El Reloj De La Distancia

XIII. El Abrazo que Sanó el Alma

Al llegar a casa, molido por la pesada jornada en la despostadora, Marco se fue directo al baño. Necesitaba que el agua se llevara el sudor, el cansancio y todo el malestar que le habían dejado los gritos de su jefa. Dejó que el chorro le cayera en la cabeza, cerrando los ojos unos minutos para sentir cómo la tensión de sus hombros finalmente empezaba a ceder.

Ya más limpio y renovado, caminó cansado hacia el comedor y se sentó a la mesa con la esperanza de merendar. Sin embargo, la voz helada de su madre rompió el silencio antes de que pudiera levantarse:

—En la cocina no vas a encontrar nada —soltó ella sin mirarlo—. A la hora que llegas, ya no hay nada.

Una ola de decepción le recorrió el pecho. Tuvo ganas de responderle, de sacarle en cara todo lo que llevaba guardado por su indiferencia, pero prefirió tragar seco. Sabía que sus palabras la lastimarían y, al final, a pesar de todo el dolor que le causaba, era su madre... y madre solo hay una. Soltó un suspiro pesado, dejando caer los hombros por la amargura.

Fue entonces cuando sintió un roce suave en los pies. Una pequeña traviesa comenzó a arañarle el pantalón, dándole la bienvenida a casa a su manera. Allí estaba Asta, mirándolo con esa carita de inocencia, como jurándole que nunca más volvería a sufrir. Era la única en esa casa que se iluminaba por completo al verlo llegar. De un salto ágil subió a sus piernas y comenzó a acurrucarse contra su pecho. Sentir su calor y su ronroneo fue el único refugio que logró calmar el fuego de su rabia.

De repente, un grito destemplado retumbó en la casa. La madre se había sobresaltado porque el papá de Marco, junto con su hermano menor, le estaba acercando un sapo para molestarla en broma. El padre, al ver a Marco sentado en la mesa con la gatita en brazos, sacó al anfibio al patio y se lavó las manos en el fregadero.

—¿Ya merendaste? —le preguntó, acercándose al comedor.

—Aún no —respondió Marco en voz baja—. Dijeron que ya no hay nada en la cocina.

Al escucharlo, el padre se giró hacia su esposa y la reprendió con firmeza. Le aclaró que, sin importar lo tarde que su hijo llegara del trabajo, siempre debía dejarle un plato servido, comiera o no. La madre, con esa mirada de desprecio que solía reservar para él, se limitó a encogerse de hombros con frialdad:

—Ahí en la nevera hay pan y cualquier otra cosa. Que se prepare algo si tiene hambre.

Marco prefirió no entrar en discusiones y se quedó en silencio. Sin embargo, para su sorpresa, vio a su padre caminar hacia la cocina. Lo observó tomar unos panes, un par de huevos y ponerlos a freír en la sartén, preparando además un refrito con salchichas, exactamente de la forma que a él tanto le gustaba.

En ese momento, viéndolo cocinar con torpeza bajo la luz tenue, Marco entendió algo profundo. Su padre no era un hombre malvado; sus burlas y sus bromas pesadas de todos los días eran solo su torpe manera de intentar darle ánimos, de empujarlo a ser más fuerte. Aunque Marco a menudo se sentía rechazado, la verdad era que su padre lo amaba con todo el corazón, a su propia e imperfecta manera.

El padre se acercó a la mesa, le sirvió el plato caliente y le dio el consejo que cualquier hijo en el mundo anhelaría escuchar:

—Hijo mío... la próxima vez no llegues tan tarde. La noche está muy peligrosa allá afuera y no me gustaría que te pasara nada malo, como a tus hermanos.

Sin pensarlo dos veces, el padre lo envolvió en un abrazo apretado. A Marco se le quebró el alma. Con los ojos nublados por las lágrimas, correspondió el abrazo con todas las fuerzas que le quedaban y rompió a llorar como nunca antes lo había hecho.

—Lo quiero mucho, papá... —alcanzó a decir entre sollozos, desahogando años de silencio—. Si usted algún día me llega a faltar, yo no sabría qué hacer con mi vida.

El padre, sosteniéndolo con firmeza, le dio unas palmaditas en la espalda para calmarlo.

—Tranquilo, mi muchacho... yo voy a estar bien. Con verlos a ustedes salir adelante, a mí me basta y me sobra.

Luego, señalando el plato con una sonrisa para romper la tensión y aligerar el momento, añadió con un guiño burlón:

—Espero que te guste. Todo lo que yo hago me sale bueno... no como tu mamá, que siempre se le quema la comida por estar metida en ese bendito teléfono.

Marco dejó escapar una risa entre lágrimas. En medio de una casa llena de sombras, esa pequeña cena improvisada se convirtió en el abrazo de amor paterno que su corazón llevaba años esperando.

Marco ni siquiera tuvo tiempo de contarle a su padre sobre la extraña gitana que había visto en la esquina; prefirió guardárselo para no preocuparlo. Mientras merendaba, sintió que el bolsillo de su pantalón vibraba, pero al principio no le dio importancia: pensó que era Asta, que seguía ronroneando acurrucada a su lado.




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