Sin embargo, en un movimiento travieso, la pequeña gatita rozó la pantalla con la pata y activó el altavoz. De inmediato, una voz dulce y llena de ternura rompió el silencio de la mesa:
—Amor, ¿estás bien? ¿halo?... Si no estás, solo quería decirte que te amo y que hoy fue un día increíble para mí. Aunque claro, nunca será tan hermoso como estar contigo... Sabiendo que te amo con todo mi ser, quería contarte lo que me pasó hoy, pero ya será para otro día, mi amado príncipe.
A Marco se le aceleró el corazón. Apuró los últimos bocados con desesperación; no aguantaba las ganas de responderle, sin importar que pudiera mancharse el pantalón con las manos grasientas. Tomó el teléfono a toda prisa y, justo antes de que ella colgara, alcanzó a susurrar con la voz agitada:
—¡Te amo, mi pequeña! Me alegra muchísimo que hayas tenido un excelente día... Y gracias a ti por dejarme ser parte de tu vida, mi reina.
Del otro lado de la línea, a Jimena se le iluminó el rostro. Escuchar su voz cuando pensaba que ya no hablarían esa noche fue como un regalo inesperado. Marco le explicó rápidamente lo que había pasado con la gatita, se levantó de la mesa, corrió a lavarse las manos en el fregadero y se despidió con gratitud de su padre por la cena improvisada.
Sin perder un segundo, salió al patio, se acomodó sobre el césped fresco bajo el manto de estrellas y pegó el teléfono a su oído. Jimena, desbordando emoción, comenzó a narrarle su día:
—¡Amor, no sabes! Mi hermano por fin consiguió trabajo. No es mucho, pero es un gran avance. Hoy nos quedamos todos ayudándolo a limpiar el comedor donde va a trabajar, porque el lugar era enorme. Yo le ayudé a trapear y mi mamá se encargó de quitar las telarañas. Y adivina qué... ¡encontré un cajón lleno de dulces!
Marco soltó una leve sonrisa al escucharla.
—Obviamente no le dije nada a mi mamá —continuó Jimena entre risitas—, porque ya sabes cómo es conmigo: me los prohíbe como si comer azúcar fuera un delito. Así que me agarré dos a escondidas. Pero en un descuido, ¡siento a alguien parado justo detrás de mí! Casi me muero del susto, pensé que era mi mamá. Le rogué a mi hermano que no me delatara para que no me regañaran.
Marco dejó escapar una carcajada suave mientras se recostaba en la hierba.
—Yo también me habría asustado si me atrapan con las manos en la masa —bromeó Marco—. Aunque... si yo hubiera estado ahí parado detrás de ti y te atrapaba robando dulces, no te habría regañado. Lo único que habría hecho era pedirte un beso... Porque esos labios tuyos, tan tiernos, rosados y suaves, deben de saber mucho más dulces que cualquier caramelo.
Jimena soltó una risa nerviosa que hizo vibrar el altavoz.
—¡Ay, amor! Siempre tan romántico... Pero déjame decirte que no te dejaría besarme tan fácil, ¡te quedarías con las ganas! —se burló ella con picardía, antes de continuar con la historia—. Al final mi hermano se río y me dijo:
"Tranquila, hermana, puedes comer lo que quieras que yo no le diré nada a mamá. Eso sí, me tienes que ayudar a limpiar todo o no te vuelvo a traer a mi trabajo".
Entre risas compartidas, bromas y suspiros a través de la pantalla, la fría noche en el patio se transformó en el rincón más cálido del mundo. A miles de kilómetros de distancia, dos almas volvían a encontrarse en el único lugar donde nada ni nadie podía tocar su felicidad.