El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 7: FACTURAS PENDIENTES

Valda estaba a las afueras de un pueblo fantasma en Kansas, uno de esos sitios donde los cazadores terminaban la noche cuando ya no querían seguir pensando. Estaba sentado en el borde de la cama de la habitación 17, con la espalda apoyada contra la pared desconchada. Habían pasado ya varias semanas desde aquella noche en que Calipso se presentó allí, con su sonrisa tranquila y sus ojos que lo veían todo.

Acababa de servirse un dedo de whisky cuando lo sintió. No fue un sonido. Fue un cambio en la presión del aire, como cuando una tormenta decide entrar sin pedir permiso. La bombilla del techo parpadeó una vez, dos, y se estabilizó en un amarillo sucio.

Y entonces Kicker estaba allí. Sin efectos especiales. Sin viento ni luces raras. Simplemente apareció donde antes no había nadie, con la misma chaqueta de cuero que llevaba desde siempre, las mismas cicatrices en los nudillos y esa postura un poco encorvada de quien ha encajado demasiados golpes. Solo sus ojos habían cambiado: una calma profunda, sólida, como si ya no le sorprendiera nada de lo que pudiera pasar.

Valda se quedó con el vaso a medio camino de la boca. Bajó la mano despacio.

—Joder… —dijo con voz ronca, casi riendo—. Pensé que a estas alturas ya estarías tomándote una cerveza fría con los que se fueron antes. O al menos que te habrían dado un descanso decente después de todo lo que hiciste por nosotros.

Kicker no sonrió. Tampoco frunció el ceño. Solo lo miró.

—No estoy muerto. No del todo.

Valda ladeó la cabeza, estudiándolo como si fuera un nuevo tipo de demonio que nunca había catalogado.

—¿Y eso cómo funciona exactamente? Porque la última vez que te vi tenías tres balas en el pecho y no pintabas nada bien, normalmente no vuelves a levantarte para charlar.

Kicker dio un paso adelante. El suelo no crujió bajo sus botas. Ni una sola tabla.

—Ella me ofreció un trato. Yo acepté.

Valda soltó una risa baja, casi afectuosa.

—Claro. Porque nada dice “feliz eternidad” como un contrato con la Muerte. ¿Qué te pidió a cambio? ¿Tu alma o solo tu tiempo libre?

—No es un contrato cualquiera —respondió Kicker, voz firme y baja, como siempre—. Es un puesto. Mano derecha. Parca. Ángel de la Muerte, si quieres ponerle nombre bonito. Guío almas. Recojo a los que se resisten. Mantengo el equilibrio cuando alguien intenta joderlo.

Valda se cruzó de brazos. La sonrisa no desapareció, pero se volvió más delgada, más afilada.

—Y dime, viejo ¿te gusta el nuevo curro o ya estás echando de menos las noches persiguiendo demonios con los Braxton? ¿Tienes plan de pensiones en el más allá?

Kicker lo miró fijo. No había rabia en sus ojos. Solo esa nueva quietud.

—No lo hice por el curro. Lo hice por ella.

Valda descruzó los brazos y se levantó despacio. Ahora estaban a menos de dos metros. Podía oler el cuero viejo de la chaqueta de Kicker y ese leve olor a pólvora que parecía no querer abandonarlo nunca.

—¿Sabes lo que significa eso, Kicker? Significa que ahora eres parte del mismo equilibrio que ella y yo llevamos manteniendo desde hace años. Significa que mientras tú sigas siendo su mano derecha yo sigo teniendo mi prórroga. Y ella sigue teniendo su elección. La de aparecer como Calipso cuando le dé la gana. La de recordar cómo se sentía ser humana.

Kicker asintió despacio, sin apartar la mirada.

—Lo sé.

Valda lo estudió un segundo más, buscando alguna grieta, algún rastro de duda. No encontró nada.

—¿Y no te jode? ¿Haber pasado de cazar demonios a ser el que viene a cobrar cuando la fiesta se acaba? ¿No poder sentarte ya nunca más en un bar con los chicos y quejarte de que la cerveza está caliente?

Kicker se encogió de hombros. Un gesto tan humano, tan suyo, que casi dolió verlo en alguien que ya no debería necesitar descansar.

—He cazado demonios toda mi vida. Ahora cazo lo que queda cuando la caza termina. No es tan diferente. Solo que ahora tengo un jefe que no miente.

Valda soltó una risa corta, sincera, que llenó un segundo la habitación.

—Touché. Eso ha sido bueno, viejo.

—Ella me dijo que te lo contara. Que no te sorprendiera demasiado. Que ya sabías que el tablero se había hecho más grande.

Valda se acercó a la cama deshecha y se sentó en el borde. Por primera vez en toda la conversación, pareció cansado. No físicamente, su cuerpo seguía siendo el de un hombre en la treintena, sino de otra forma. De alguien que lleva siglos moviendo piezas y de repente ve que el juego tiene más jugadores de los que había calculado.

—Siempre lo supe —murmuró—. Solo que no quería admitirlo. Era más cómodo pensar que era solo entre ella y yo.

Kicker se quedó de pie. No se sentó. No necesitaba descansar.

—¿Y ahora qué?

—Ahora seguimos adelante. Con una pieza más en el tablero y con reglas que cambian cada vez que ella decide respirar.

Kicker asintió una sola vez.

—Entonces nos veremos pronto.




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