El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 3: SECRETOS EN LAS SOMBRAS

Calipso llevaba semanas pasando información a Valda. Mensajes cortos, precisos, siempre con huecos deliberados. Nunca le contaba todo. Sabía que él lo notaba, el Rey del Infierno no era de los que se tragaban medias verdades sin masticarlas, pero también sabía que, por ahora, le divertía el juego tanto como a ella. Cada palabra era una pieza en un tablero donde moverla mal podía costar caro.

Esa tarde el sol se había escondido temprano detrás de nubes pesadas que parecían plomo. El Bunker; esa vieja casa de piedra a las afueras de un pueblo olvidado de Kansas crujía como si la madera recordara todos los secretos que había guardado durante décadas. Calipso estaba sola en su habitación, tumbada en la cama estrecha, con un libro abierto sobre el pecho. No era el que quería, pero servía para mantener la mente ocupada. Por un momento casi se creyó que podía ser normal.

Entonces el aire cambió. Se espesó, se volvió más frío en las esquinas, como si alguien hubiera abierto una ventana al infierno. La bombilla del techo parpadeó una vez, dos, y se estabilizó en un amarillo sucio. Calipso no levantó la vista de inmediato. Siguió pasando la página con el pulgar, despacio.

La puerta se abrió sin ruido. No hizo falta que mirara para saber quién era.

Valda se quedó en el umbral un segundo más de lo necesario, dejando que su presencia llenara el espacio. Abrigo negro largo, guantes sin dedos, el leve olor a humo y azufre que siempre lo seguía como un mal recuerdo. Cuando por fin entró, lo hizo con pasos medidos, casi perezosos.

—Vaya, vaya —dijo, voz baja y arrastrada, con ese filo que podía cortar o acariciar según le conviniera—. Mientras yo lidio con idiotas que no saben ni firmar un pacto decente, tú aquí, recostada con un libro como si esto fuera una biblioteca pública. ¿Es tu nueva estrategia contra el estrés, querida? ¿O simplemente te aburres de mí?

Se acercó a la cama. Se inclinó lo justo para leer el título del lomo. Una sonrisa lenta, afilada, le cruzó la cara.

—No me digas que has rebajado tus estándares. Pensé que solo leías grimorios que muerden. O al menos algo con un poco más de sustancia.

Calipso pasó otra página sin inmutarse. El roce del papel sonó fuerte en el silencio.

—Tenía algo mejor en mente —respondió ella, tono plano, casi aburrido—. Pero cierto demonio que conozco no ha cumplido su parte del trato. Así que me adapto. Improviso. Deberías probarlo alguna vez.

Valda soltó una risa corta, seca. Se dejó caer en la silla junto a la cama, piernas cruzadas, como si fuera el dueño del sitio. Lo era, en cierto modo.

—Touché. La frustración es un sabor amargo, lo reconozco. Pero el libro que pediste… digamos que no está en cualquier estantería polvorienta. Hay que convencer a gente que no se convence fácil. Hay que matar a unos cuantos para que otros hablen. Paciencia, Calipso. La buena caza lleva tiempo.

Ella cerró el libro de golpe. Lo apoyó sobre su estómago y por fin lo miró directo a los ojos. Verdes contra rojos que empezaban a asomar en el fondo de los suyos.

—No me hables de paciencia, Valda. El tiempo no es infinito. Ni para ti, ni para mí. Y menos para lo que se está moviendo ahí fuera.

Él ladeó la cabeza, estudiándola. La sonrisa no desapareció, pero se volvió más delgada, más peligrosa.

—No estoy aquí solo para charlar de bibliografía, aunque admito que verte leer es inesperadamente encantador. Tengo una oferta. Una de las buenas. Un pequeño desvío en nuestro acuerdo habitual.

Hizo una pausa. En el pasillo lejano, algo crujió: madera vieja o pasos que no eran de nadie vivo.

—Hay rumores —siguió, bajando la voz—. Un artefacto. No uno cualquiera. Dicen que abre puertas que deberían quedarse cerradas. Portales a sitios donde el tiempo no corre igual, donde las reglas se rompen. Está enterrado bajo capas de sangre y sellos que harían vomitar a un ángel. Pero alguien con tu combinación única de talentos podría llegar hasta él. Alguien que no teme lo que hay al otro lado. Alguien como tú.

Se inclinó hacia delante. Los ojos rojos brillaron un instante más fuerte.

—¿Qué dices? ¿Te tienta demostrar que sigues siendo la mejor jugadora de la mesa? ¿O prefieres quedarte aquí, leyendo novelas baratas mientras el mundo se desangra despacio?

Calipso no se movió. Solo lo miró. Largo. Fijo.

—Podría —dijo al fin—. Pero no voy a hacerlo. No ahora. Y no por ti.

Valda arqueó una ceja. No parecía sorprendido. Más bien intrigado.

—Siempre tan directa. Me encanta eso de ti. Aunque duele un poco el ego.

Ella se incorporó un poco, apoyándose en los codos.

—Te estoy ocultando cosas, Valda. Las dos lo sabemos. Pero no es porque no confíe en ti. Es porque hay piezas que aún no encajan. Y cuando empiecen a encajar vas a necesitar más que un libro raro para mantenerme contenta.

Él se reclinó de nuevo, tamborileando los dedos en el brazo de la silla.

—Tienes un don para el misterio, lo admito. Pero recuerda: yo también juego a este juego desde antes de que nacieras. Y no me gusta esperar. No cuando hay tanto en la balanza.

Se puso de pie con esa fluidez suya, como si el aire se apartara para dejarlo pasar. Caminó hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo.




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