El Renacer de un Corazón

Prólogo

Me llamo Kiara Harper. Estoy en mi último año de preparatoria, tengo 17 años… y…

<<No soy nada, no soy nadie y no hay nada bueno en mí>>

Esas palabras se repiten como un bucle dentro de mi cabeza. Mis ojos se cristalizan y lágrimas, cargadas de dolor, comienzan a bajar por mis mejillas. Lloro en silencio, para que nadie me escuche. Sola en mi habitación, encerrada, sentada a un lado de mi cama, con las piernas pegadas al pecho.

Las palabras de mi madre, de mi hermana y de toda mi familia me duelen.

Me tratan como si no valiera nada. Me lastiman con sus palabras.

<<¿Se dan cuenta de lo mal que me hacen sentir?>>

Tal vez no. Yo creo que les vale una mierda lo que me hagan sentir.

<<Abuelito de mi corazón, te extraño… Ojalá estuvieras aquí>>

Mi pecho arde al recordarlo. Al recordar lo bien que la pasaba junto a él. Aquellos días en los que, al llegar del jardín de niños, iba con él para jugar y contarle lo que hacía. Ahora ya no me queda nada. Tampoco tengo con quién hablar. Ya no tengo a mi mejor amigo.

Se fue. Me dejó. Él prometió que no me dejaría, que nunca lo haría y que siempre estaría ahí para mí.

En aquella infancia donde no conocía el peso de la soledad, ahora la conozco. En mis peores momentos lo busco, pero también en los mejores.

<<Ahora dime, ¿A quién le contaré mis logros? ¿A quién le contaré mis tristezas?>>

<<Me he quedado sola>>

<<¿Me merezco que me lastimen?>>

Vale, tampoco soy una chica demasiado dulce. Soy de esas chicas que se ríen mucho, que bromean sin pasarse de la línea, que lloran con temas sensibles, que no saben muy bien cómo aconsejarte en momentos dolorosos, pero que siempre estarán ahí para llorar contigo. Pero también soy de esas que sonríen a la vida, incluso cuando sienten mucho dolor y tristeza en su alma.

Simplemente soy así.

No soy hermosa, no soy bonita, ni tampoco tan fuerte como parezco. También me rompo en momentos duros, pero siempre trato de guardarlo muy en el fondo de mi alma.

La frase: “Las niñas no sirven de nada, solo te hacen gastar dinero y, cuando crecen, se van”, la he escuchado una y otra vez en voces de mis familiares.

<<¿En verdad piensan así de mí y de mi hermana?>>

Puede que mi hermana casi no sienta el peso de esas palabras, o puede que sí. Simplemente las ignora y se hace la fuerte… lastimándome a mí. Diciéndome cosas sobre mi persona. Me hace sentir insegura. Pero yo sí las siento, porque soy muy sensible.

Puede que ese sea su método de no sentirse mal, de no sentir dolor, de lidiar con todo. Pero me lastima a mí. Solo a mí.

<<¿Pero qué más da? Creo que jamás seré feliz en esta vida>>

Como siempre, tragándome mi dolor, me levanto y camino hacia el espejo, secándome las lágrimas en el trayecto.

—Yo sí puedo… es como siempre —me digo a mí misma.

Voy al cuarto de baño y me doy una ducha refrescante. Al salir, me pongo la ropa para dormir. Ya es de noche, así que me meto a la cama.

Mañana hay clases… y tengo que fingir estar feliz, como siempre.




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