El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 1: LA NIÑA QUE NO ERA SOLO UNA NIÑA

Los primeros días fueron silencio y desconfianza. Nadie sabía muy bien qué hacer con Calipso. La metieron en el motel más barato que encontraron a las afueras de Lincoln, Nebraska. Dos camas queen, una mesa coja y un baño que olía a humedad. Kicker durmió en el suelo la primera noche, con la espalda contra la puerta y la pistola al alcance. Alec se quedó en el porche hasta que amaneció, mirando la carretera como si esperara que algo viniera a reclamarla. Trey se sentó en la única silla que no crujía y observó a la niña dormir. No apartó la vista ni una vez.

Calipso no hablaba mucho. Comía lo que le ponían delante: hamburguesas, sopa, galletas. Cuando le preguntaban algo respondía con monosílabos o directamente con la mirada. Sus ojos verdes parecían demasiado viejos para una cara de siete u ocho años. Kicker lo notó desde el principio: no eran ojos de niña asustada. Eran ojos de alguien que ya había mirado al abismo y había decidido no pestañear.

La segunda noche, cuando el neón del motel parpadeaba, Calipso se despertó de golpe. No gritó. Solo se sentó en la cama, con las rodillas contra el pecho, respirando agitada como si hubiera corrido kilómetros. Kicker, que nunca dormía profundo, abrió los ojos al instante. Alec entró desde el porche con la mano en la culata. Trey dejó el mapa que estaba leyendo.

—¿Pesadilla? —preguntó Kicker, voz baja, sin moverse del suelo.

Calipso negó con la cabeza. Miró sus manos un segundo, como si esperara ver sangre. Luego habló, por primera vez más de tres palabras seguidas.

—Mis padres murieron hace tres semanas. No fue un accidente.

Silencio. Nadie se movió. Alec fue el primero en romperlo.

—¿Cómo?

—Vinieron de noche. No los oímos llegar. Mi padre intentó pelear. Mi madre me escondió en el armario del sótano. Les oí gritar. Luego oí risas. No eran humanas.

Calipso levantó la vista. Sus ojos no temblaban.

—Después de que se callaran, abrieron la puerta del armario. Eran cuatro. Pálidos. Dientes afilados. Dijeron que mi sangre era especial. Que valía más que la de cualquier humano. Me ataron con cadenas que quemaban. Me llevaron a un sitio oscuro, con jaulas y sangre seca en el suelo. Me tenían para vender. O para beber poco a poco. No sé cuál de las dos.

Kicker se incorporó despacio, sin apartar la mirada.

—¿Y cómo saliste?

Calipso apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Una noche uno se acercó demasiado. Quería probar. Le mordí. No sé cómo, pero algo salió de mí. Algo negro. Le quemó la cara. Gritó. Los demás vinieron. Maté a dos antes de que me encerraran otra vez. Pero ya sabían que no era solo comida. Me metieron en ese almacén. Esperaban compradores. Yo esperé, hasta que llegasteis vosotros.

Trey habló entonces, voz calmada pero firme.

—¿Sabes por qué tu sangre es especial?

Calipso dudó. Miró a cada uno de ellos antes de contestar.

—Mi madre nunca me lo dijo. Solo que mi padre no era normal. Que había hecho algo antes de conocernos. Un trato. O una maldición. No sé. Solo sé que cuando me enfado, o cuando tengo miedo de verdad, algo dentro se despierta. Y duele. Pero también mata.

Alec soltó el aire que tenía contenido. Sus ojos verdes brillaron un instante con un rojo tenue, el mismo que salía cuando perdía el control.

—Joder, pequeña. Eso explica muchas cosas. Eres mitad humana. Y mitad demonio.

Kicker se levantó por fin. Se acercó a la cama y se agachó a su altura.

—No estás sola con eso. Pero si no aprendes a controlarlo, te va a consumir. O nos va a consumir a nosotros.

Calipso asintió una vez. No lloró. No pidió consuelo. Solo dijo:

—No quiero que vuelva a pasar lo de mis padres.

Nadie respondió. No hacía falta. La primera lección llegó sin previo aviso, tres días después.

Estaban en un descampado detrás del motel. El sol apenas calentaba y el viento arrastraba polvo y latas oxidadas. Kicker había comprado un cuchillo barato en una ferretería: hoja de diez centímetros, mango de plástico negro. Se lo tendió a Calipso con el mango hacia ella.

—Cógelo —dijo simplemente.

La niña lo tomó sin dudar. Lo giró en la mano como si ya supiera cómo pesaba.

—No lo sueltes nunca —continuó Kicker—. Si lo sueltas, estás muerta. Si lo usas mal, estás muerta igual. Así que aprende a usarlo bien.

Alec soltó una risa seca desde el coche, donde tenía los codos en el capó.

—¿En serio le vas a dar un cuchillo a la cría demonio? ¿No prefieres empezar con algo más inofensivo? ¿Un palillo?

Kicker no le contestó. Se puso frente a ella, separó los pies y levantó las manos abiertas.

—Atácame.

Ella parpadeó. Miró el cuchillo, luego a él.

—No quiero hacerte daño.

—No vas a hacérmelo. Pero si no intentas, nunca aprenderás a parar a quien sí quiera hacértelo.

Calipso apretó los labios. Dio un paso adelante y lanzó un tajo torpe hacia el estómago. Él lo esquivó con un giro mínimo, le agarró la muñeca y la giró lo justo para que el cuchillo apuntara al suelo. No la soltó.




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