El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 4: EL JUEGO DE LOS JINETES

Las semanas se arrastraron en una penumbra espesa, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto perezoso y desconfiado. En cada rincón del mundo algo se movía. Demonios. No eran los de siempre, los que se conformaban con un alma a cambio de un deseo barato. Estos eran diferentes: ambiciosos, organizados, con ojos que brillaban cuando hablaban de poder. Querían despertar a los Jinetes, a los cuatro. No como mito. Como hecho. Como el fin que camina sobre la tierra.

Valda lo supo antes que el resto del infierno. Siempre se esteraba de todo lo que ocurriera. Su red de espías, traidores y almas en deuda nunca descansaba, le traían información cada día: un sello roto en Nebraska, un círculo de sangre en un cementerio de Luisiana que nadie había limpiado. Pero cuando los hilos terminaron de conectarse, la verdad le dio un golpe que no esperaba.

Calipso.

La cazadora mitad humana, mitad demonio, la que le había estado pasando información a cuentagotas, la que lo desafiaba con cada mirada y cada omisión estaba en el centro. O lo había estado. Porque los mismos demonios que invocaban a los Jinetes la habían matado. O eso decían los rumores. Y Valda, que había visto morir a cosas mucho más grandes que una cazadora mitad humana, no se tragó la historia entera. No del todo.

Se concentró en lo único tangible que tenía: el libro que ella le había pedido con esa calma suya. Lo consiguió tras romper promesas, quemar grimorios que gritaban al arder y convencer a unos cuantos guardianes que preferían morir antes que soltar el tomo. Cuando lo abrió en una habitación sin ventanas, el aire se enfrió de golpe. No era solo un libro. Era una trampa. O una invitación. O las dos cosas.

Hojeó despacio las páginas sin mostrar miedo algún, entonces la vio: una página que no debería estar allí. El papel era más grueso, el tinta más negra, y emitía un leve pulso, como un latido que no pertenecía a nadie vivo. Las palabras estaban escritas para ser vistas solo por quien supiera buscarlas.

No era solo una guía para destruir a los Jinetes. Era un rompecabezas. Pistas enterradas en frases que parecían casuales, referencias a cruces de caminos que solo ellos dos conocían, fechas que coincidían con noches en las que habían estado solos, nombres de pueblos que alguna vez habían mencionado sin centrarse demasiado en ellos. Todo llevaba a ella. No a la cazadora que había fingido morir. A la Muerte misma.

Porque Calipso no había muerto. Se había retirado. Se había tomado unas “vacaciones”, según los rumores que Valda ya no podía ignorar. Mientras el mundo se tambaleaba al borde del abismo, la encarnación del fin se había retirado a algún lugar remoto donde nadie la buscara, como si el Apocalipsis fuera un ruido de fondo que no merecía su atención inmediata.

Valda cerró el libro con un golpe seco. Una sonrisa lenta, torcida, le cruzó la cara. No era una sonrisa de derrota. Era de quien por fin entiende el tablero entero. Ella lo había jugado. Desde el principio. Cada omisión, cada provocación, cada noche en que lo miró como si supiera exactamente qué iba a hacer él al día siguiente, todo había sido parte del tablero. Y él, el Rey del Infierno, había bailado al son que ella marcaba sin darse cuenta.

Pero el libro guardaba más.

Los anillos.

Cuatro anillos. Uno por Jinete. No eran joyas. Eran llaves. Sellos. Fragmentos de un poder que existía antes de que el infierno tuviera nombre. Guerra llevaba el rojo, hacía que la ira creciera sin control y que la gente se matara por nada. Hambre el negro, creaba un hambre voraz e insaciable. Pestilencia el pálido, creaba enfermedades que mataban a las personas como si fueran moscan. Y Muerte tenía el blanco. El anillo que no mataba. Que simplemente terminaba. Que cortaba hilos sin ruido ni drama.

Juntos, los cuatro anillos no solo representaban el Apocalipsis. Lo invocaban. Lo obligaban a manifestarse. Pero había algo peor: si se reunían en el mismo lugar, en un mismo momento, bajo las palabras correctas, abrían una grieta. No a otro mundo. Al principio mismo del fin. Un vacío que podía tragarse todo: infierno, cielo, y lo que quedaba de humanidad. Nadie sabía exactamente qué salía de esa grieta. Solo que nada volvía de allí.

Y Calipso lo sabía.

Valda lo entendió al leer entre líneas: ella había dejado que los demonios la “mataran” para desaparecer del tablero. Lo había guiado hasta el libro. Había sembrado las pistas para que él, precisamente él, reuniera los anillos. ¿Por qué? ¿Quería que el Apocalipsis llegara? ¿O quería que alguien lo detuviera antes de que fuera tarde?

No había respuesta clara. Solo más preguntas. Y un camino inevitable.

Los anillos no podían destruirse solos. Un pacto antiguo, grabado en la carne del universo mucho antes de que los ángeles cayeran, impedía que los Jinetes se anularan entre sí. Si querías acabar con ellos, tenías que enfrentarlos uno por uno. Separados. Sin que los otros pudieran intervenir. Y para eso hacía falta algo más que balas de sal y cuchillos benditos. Sabía que solo no podía. No contra fuerzas que devoraban ejércitos enteros sin pestañear.

Tuvo que pensarlo seriamente antes de admitir lo inevitable.

Los Braxton. Los que lo odiaban con una claridad que casi admiraba. Los que habían sobrevivido a todo lo que el infierno les había arrojado. Los que, a pesar de todo, seguían queriendo salvar lo que quedaba de este mundo roto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.