El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 2: BAJO EL CIELO DE LOS SECRETOS

La vieja casa de piedra en las afueras de un pueblo olvidado de Kansas ya no servía para vivir. Nadie pasaba por allí desde hacía décadas, salvo los que sabían que las paredes guardaban más que polvo. Los Braxton la habían convertido en base hace años: sótano reforzado con hierro y sal, estanterías con diarios encuadernados en cuero, y una mesa grande en la sala principal donde se acumulaban mapas, armas y tazas de café.

Trey revisaba un tomo encuadernado en piel que había sido limpiado de maldiciones hacía tiempo, pasaba las hojas buscando cualquier referencia a un sello que pudiera contener a un rey del infierno aunque solo fuera unos minutos. Alec afilaba una hoja dentada con movimientos precisos y repetitivos. Kicker estaba de pie junto a la ventana más grande, mirando la noche a través de una rendija entre las tablas. Calipso, sentada en el borde de la mesa con las piernas colgando, escuchaba todo sin interrumpir. Tenía dieciséis años, pero su postura ya era la de alguien que ha aprendido a medir cada palabra.

Alec levantó la vista hacia ella.

—¿Estás segura de que quieres meterte en esto? Valda no es un demonio de los que exorcizamos en moteles de carretera. Es astuto, guarda rencor y siempre tiene un plan B. Y un plan C. Y probablemente un plan D que ni siquiera nosotros vemos venir.

Alec dejó escapar un suspiro, como si el peso de los recuerdos le cayera encima.

—Valda… —murmuró, antes de alzar de nuevo la voz—. No es la primera vez que jugamos con él. ¿Recordáis lo de Nueva Orleans? Nos ayudó a cerrar esa brecha al Purgatorio porque le convenía. Luego intentó vendernos al mejor postor cuando vio que podíamos ser útiles o prescindibles.

Trey asintió despacio, sin apartar la vista del mapa.

—Siempre ha sido así. Astuto hasta el cansancio. Manipulador nato. Te mira, te sonríe como si fueras un viejo amigo y, mientras tanto, calcula cuántas almas o favores puede sacarte antes de clavarte el cuchillo. No es de los que mata por placer; mata por negocio. Y siempre cobra. Recuerda lo que nos dijo una vez: “Los tratos son sagrados para mí”. Mentira a medias. Los cumple al pie de la letra, pero siempre encuentra la letra pequeña que lo beneficia a él.

Alec soltó una risa seca.

—Y ese humor suyo... sarcasmo puro. Te llama “querido” o “pequeño” mientras planea cómo joderte la vida. Pero no es idiota. Sabe cuándo aliarse y cuándo traicionar.

Kicker giró la cabeza hacia Calipso, que estaba apoyada en el marco de la puerta, escuchando todo.

—Justo por eso eres perfecta para esto. Lo conoces de oídas nuestras, pero él no te conoce a ti. Aún.

Kicker se acercó, puso una mano firme en el hombro de Calipso. No apretó. Solo dejó el peso ahí, como un recordatorio de que no estaba sola.

—Sabemos lo que te pedimos. Sabemos que es mucho. Pero también sabemos lo que puedes hacer. Valda no tiene ni idea de con quién está jugando.

Calipso sintió el cambio en el ambiente antes de que los demás lo notaran. Se levantó, se puso la chaqueta de cuero que Alec le había dado el año pasado que todavía le quedaba un poco grande y agarró las llaves de la puerta que colgaban de un clavo oxidado.

—Voy a dar una vuelta —dijo simplemente.

Alec frunció el ceño.

—¿Ahora? Está oscuro como la boca de lobo.

—Precisamente por eso.

Salió sin esperar respuesta. La puerta se cerró con un golpe sordo.

—Esa cría tiene más huevos que la mitad de los cazadores que hemos conocido. Pero sigue siendo una cría. Y Valda juega sucio.

Trey no levantó la vista del mapa que estaba marcando.

—Todos jugamos sucio ahora. La diferencia es que ella puede permitirse perder.

Fuera, el bosque que rodeaba la casa era denso y silencioso. Calipso caminaba sin prisa, dejando que el frío le aclarara la cabeza. Pisaba las hojas secas que se escuchaban crujir bajo sus botas.

El aire se volvió más pesado, esa sensación clara de haber un ser sobrenatural cerca. Una figura salió de entre los árboles: traje negro impecable, manos en los bolsillos y el cabello oscuro cayéndole un poco sobre la frente. Cuando habló, su voz tenía ese filo sarcástico que parecía poco serio.

—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? —dijo Valda—. No esperaba encontrar a alguien tan… peculiar paseando sola por aquí. Dime, pequeña, ¿qué hace una niña como tú en un sitio donde ni los lobos se atreven a entrar?

—No soy yo quien está tan lejos de sus dominios. ¿Andas jugando a ser Sherlock Holmes?

Valda arqueó una ceja, divertido.

—Sherlock Holmes, ¿eh? Siempre me he identificado más con Moriarty. Aunque no me importaría asumir el papel de detective esta vez, dada la intriga que se presenta ante mí.

Se acercó, manteniendo las manos en los bolsillos de su abrigo, su mirada fija en la de Calipso.

—¿Qué tal si dejamos de lado los juegos? Reconozco que hay algo excepcional en ti. Algo que ha despertado la curiosidad de muchos, incluida la mía.

Valda rodeó lentamente a Calipso, evaluando su aspecto con detenimiento.

—Dicen que eres diferente. Que llevas algo oscuro en tu interior. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata? Quizás podamos llegar a ser algo más que simples conocidos.




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