano —respondió Marco con una sonrisa tranquila—. Ya es re tarde. Vete a tu casa no más; la pequeña Asta ya está bien y mañana te cuento cómo sigue.

Damián le dio un palmazo firme en el hombro, ese gesto de hermandad que nunca faltaba entre los dos.

—Te debo la visita a la gatita, hermano. Pero de verdad si no llego ya, no me dejan entrar —bromeó Damián para aligerar la prisa—. Te me cuidas en este tramo que queda. Nos vemos mañana temprano en el trabajo.

Se despidieron con un choque de puños rápido. Damián dio media vuelta y apresuró el paso tomando el camino hacia su barrio. Marco se quedó parado un segundo, viéndolo perderse entre las sombras de la noche.

Justo cuando se disponía a retomar el paso, la luz tenue de un poste al final de la esquina iluminó una figura misteriosa. Sentada sobre un escalón de piedra, envuelta en pañuelos oscuros y faldas largas que rozaban el suelo, había una mujer de mirada profunda: una gitana. Sostenía entre sus manos unos naipes desgastados mientras observaba el vacío de la calle.

Marco se detuvo en seco. Al instante, la voz de su padre resonó en su mente con la claridad de un eco antiguo:

«Nunca te les acerques, Marco. Esa gente lee la suerte con mentiras, te envuelve con cuentos para robarte lo poco que tienes o te echa encima la maldición de sus cartas».

En el pueblo siempre se decía que las gitanas no solo leían el futuro, sino que podían oler el dolor de las almas rotas y que, cuando una de ellas te miraba fijamente, te estaba robando un pedazo de destino.

La mujer alzó la vista y, por un microsegundo, sus ojos se cruzaron con los de Marco. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Prefirió no tentar a la suerte: apretó el paso, cruzó hacia la acera opuesta y dejó a la gitana atrás, hundiéndose en la penumbra.




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