El Renacer De La Muerte

CAPÍTULO 8: EL ENCUENTRO INEVITABLE

Habían pasado varias semanas desde aquella noche a las afueras de Kansas. Valda seguía con el sabor del whisky barato en la boca y la imagen de Kicker desapareciendo sin ruido todavía en la cabeza. El mundo no había cambiado mucho por fuera: los Braxton seguían persiguiendo sombras, los demonios menores seguían moviéndose en la oscuridad y las carreteras seguían siendo tan largas y solitarias como siempre. Pero algo dentro de Valda se había movido. Sabía que el equilibrio estaba a punto de romperse otra vez.

Mientras tanto, en un lugar que no aparecía en ningún mapa, Calipso dedicaba los días a moldear a su nueva mano derecha. El santuario de la Muerte, un lugar que no estaba exactamente en ninguna parte y, al mismo tiempo, en todas. Calipso dedicaba cada día a enseñarle a Kicker los detalles de su nuevo rol. No era fácil. Kicker había sido cazador toda su vida: disparaba primero y preguntaba después. Ahora tenía que aprender a observar, a decidir sin rabia, a guiar almas sin dejarse arrastrar por las historias que cada una arrastraba consigo. Lo hacía con la misma terquedad de siempre, pero Calipso veía cómo le costaba. Y, en el fondo, eso le gustaba. Significaba que seguía siendo él.

Aquella tarde, mientras revisaban antiguos registros bajo la luz tibia de unas velas que nunca se consumían, Calipso levantó la vista.

—Hablando en términos hipotéticos… —dijo, con esa calma suya que nunca delataba del todo lo que pensaba—. ¿Crees que podrías mostrarles a los Braxton el trabajo que hacemos?

Kicker se detuvo con los papeles en la mano. Dejó el montón sobre la mesa y cruzó los brazos. La pregunta no le pilló por sorpresa, pero sí le pesó.

—No sería fácil —respondió tras un momento—. Y no solo por lo que hacemos. Trey y Alec han visto de todo. Han perdido gente, han muerto y vuelto, han mirado al infierno a los ojos. Pero vernos a nosotros… especialmente a ti, Calipso… No sé cómo lo tomarían. Podría romper algo que ya está bastante roto.

Calipso asintió despacio. Sabía que tenía razón. Los Braxton no eran hombres que aceptaran las cosas sin pelear. Y esto no era solo una revelación. Era un golpe directo a todo lo que creían saber sobre la vida, la muerte y las líneas que separaban ambas.

—El momento se acerca, Kicker —dijo ella, voz baja pero firme—. Están buscando al último jinete. Han rastreado cada pista, cada rumor. No podemos seguir ocultándonos para siempre. En algún punto tendrán que enterarse de por qué todo pasó como pasó. Por qué fingí morir. Por qué tú estás aquí ahora.

Kicker inhaló profundamente. Era un cazador hasta la médula, y aunque ya no cazaba demonios de la misma forma, seguía siendo un guardián. Alguien que tomaba decisiones difíciles por el bien mayor.

—Cuando llegue el momento adecuado —dijo al fin—, estaremos preparados. Y cuando sepan la verdad, entenderán que esto es más grande que cualquiera de nosotros.

El día del encuentro llegó antes de lo que ninguno había imaginado.

Todo empezó con un rumor que corría entre los pocos cazadores que aún se atrevían a hablar de los Cuatro Jinetes. Decían que el último de ellos había dejado una señal clara: un anillo antiguo que aparecía solo cuando su portador estaba cerca. Según las leyendas que Valda conocía demasiado bien, ese anillo solía manifestarse en lugares donde la línea entre la vida y la muerte era especialmente fina. Lugares como cementerios olvidados.

Por eso, después de tres días siguiendo pistas confusas y mapas medio quemados, los hermanos Braxton y Valda habían terminado en las afueras de un pueblo que ya casi nadie recordaba. El nombre del lugar ni siquiera aparecía en los GPS modernos. Solo un cartel oxidado medio caído indicaba que alguna vez había existido gente allí.

El viejo cementerio estaba rodeado de hierba alta y seca que les llegaba hasta las rodillas. La luna colgaba alta y pálida, proyectando sombras largas y torcidas entre las lápidas inclinadas y cubiertas de musgo.

Trey y Alec caminaban delante, armas listas, rostros tensos. Cada paso hacía crujir la hierba seca. Valda los seguía unos pasos atrás, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y esa expresión de quien ya sabe más de lo que debería. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo, como si esperara ver alguna señal.

—Según el contacto de Valda, el anillo debería manifestarse aquí esta noche —dijo Trey en voz baja, sin dejar de mirar alrededor—. Si el último jinete está cerca, es donde aparecerá.

—O donde nos espera una trampa. Últimamente todo huele a trampa.

Valda soltó una risa corta y seca.

—Tranquilos, chicos. Si fuera una trampa normal, ya lo habríamos olido.

Llegaron al centro del cementerio, donde las tumbas se agrupaban en un círculo irregular. Esperaban encontrar algún rastro, alguna figura oscura, quizás el brillo metálico del anillo entre las piedras.

Lo que encontraron fue silencio y algo más. La bruma se espesó de repente. De entre las tumbas surgió una figura envuelta en una capa roja oscura, con detalles negros que parecían moverse solos. La capucha ocultaba parcialmente su rostro, pero su presencia era imposible de ignorar. El aire se volvió más pesado. Más frío. Más definitivo.

Los Braxton se detuvieron en seco. Sus manos fueron directas a las armas, aunque ambos sabían que las balas no servirían de mucho contra algo así.




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