La vida no siempre empieza con una cacería. A veces empieza con el sonido de una puerta que se cierra a las once de la noche y nunca vuelve a abrirse.
Los hermanos Braxton; Trey y Alec, crecieron en una casa normal de un barrio normal, con un padre mecánico que llegaba tarde oliendo a aceite y cerveza, y una madre que trabajaba turnos dobles en la fábrica para que no faltara nada en la mesa. Eran dos chicos corrientes: Trey, el mayor, callado, de los que observan todo antes de abrir la boca, siempre con un libro o un mapa en las manos; Alec, más joven, impulsivo, el que se metía en peleas por defender a quien fuera y salía con moretones que enseñaba como medallas. Nadie en esa casa hablaba de demonios, ni de espíritus, ni de nada que no se pudiera arreglar con herramientas o con puños.
Los hermanos Braxton no lo sabían todavía esa tarde de invierno. Trey leía un manual de mecánica en el sofá; Alec jugaba con una navaja en la mesa de la cocina, haciendo girar la hoja entre los dedos. Su madre salió a comprar leche. Dijo que tardaría diez minutos. No volvió.
La encontraron al amanecer en el cruce de la carretera vieja. El cuerpo no parecía humano: arrastrado, desgarrado, con marcas que la policía llamó "daños por asfalto" y que no explicaban el olor a azufre que impregnaba la ropa. El forense habló de atropello y fuga. El padre no dijo nada. Solo se quedó mirando las fotos un rato largo, luego guardó una en el bolsillo de la camisa y salió del cuartelillo sin firmar el informe. Pero el padre de los chicos vio las marcas: garras, no neumáticos. Quemaduras que no eran de gasolina.
Después de eso el hombre cambió. Bebía en silencio. Empezó a hablar solo, a dibujar símbolos raros en las paredes del garaje con carbón, a desaparecer durante días enteros y volver con cortes que no explicaba. Una noche los chicos lo oyeron hablar solo en el sótano: "No los dejéis solos. Ellos vienen por los que quedan."
Al año siguiente se colgó allí abajo. La nota estaba escrita en un trozo de papel marrón, con letra temblorosa. Trey la leyó en voz alta. Alec solo apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. No llamaron a nadie hasta pasadas unas horas. Se quedaron mirando el cuerpo como si esperaran que dijera algo más. No lo hizo.
Desde entonces empezaron a buscar. No porque quisieran respuestas. Porque sabían que, si no buscaban ellos, algo vendría a buscarlos a ellos. Revistas viejas, foros de internet oscuros, gente que hablaba en bares de camioneros sobre cosas que nadie más creía. Compraron su primer revólver con cartuchos de sal en una ferretería de mala muerte. Leyeron diarios robados de otros cazadores muertos. Se equivocaron muchas veces, casi mueren otras tantas. Pero sobrevivieron. Y cada vez que sobrevivían, se volvían más duros, más listos, más necesarios.
Con el tiempo se enteraron de que no eran los únicos. Había una red, invisible pero real, de gente que cazaba lo mismo que ellos. Corrían rumores en los bares de carretera y en foros que nadie admitía visitar. Hablaban de un hombre al que llamaban Kicker. No era su nombre real. Nadie sabía cuál había sido. Solo que había entrado en una casa normal una noche y había salido solo. Que había quemado todo lo que quedaba dentro. Que desde entonces cazaba lo que otros ni siquiera nombraban.
Kicker no siempre se llamó así. Antes era solo un tipo normal, militar retirado, de los que saben disparar bien y mantener la boca cerrada. Vivía en una casa pequeña al borde de un bosque, arreglaba motores para ganarse la vida y no hacía muchas preguntas. Hasta que una noche su mujer empezó a hablar con una voz que no era la suya. Le dijo cosas que solo él sabía, cosas feas. Cuando intentó sujetarla, ella lo atacó con un cuchillo de cocina. Kicker la mató. No tuvo elección. La bala entró limpia por la frente y el cuerpo cayó como un saco.
Al día siguiente apareció un hombre en su puerta. Alto, con cicatrices en las manos y una calma que ponía nervioso. Se presentó como Rufus o algo parecido, nunca dio el nombre completo. Le explicó lo que había pasado: posesión demoníaca. Le dijo que no era culpa suya, pero que ahora sabía. Y que saber te convertía en objetivo. O en cazador. Kicker eligió lo segundo. Quemó la casa con el cuerpo dentro, se cambió el nombre por algo corto y práctico, y empezó a moverse. Primero solo, luego con otros. Aprendió rituales, conoció gente que sabía más que él, mató lo que tenía que matar. Se volvió bueno. Muy bueno.
Años después, en un bar de carretera en algún lugar de Ohio, oyó hablar de dos hermanos jóvenes que estaban limpiando pueblos enteros de cosas que nadie más se atrevía a tocar. Alec y Trey Braxton. Decían que eran imprudentes, que se metían donde no debían, pero que siempre salían vivos. Kicker decidió verlos por sí mismo.
Los encontró por casualidad en un bar de Ohio. O tal vez no fue casualidad. Alec lo miró de arriba abajo como si midiera si valía la pena pegarle un puñetazo o escuchar primero. Trey fue más directo:
—¿Qué quieres?
Kicker se sentó frente a ellos sin pedir permiso, pidió una cerveza y dijo tres frases:
—Sé quién mató a vuestra madre. No vais a encontrarlo solos. Y si seguís así, no llegaréis a los treinta.
No se hicieron amigos esa noche. Pero empezaron a trabajar juntos de vez en cuando. Un caso aquí, otro allá. Kicker les enseñó trucos que ellos no conocían: cómo detectar mentiras en un exorcismo, cómo improvisar un círculo de sal con lo que hubiera a mano, cómo no confiar nunca del todo en nadie. Ellos le enseñaron a él que todavía se podía tener esperanza, aunque fuera una esperanza jodida y llena de sangre.
#155 en Paranormal
#1232 en Fantasía
#697 en Personajes sobrenaturales
jinetes del apocalipsis, personajes sobrenaturale drama, demonios angeles y cazadores
Editado: 26.02.2026